Por una diversidad tan múltiple como auténtica
Norge Espinosa

Sin embargo, lo que quiero apuntar en esta intervención es una serie de preguntas sobre lo que también se escuda bajo el manejo a veces errático y complaciente de un término para nada reductible. ¿De qué diversidad hablamos? Y más, ¿basta hablar de ella para creer que la hacemos visible, que cumplimos con la urgencia que ella nos demanda, que mencionándola basta para hacerla creer ya alcanzada? Razas, religiones, orientaciones sexuales, expresiones políticas e ideológicas, respeto entre sexos y edades… son un complejo entramado que, generalmente, nos conformamos con repasar de manera rápida. En cierto modo, los gestos trazados para referirnos a esos segmentos de nuestra sociedad, no han pasado de la simple representación, generalmente estereotípica o meramente estadística, de lo que significan. No por colocar a un actor negro, ni cinco, ni diez, en una serie televisiva interpretando roles de importancia se está alzando un discurso abierto sobre el espectro de la diversidad, ni se toca el fondo del problema racial con esa mera presencia si no pasa de ser abordado en su costado más crítico. No por intercalar a un homosexual o una pareja de mujeres que puede mostrar sus relaciones abiertamente en un spot o un cartel, estamos siendo profundos si de dialogar sobre el respeto y el derecho a la inserción de esas personas en un contexto donde no se les juzgue por sus orientaciones sexuales simplemente, se trata. O de sus estados de salud, hablando del tratamiento que reciben los seropositivos y otros pacientes en esos espacios. La diversidad es la comprensión, que no la tolerancia, de esas otras texturas de la vida que componen una Vida mayor; no una respuesta de número, sino de equilibrio y asunción sin prejuicio; y debe significar en sí misma un camino cuyo final sea la imbricación de todos esos representantes en el cuerpo mayor de un país que, al reconocerlos, pueda saberse un espacio más pleno. Trabajar en ello, y orientar en este sentido a la juventud, heredera de lo que ahora somos y futura o inmediata responsable de un destino que hoy mismo debemos estar discutiendo; es cosa en la que los artistas e intelectuales cubanos, junto a otros miembros de la sociedad cubana, no debieran descansar. No pocas veces, desde la cultura, haciéndola funcionar como una zona franca, se han desarrollado experimentos y se ha probado la capacidad del lector, del espectador, del pueblo en general, para asimilar temas polémicos y colocarlos en un subrayado que al señalarlos, los dilata y hace llegar mejor a todos. Útil sería que en las campañas, en las promociones, en los proyectos que sobre esa diversidad se organizan, se contara con el mejor talento cultural cubano, porque el arte acelera y agita lo que a veces es solo una consigna repetida, una estadística formal, un problema no expresado a escala humana. La madurez con la cual nuestro pueblo, afirmado en su formación cultural desde la escuela, ha respondido a muchas de esas aristas polémicas que un artista subrayó, da la medida de lo que pudiera alcanzarse a través de la relación con los medios y las instituciones que debieran empezar a comprender ya que no basta con prevenir o hacer llamados de orden disciplinario para impartir nociones de respeto hacia lo diferente, sino que debieran también manejar lenguajes más sutiles y elaborados para reforzar la eficacia de esos loables esfuerzos. La cultura es la historia sentimental de la Patria.
Hace unos meses atrás, en saludo al tradicional Día de los Enamorados, un programa de nuestra televisión dedicó su emisión a esa fecha. No les pediré que imaginen que se incluyeron referencias a un amor que no fuera el heterosexual, porque ya sabemos cuán arduo es todavía el logro de ciertas cosas retardadas por criterios cada vez menos sólidos, pero sí que preguntemos por qué no había representantes de razas, culturas, expresiones, que no fueran únicamente la occidental; en ese programa. No menciono este ejemplo para infligir dolor, sino para ayudar a evitarlo. Imagino una Unión de Escritores y Artistas de Cuba que pueda hacer viable la representación veraz del abanico de expresiones que somos hoy como pueblo en ocasiones como esas, y muchas más. Una diversidad de pensamiento, de acción, de cultura que no incluya solo lo capitalino sino el fervor de lo creado en localidades no siempre visitadas, amén de todo aquello que, como legado de fe y de obra, podemos aportar. Una Unión de Escritores y Artistas tan diversa como firme en la capacidad de responder a los múltiples rostros que la integran y la solidifican, en un abrazo tan nítido como portador de provechosas polémicas, y que pueda a partir de esto configurar una vida orgánica que sirva de lanzamiento a todo lo que de arduo hay aún en estos asuntos, y que generalmente aún no se nos escapa. Una UNEAC donde la diafanidad de esas verdades se entienda desde una plataforma de coexistencia y respeto, y en la cual sus asociaciones y sus generaciones estén enlazadas en el anhelo mayor de escucharnos sin desdén los unos a los otros, de vernos en los rostros de los otros. Quizás sea para eso que queremos una institución como esta, y que nos preguntamos si es aún necesaria, confiando en que sí. Una UNEAC, en fin, verdaderamente disímil, que pueda responder con criterios concretos a esa noción del ser humano hoy, que ya no puede explicarse solamente en blanco y negro.
Intervención en la plenaria sobre Cultura y Sociedad, VII Congreso de la UNEAC.
1ro de abril de 2008. Palacio de las Convenciones, La Habana.
Tomado de La Jiribilla

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