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Negra cubana tenía que ser
Una mujer negra que no es más otra, es ella misma
bell hooks

20/03/2008 GMT 0

La racialidad vista (y vivida) por Sara Gómez

negracubana @ 23:36

“Cuando te miras al espejo, ¿qué ves?" "Veo una mujer",

responde la blanca. La negra explica:

"Ese es el problema, cuando yo me miro al espejo, veo una mujer negra.

 Para ti la raza es invisible, porque así funcionan los privilegios.”

Lélia González[i]

 

Las imágenes raciales se hallan en el centro de la organización del mundo moderno”

Richard Dyer[ii],

    Todos coinciden en afirmar que Sara Gómez no quería ser “una negrita de la clase media que tocaba el piano”, quizás por ello su salida de aquella sociedad de clase media y del círculo de relaciones estrechas que sus tías habían construido para ella. Esto nos hace pensar que efectivamente a Sara le interesaban los conflictos que más tardíamente enfrentaría en su vida y obra.

    Referido al tema racial, Sara Gómez, llegó a ser una militante activa. Es reconocida como la primera mujer pública que se dejó el cabello sin desrizar, hecho que situamos aproximadamente en el año 1971 y que puede ser constatado en las fotos de la familia y en sus documentales, en los que casi siempre aparece; siendo en De bateyes (1971) en el primero que es posible verla con un pequeño afro.  Sobre este suceso, su amigo y compañero en la lucha contra la discriminación racial, Tomás González apuntaría:

De su pelo […] una mata fuerte, de frondosidad cerrada, bosque negro, tupido y con güije y cocuyos. Por aquel entonces lo llevaba desrizado. Más tarde aquella cabellera sería la primera cabellera natural de los negros de mi país. ¡Una revolución dentro de la Revolución![iii]

Por otra parte, su cabello sin desrizar sería motivo de felicitación por parte de Stokely Carmichael[iv], quien al conocer la noticia le envió un telegrama que fue leído en una reunión realizada en la calle Carlos III, en la casa de Eloy Machado.[v]

El énfasis realizado por nosotros en este aspecto se deriva de la carga simbólica que tiene tal evento en la vida de una de las mujeres intelectuales más reconocidas de su época. El alisamiento del cabello de la mujer negra es un procedimiento que las feministas negras consideran de profundo valoración ideológica, por encima del aspecto estético que el pudiese contener. El cabello alisado resume los padecimientos de la raza negra, que luego de ser convertida en esclava es objeto de las formas más contemporáneas y casi imperceptibles de discriminación. Es por ello que cuando se lleva el cabello al natural se está contribuyendo a visualizar una buena cantidad de seres humanos que no han sido tenidos en cuenta, favoreciendo con ello la propia autopercepción.

Según Inés Martiatu, el reconocimiento de Sara Gómez como intelectual identificada con las problemáticas de las personas negras, aun después del triunfo revolucionario, estuvo relacionado con que fuera acusada de pertenecer a una organización de orgullo negro. Dicho incidente, contado por muchos pero testimoniado por pocos, puede ser interpretado como prueba de que ella era reconocida como la cabeza de los debates en torno la problemática racial dentro del círculo de intelectuales negros más prominentes de esa época.


Cuando nos encontramos frente al cine realizado por Sara Gómez se advierte la estridencia del tema racial. El mismo es abordado en toda su magnitud, con sus luces y sus sombras a lo largo de toda su obra cinematográfica. Su interés por poblaciones afrodescendiente la mostraría en varios de sus documentales, en especial en De bateyes (1971), Una isla para Miguel (1968), lo cual se reafirma cuando “ella asume también su historia personal de mujer negra a través de los entrañables recuerdos familiares en Crónica de mi familia.[vi] Asimismo, su interés por procesos o productos culturales populares como pueden ser la rumba en Y tenemos sabor (1967) o los elementos místicos recogidos en De bateyes (1971) son evidencias pertinentes de que Gómez profundizaba en la relación entre los elementos raciales y las practicas culturales existentes en la sociedad cubana.

 Por otra parte, su interés por la cuestión racial también se evidencia en la selección de los sujetos y sujetas de su cine: Gladis, Rafael, Maria, Berta, Madrina y hasta la propia Sara. Todas las obras muestran personas negras, y muchas de ellas de manera protagónica, de hecho su película de ficción (De cierta manera, 1974) tiene como tema central una relación amorosa interracial e interclasista, cuyo tratamiento es anticipado, de algún modo, en los conflictos entre Lázaro y Gladis que nos presenta En la otra isla (1968).  Asimismo, la situación particular de la mujer negra y pobre es retomada en más de una ocasión: las vivencias de aquella madre negra en De cierta manera (1974) nos dan cuenta de ello.

            En la otra isla (1968), es el testimonio de varios jóvenes que revelan los conflictos que al interno sucedían en la otrora Isla de Pinos, ahora de la Juventud, ambiente creado artificialmente para redimir los comportamientos supuestamente punibles de un sector de la población cubana. En este entorno se posibilitaría un cambio de valores, dando lugar  a una generación emergente, como bien dice la canción tema: “donde nace la bandera de una nueva juventud”. Todas las personas testimoniantes transitan por un proceso de reformación; a propósito de lo cual diría el joven crítico Juan Antonio García Borrero: “Los personajes que se asoman a la cámara de Sara no están viviendo ese proyecto de construcción revolucionaria que se experimenta en “la gran Isla”; en realidad, son seres que de alguna manera han sido rebasados por la Historia, y en nombre de esta, se les intenta rescatar, que es lo mismo, ‘reeducar’.”[vii]

María, es el personaje de la primera historia: una joven negra de 17 años que procede de un sector marginal de la Habana y en la granja Libertad trabaja en la agricultura,  recibe clases de peluquería,  recibe clases de sexto grado al mismo tiempo que participa en los ensayos de cultura. Su mayor aspiración es llegar a ser peluquera, para eso se prepara. Este personaje viene a mostrar la realidad de las mujeres negras jóvenes que participaban en la construcción de la nueva sociedad. La inclusión de su historia en el documental nos permite considerar su pertinencia en tanto visibiliza la realidad de estas otras mujeres siguiendo las propuestas del feminismo negro.

La historia más dramática, de las contadas en La otra isla, es la de Rafael, joven negro tenor que como forma de autoflagelación se va a la Isla, a expiar su culpa por ser objeto de discriminación racial por parte de los colegas de la compañía musical donde trabajaba. Sara Gómez, muy aguda en sus intervenciones, guía las explicaciones autocensuradoras del  joven en aquella entrevista casi psicológica. Él confía en la Revolución para que se superen los prejuicios racistas; y ella insiste en el papel de las personas individuales en la eliminación de los mismos. La Isla de la Juventud ha sido una especie de curación para él, según sus palabras. A nuestro modo de ver, Sara acá llama la atención sobre aquellas conductas que en ocasiones tienen las personas negras de autoexcluirse a sí mismas, consecuencia, entre otras cosas, de la baja autoestima, la inexistente autoconciencia racial y, en última instancia, de la posición de víctima que algunas personas han adotado.[viii]

Por otra parte, Rafael considera que “aquí hay otra mentalidad, aquí no es como allá, (la isla grande) los jóvenes que llegan, pues, aquí son sanos, aquí hay otro tipo de conciencia”, lo cual es muy interesante porque se supone que a la Isla de la Juventud llegan personas que de alguna manera se encuentran en los márgenes de la sociedad de la Isla de Cuba. Nos preguntamos entonces: ¿esta juventud en re-educación representa el discurso subalterno, el de los excluidos?, ¿se estaba suscitando en la otrora Isla de Pinos una especie de sociedad paralela cuyos actores y actrices principales están en la periferia de la otra sociedad (en la isla grande) y aquí, en esta nueva forma de relacionarse, son centro?

Al final de su intervención Rafael le pregunta a Sara con extrema sinceridad y cierta pesadumbre: “¿algún día yo llegaré a representar La Traviatta?”. Escalofriante interrogante que nos da cuenta de que las necesidades humanas van mucho más allá de la historia y de las aberraciones y discriminaciones inventadas por los seres humanos. La respuesta es el silencio, el que puede ser entendido como la cierta complejidad que tienen los fenómenos humanos. En este sentido nos parece muy oportuno lo que García Borrero apunta:

[…] para Sara Gómez […] lo importante no está en reiterar consignas mesiánicas que redunden en lo que el imaginario por entonces dominaba, sino en ofrecer un cuadro mucho más complejo y profundo, donde sobresalga sobre todo, la condición humana.[ix]

Lázaro, es un joven blanco ex-seminarista, que se ha convertido en revolucionario haciendo dejación de su anterior vida de frailes y curas. Ahora está pensando en el futuro, va busca de la generación heroica, del “nuevo hombre guevarista”, está pasando por un “proceso de transformación de su conciencia”, como él mismo dice. A pesar de ello, aún le quedan algunas características relacionadas con su anterior fe cristiana, lo cual conocemos a partir del cuestionamiento realizado por Sara, quien permite a Lázaro evocar sus contradicciones más íntimas, aquellas que emergen de su condición de revolucionario -en plena construcción- y su otrora formación  religiosa. Por otro lado, el cambio más rotundo para Lázaro está en torno a la violencia, y el cómo asistir a ella le hizo percatarse de su existencia y necesidad; esta violencia se torna a la vez el móvil fundamental del distanciamiento del Lázaro de hoy del anterior. Este de ahora también es diferente porque tiene una relación amorosa con una mujer negra de clase media, quien al parecer no comprende mucho el por qué de la estancia de su novio en la Isla. Pareja interracial e intraclasista que quizás nos advierte la futura presencia de Mario y Yolanda en De cierta manera (1974) y que, por otra parte, nos recuerda, como Guanabacoa: Crónica de mi familia (1966), la existencia de la clase media entre las personas negras, como Sara y como Gladys.

Una Isla para Miguel (1968), co-escrita junto a Tomás González, narra como el protagonista, un adolescente negro, ha de encontrar un sentido para su vida en aquella granja destinada a jóvenes “rebeldes sin causa” y cuyo plan de re-educación estaba encaminado a que encontrasen una causa para su rebeldía. Estudio, trabajo y defensa son las tres aristas de tal plan reeducativo.

Miguel adolescente negro, miembro de una familia numerosa, está en La Isla por elección de su madre, para “meterlo en camino”, como ella dice. “Él es muy fuerte de carácter” pero en la Isla encontró el régimen disciplinario que lo hará entrar en orden, este sería el mensaje que nos evoca la alternancia entre lo dicho por su hermana con los jóvenes que marchan de un lado a otro del campamento.

El “ser hombre, ser macho y ser amigo” que se escucha en voz de la locutora nos remite al interés de Sara Gómez por las maneras de conducirse de los hombres en el barrio, en el ambiente, lo cual toma su máxima expresión en De cierta manera (1974), aquí es posible hallar una continuidad temática entre estas dos obras, a pesar de los 6 años trascurridos entre una y la otra. 

Por su parte, en Guanabacoa: crónica de mi familia (1966) documental de marcado carácter antropológico, la ascendencia de Sara es el pretexto para observar una parte de la sociedad cubana, precisamente a las personas negras: la familia que le dio origen. Es como si Sara Gómez hubiese necesitado regresar a Guanabacoa en búsqueda de su identidad, “aceptando una historia total, una Guanabacoa total” -dice ella-, de una familia que perteneció a sociedades de color y cuyos miembros no asistían a los bailes públicos, sino que se reunían en El Progreso o en el Porvenir, clubes para negros y negras de clase media o superior.

Una historia contada a partir de fotos familiares, la música y los relatos de “madrina” quien se deleita contando como ellos participaban de una Guanabacoa diferente. “¿Habrá que combatir la necesidad de ser un negro distinto, superado…?” tal como lo hace Berta la prima preferida de Sara, quien no tiene “complejos”, no intenta mostrar lo que no es, ni aspira a mucho mas, ella se conforma en ser la misma negra del espejo. Al tomar partido Sara apostaría ineludiblemente por la simple realización de las personas negras, por su autoaceptación y sobre todo por su sinceridad para con ellas mismas de manera de que el ideal (escrito históricamente desde la blancura) nos los forzase a inventarse un personaje alienado de su propia condición histórica. 

De bateyes (1972) es una obra dedicada a, como su nombre lo indica, las comunidades que se asientan alrededor de un central azucarero -antes ingenio-, y que dependen tanto económica como vivencialmente de lo que sucede en el central. Es una revisión de la cultura cubana a partir de este entorno socio-industrial. Constituye además una manera de rememorar a Manuel Moreno Fraginals, autor del célebre libro El ingenio[x], quien había sido profesor de Sara Gómez en el Seminario de Etnología  y Folklore. 

Al igual que los anteriores documentales, De bateyes destaca por los aportes que realiza a la etnoantropología, en tanto hace énfasis en la vida de las personas que se congregan alrededor de esta fábrica y cómo crean una cultura que cambia a partir de la relación que establecen con el central, que puede ser desde la más sometidas (los obreros) como la de las personas que eran sus dueños.

Pablo Armando Fernández, cómplice de Sara en este documental,[xi] evocaría la cultura emergente y la relación entre los diferentes modos de producción, y entre las comunidades, evidenciando cómo en el occidente se llegó a crear un forma de vida propia, ciertamente diferenciada de lo que sucedería en el oriente; donde la expansión capitalista sucedida en el siglo XX llevaría en su seno una diversidad étnica-cultural surgida por la concentración, en esa zona, de personas provenientes de varias islas del Caribe.

Con Conguito llegamos a conocer quienes eran las personas que se asientan en los bateyes, sus prácticas, conductas, sus formas de pensar. Esta última sería la entrevista que diera voz a los negros africanos o caribeños que poblaron estos lugares en determinada época de la historia nacional y de la historia particular de los centrales azucareros, y que constituyeron la mano de obra en esas industrias. Elementos míticos-religiosos, como la Ceiba traga-cadenas, son abordados con singularidad en De bateyes, entre algunas de las creencias mitológicas que tenían los pobladores.

De cierta manera (1974) explora tanto los conflictos inter/intraraciales como los inter/intraclasistas. Mario y Yolanda -mestizo él, blanca ella- podrían representar cosmovisiones diferentes desde sus inequitativas posiciones socioeconómicas; sin embargo, el encontrarse ambos en transición, dado por sus enfrentamientos con la sociedad, al interior de la pareja y de ella y de él consigo mismo, nos evidencia la evolución de ambos personajes en términos raciales y clasistas. De manera similar, la diferencia de clases es evidente en el lenguaje, a Yolanda le cuesta entender la jerga que Mario utiliza.

Mario, de procedencia obrera, y Yolanda, pequeño-burguesa, son el centro de esta narración que utiliza tanto la ficción como el documental para mostrar la inserción compleja de ambos personajes en el proceso revolucionario que se vivía entonces. Ellos interactúan dentro de la nueva sociedad a partir de la relación amorosa que establecen. Sin embargo por momentos se mueven de manera diferenciada, él en torno a su centro de trabajo: una fábrica; ella en la escuela en la cual imparte clases. En la fábrica, una asamblea de trabajadores es la que funciona como elemento contentivo que premia o censura la conducta de Mario. En la escuela, la reunión de profesores asemeja una corte inquisidora, diciéndole a Yolanda lo que hace bien y lo que no.[xii]

La historia cuenta cómo los pobladores de Las Yaguas, barrio marginal de la Habana, son beneficiados con un plan de otorgamiento de viviendas que es parte de los disímiles programas de la Revolución para ofrecerles a las personas un mejoramiento en su vida material. Miraflores, construido con manos obreras es el destino de esta gente que aunque se han mudado físicamente de emplazamiento, no ha cambiado sus mentalidades. Sus vidas psíquicas han quedado ancladas a la marginación que vivían, convertida ahora en auto-marginalidad. Ellos, Mario y Yolanda, solo coexisten en este espacio: barrio donde ella trabaja y él vive.

Cuando Yolanda dice que este es un mundo muy extraño para ella, “yo pensé que esto ya no existía”, haciendo clara referencia a los barrios marginales, a las situaciones precarias, Sara se está cuestionando el hecho de que luego del triunfo revolucionario, aun existan personas que preserven costumbres y conductas que las marginen de la nueva sociedad, a pesar de los  esfuerzo que está haciendo la Revolución en ofrecerles un cambio de vida.

De hecho, Mario, quien se hizo “hombre en la calle”, cuando llegó la Revolución se fue a estudiar a una beca, pero “no había quien la aguantara”. Luego, el servicio lo salvó, porque estaba “regao”, en el momento en el que el pensaba “irse”, porque desde pequeño siempre quiso ser ñáñigo. Así se conforma la hombría en Mario, en la conjunción de elementos clasistas, religiosos y raciales.

Yolanda y Migdalia, mujeres de diferentes extracciones sociales, interactúan de manera singular. Primero, sobre Migdalia (mujer mestiza) pesa cierto “arrastre” que la hace inferior a Yolanda (mujer blanca). La primera, para igualarse, toma su condición de revolucionaria como estandarte, pero a pesar de ello considera que “un hombre con diente plateado ya eso es el colmo”. De manera similar, el conflicto de clases conlleva al enfrentamiento de situaciones progresistas, aunque también contradictorias. El amigo de Mario, Jon, que sostiene una relación amorosa con Migdalia, es de otra clase social, hombres (blanco uno, negro el otro) a quienes el proceso le permitió estar sentados en el mismo lugar compartiendo. Todo sucede en la misma locación, un restaurante, y ambas escenas dialogan entre si, los hombres se acercan cada vez más, sin embargo las mujeres se alejan, se distancian psicológicamente, quizás como muestra de que las mujeres pobres (o no negras) quedan escindidas tanto de las  otras mujeres no pobres, por su condición socioclasista, como de los hombres, en virtud, sobre todo, de condición genérico-sexual.

Intraclasista e intraracialmente se presenta un conflicto entre Mario y sus amigos, el cual se plasma de manera cimera en aquel juego de dominó que tiene como lugar al barrio. Allí unos y otros le reclaman por su salida de aquel ambiente dada la relación amorosa que tiene con Yolanda, y le llaman irónicamente “doctor”. Humberto, antagonista principal, es quien pone en evidencia lo que piensan todos: “la maestra te ha lavado el cerebro, que tu te has convertido en konsomol”. Humberto también es un verdadero arquetipo de todo lo que la revolución no necesita, representando aquella parte de la población que, a pesar del cambio de la situación social y de la aplicación de diferentes programas de beneficio, prefiere continuar en la periferia de la sociedad y que de alguna manera sujeta a Mario a etapas anteriores de desarrollo individual.

Por otra parte, Mercedes mujer negra está integrada por entero al proyecto social y participa del trabajo remunerado, cuando retorna se ocupa de su hogar y su familia; sin embargo, es responsabilizada exclusivamente de la educación de sus hijos e hijas. Pudiese ser esta preocupación de Sara Gómez una prolongación de lo que abordó con anterioridad en Mi aporte; mostrando el conflicto implícito que conllevó la integración a la sociedad socialista, en cualquiera de sus programas productivos y/o educativos, con el mantenimiento de la responsabilidad materna en la educación de hijos e hijas.

            El futuro de las niñas, en especial de las negras, que viven en los barrios populares también es una preocupación explícita en la película. Su intención es que luego del sexto grado continúen por un camino diferente, un camino que no sea precisamente el del matrimonio y los hijos, sino que puedan continuar estudiando, integrarse a la sociedad. El reclamo es evidente, al parecer las medidas tomadas hasta ese momento favorecen la inclusión de los varones, no así a las muchachas, menos si son negras y viven en comunidades como Las Yaguas. “De las niñas no nos hemos olvidado” revela que, efectivamente, la situación de ellas es otra, al menos para estas que viven en este lugar.   Aquí Sara advertiría que, efectivamente, las mujeres y niñas negras están sumidas en varias  discriminaciones la vez, por ahora la clasista y la sexista.

 

CONCLUSIONES

A lo largo de sus obras cinematográficas, Sara Gómez reconoce la múltiple discriminación de la que es objeto la mujer negra y como ella es destinataria de estereotipos en torno a la sexualidad y la belleza. Asimismo, aborda la interrelación entre los elementos genéricos, clasistas y raciales; a partir de la relación amorosa entre Mario y Yolanda en De cierta manera (1974). Por otra parte, su interés por la racialidad como tema de narración y en especial de la situación de la mujer negra, es mostrado en De cierta manera (1974), Guanabacoa: Crónica de mi familia (1966), Una isla para Miguel (1968) y En la otra isla (1968).

La posición de Sara Gómez entorno al no alisamiento del cabello, a llevar el cabello de forma natural a partir de 1971, permite destacar la importancia que para ella tenía el tena racial. De la misma manera expone el interés de Sara Gómez por el vínculo entre la racialidad y componentes de la cultura popular como puede ser la religión.

Cuerpos vendibles y cabellos desrizados han sido parte de la colonización que llega también al campo cultural, a las inmediaciones del arte, al interior del cine. Sin embargo, la propuesta de Sara Gómez, palpable en su obra cinematográfica y en su propia vida, ofrece una mirada particular a la realidad de las personas negras que otorga actualidad y justicia al tema.

 




[i] González, Lélia: Por un feminismo afrolatinoamericano, Isis Internacional, 1988.

[ii] Richard Dyer: «La cuestión de la blancura». En Criterios, La Habana, No. 43, 2003, p. 60.

[iii] Tomás González: Ob. cit., p. 12.

[iv] Stokely Carmichael: Político norteamericano, nacido en 1941en Trinidad y Tobago y fallecido en Guinea-Conakry el 15 de noviembre de 1998. Conocido como Kwame Touré, fue miembro del partido de las Panteras Negras, llegando a ser uno de los más destacados dirigentes del movimiento por la  igualdad de derechos de la población afro-norteamericana.

[v] Eloy Machado: entrevista inédita, La Habana, 29 de septiembre de 2007.

[vi] Inés María Martiatu: «Con Sara Gómez». Palabras de inauguración de la exposición fotográfica Sara Gómez: Imagen Múltiple en el marco de Coloquio del mismo nombre, noviembre 2007.

[vii] José Antonio García Borrero: «Sara Gómez (I)», en http://cine-cubano-la-pupila-insomne.nireblog.com, bajado el 13 de julio 2007.

[viii] El Dr. Esteban Morales destaca el papel de la educación racista en todo este complejo proceso de exclusión-autoexclusión. Para ello véase Esteban Morales: Ob. cit., pp. 67-72.

[ix] José Antonio García Borrero: «Sara Gómez (I)… », Ob. cit.

[x] Moreno Fraginals, Manuel: El ingenio. Complejo económico social cubano del azúcar, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978.

[xi] Pablo Armando le dedicaría entonces a Sara Gómez un escrito titulado «De Bateyes» como el documental; cuyos fragmentos aparecen en la Gaceta de Cuba No. 2, marzo-abril de 1997, pp. 3-7.

[xii] Michael Chanan realiza un abordaje bien interesante de lo que simbólicamente nos muestra el filme, en términos de conflictos. Véase Michael Chanan, Ob. cit., p. 34.

 

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Comentarios

Un Comentario »

  1. Me gustó la cita, descarnada, real...pone a pensar.

    Julia | 21-03-2008 - 03:46:57 GMT 0 #

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