El actor Miguel Benavides
por Nancy Morejón
Siempre decimos que el teatro es fugaz, efímero, a pesar de que su cuerpo existe gracias a un texto escrito por un autor o varios. Es una gran verdad. Un actor no es más que una de sus cuerdas, uno de sus alientos vitales cuya esencia es aún más efímera, más fugaz, más inasible. La vida es también un poco eso mismo; de ahí la grandeza suprema del arte de las tablas. Por estos días, tan sólo ayer, incineramos el cuerpo del actor Miguel Benavides, justo a los tres meses de haber perdido la poesía, la política y la cultura caribeñas a ese grande que fue Aimé Césaire.
La carrera artística de Benavides —médico de profesión— comenzó temprano cuando abandonó su práctica docente, durante los años sesenta, por las tablas, habiendo alcanzado su cumbre cuando encarnaba el personaje del héroe Patricio Lumumba en la pieza teatral Una temporada en el Congo (1973) que dirigiera en La Habana el director Roberto Blanco.
Benavides estaba hecho de bruscos contrastes y muchos de sus personajes estaban construidos a partir de esa característica personal. En una película como Patakín, dirigida por Manuel Octavio Gómez, asumió el protagónico de una comedia musical cuyas sendas de identidad se centraban en un personaje inspirado en la picaresca rumbera de La Habana. Esta obra lo reveló como un excelente comediante cuya fantasía biográfica había nacido de la tradición de nuestros bufos.
Muchos críticos de la época, entre ellos Rine Leal, concedían al talento de Benavides un peculiar sitio en el panorama de la cinematografía nacional. En ese sentido, es importante recordar cómo ha gravitado su peso, por ejemplo,
En la filmografía de un realizador como Sergio Giral; de Rancheador a Maluala hay un espléndido arco en cuyo cenit se dibuja el talento de este creador cuya imagen descuella con gran entrega y oficio no sólo allí sino en infinidad de seriales televisivos de Cuba. Y Cuba siempre formó parte de sus intereses. Fue inolvidable su lectura del ensayo Claves por Rita Montaner, del entonces joven poeta Miguel Barnet, una tarde de 1971, en la cafetería de la Unión de Escritores y Artistas, hoy reconocida como el célebre Hurón Azul.
Curiosamente, durante el último período de su carrera, su trabajo estuvo integrado al elenco de la Compañía Teatral Rita Montaner que ha permanecido vigente durante más de cuarenta años. Benavides buscaba lo cubano en cualquiera de sus manifestaciones. Y como muchos otros teatristas de la época encontró, recreándola, una fuente de inspiración en el lenguaje artístico que naciera en el transcurso de los años treinta. Su condición de actor lo hizo representar el repertorio cubano concebida Cuba como una fuente viva del Tercer Mundo en donde latía esa diversidad india, negra, en fin, mestiza, que impone su sello de identidad a Nuestra América.
Muerto un 16 de julio —como el poeta Nicolás Guillén, cantor de Manzanillo, inolvidable escenario del asesinato de Jesús Menéndez—, el actor Miguel Benavides, hijo de una familia de patriotas de la ciudad de Manzanillo, diseñó su futuro regresando a su tierra natal en donde se esparcieron sus cenizas luego de recibir el cariño y el homenaje no sólo de sus coterráneos sino de todo un público diseminado por toda la Isla, admirador de su obra.
En la bahía que dibujara Benny Moré en el imaginario popular de los cubanos, boga Miguel Benavides, hermoso actor, empujada su barca por los grandes seres que supo encarnar en su mágica y fugaz vida de actor.

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Amigo, gran actor, pequeño niño, hermosura. Es una pena que haga tantos años que te dí el último abrazo.
Gracias Nancy por tu artículo tan elocuente, maravilloso y tan sentido.
Un abrazo.
Lessy Montes de Oca | 05-08-2008 - 22:50:34 GMT 0 #