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Negra cubana tenía que ser
Una mujer negra que no es más otra, es ella misma
bell hooks

29/09/2006 GMT 0

Prólogo a "Para hombre ya estoy yo: masculinidades y socialización lésbica"

negracubana @ 12:26

Aunque llamada la “Ciencia del Hombre”, la Antropología Social poco se ocupó de los variables modos de devenir hombre. Refugiados en los universales, las estructuras, o artefactos metafísicos semejantes, los estudios etnográficos poco dijeron hasta la década de 1990 sobre las construcciones de las masculinidades en general y menos aún cuando estas masculinidades se realizaban independientemente de los cuerpos de los varones.

Salvo algunas excepciones, como “Dislocating masculinity”, un conjunto de textos editados por Andrea Cornwall e Nancy Lindisfarne y publicado en 1996, cuando las ciencias sociales se ocupan de las masculinidades lo hacen casi con exclusividad de aquellas subjetividades masculinas llevadas a cabo por cuerpos de hombres. Aparentemente, sólo los sujetos poseedores de un pene anatómico interpretarían la masculinidad. Así, repitiendo las categorías del sentido común, la mayor parte de estos trabajos académicos invisibilizan diferentes formas de devenir hombre.20060929174647-capalivroandrea.gif

En 1998 Judith Halberstam introduce las nociones de masculinidad femenina (female masculinity) y masculinidades lésbicas para dar cuenta de las experiencias de construcción de las masculinidades protagonizadas por los cuerpos de sujetos clasificados como mujeres. Por medio de estos conceptos, se pone en escena el carácter socialmente construido tanto de los cuerpos y las prácticas como de la relación que mantienen unos con otras. A partir del análisis
del arte contemporáneo, la cultura pop, el cine, y determinadas performances paródicas propias de algunas comunidades lésbicas como los drag kings, Halberstam, desnaturaliza ciertas formas de hacer género.

Este, y otros trabajos que engrosan el cuerpo de los Estudios Queer, se entremeten con las políticas y poéticas del sexo, el género, la sexualidad y el erotismo, para desmantelar los modelos hegemónicos de hetero-masculinidades. De este modo, exponen modelos alternativos de devenir hombre como aquellos que se generan en las comunidades gay, lésbica, o transexual y liberan a las masculinidades de la dependencia de los órganos genitales. ¿Qué ocurre cuando las masculinidades se producen fuera del cuerpo de los varones? ¿Qué otras maneras de ser
hombre realizan a través de sus performances corporales diferentes grupos sociales y sexuales?.

En esta perspectiva se inscribe la etnografía de Andrea Lacombe quien, a diferencia de las líneas de investigación predominantes en los países centrales, se aleja de las prácticas culturales artísticas y mediáticas para indagar estas cuestiones a partir del análisis de las formas de socialización entre mujeres lesbianas de los sectores populares en una urbe latinoamericana.

Lacombe trabaja con unas personas y unas experiencias invisibilizadas tanto en el discurso académico como en los espacios de divertimento de los turistas internacionales y de los sectores de clase media de la sociedad carioca. ¿Qué ocurre cuando un conjunto de mujeres se reúnen en un espacio considerado como un coto de hombres y un espacio de realización de heteromasculinidades?;

¿Qué acontece cuando ellas con sus cuerpos cargados de deseo por otras mujeres se congregan en un espacio público a beber cerveza y bailan, conversan, flirtean o disputan posiciones de prestigio?, ¿Qué poéticas del yo se despliegan en estas performances sociales?, ¿Qué tecnologías del género se ponen en práctica en la construcción performativa de hombres y mujeres? Estas son algunas de las preguntas que guían la mirada de la autora y recorren esta etnografía innovadora en el campo de las ciencias sociales locales.

Andrea nos conduce desde las arenas de Copacabana y las garotas (lesbianas) de Ipanema al Centro de Rio de Janeiro donde a la sombra de los rascacielos y los yuppies se entrecruzan, en sus intrincadas callejuelas, obreros, prostitutas, travestis y toda otra serie de personajes que
difícilmente encuentran un lugar en las postales turísticas de la Cidade Maravilhosa.

Es en este espacio geográfico cargado de fuertes sentidos sociales que la etnógrafa descubre, una noche de Carnaval, su tan preciada isla: un local comercial de reducidas dimensiones donde se expenden bebidas desde tempranas horas de la mañana hasta bien entrada la noche, frecuentado casi exclusivamente por lesbianas de mediana edad, escasa educación, salarios reducidos o directamente desempleadas.

A medida que pasan las páginas nos adentramos en la rua Riachuelo y llegamos al bar Flôr do André donde conocemos a su propietario, a Nilda y Aldairton que trabajan allí y a la clientela:

Martinha, Detinha, Rubi, Daiana, Vitoria, Monique y otras lesbianas que usan ropa interior como la de (ciertos) hombres y se depilan como (ciertas) mujeres. Pronto descubrimos que no es lo mismo estar sentado en una mesa en la calle que ubicarse en el interior mismo del bar y que algunas noches es (casi) lo mismo usar el baño de damas que el de caballeros. De acuerdo con la lectura que nos propone la autora, la posición espacial de cada sujeto es un índice de determinadas características como la antigüedad y el ritmo con el que se frecuenta el bar, el lugar de procedencia, y el grado de intimidad con las clientes más antiguas. Sin embargo, todas estas variables están atravesadas por el género dado que la posibilidad de convertirse en asidua concurrente y desarrollar un gusto por pasar mañanas, tardes o noches en el Flôr de André es una vía transitable con mayor facilidades para aquellas mujeres que desean a otras mujeres y que respetan ciertas reglas como jugar a (nunca) intentar seducir a las mujeres de las otras.

Travestis, gays y hombres heterosexuales están condenados a permanecer en los límites del lugar, porque ell@s, como muestra la etnógrafa y afirman las entrevistas “tienen sus propios lugares”.

Del mismo modo que el espacio físico es construido socialmente, también las formas de denominar a este centro de socialización lésbica es producto de discusiones donde el género,como diferencia, produce otras diferencias. Así, mientras para las mujeres y las masculinidades protagonizadas por algunas de ellas, el Flôr do André es un bar, es decir un espacio familiar donde no hay lugar ni para la violencia ni para la expresión hiperbólica del gesto erótico, para otras masculinidades (la de los hombres heterosexuales o gays) es un boteco, término que describe un campo semántico parcialmente abarcado por nuestro bolichón.

Con el paso de los días y las copas, Andrea descubre y nos muestra como estas mujeres, que prefieren auto-denominarse entendidas y no lesbianas, continúan haciendo y deshaciendo el género a través de otras prácticas como el consumo de bebidas alcohólicas. Después de varias cervezas y alguna cachaça salimos del bar y llegamos a una misa para descubrir cómo las homo-socialidades producen formas alternativas de familia o vamos a un baile de forró, donde la etnógrafa experimenta en su propio cuerpo, mientras danza cuerpo a cuerpo con otra mujer, cómo una práctica riñonera puede transformarse en un no menos práctico pene. Así, aprendemos como a través de sus performances corporales tanto estéticas como eróticas estas mujeres juegan con una serie de modelos heterogéneos de masculinidad y feminidad.

Divirtiéndose, emborrachándose, consolándose, peleándose y amándose, en definitiva “viviendo la vida loca”, estas mujeres alborotan las formas hegemónicas de la cultura y las supuestas relaciones causales entre el sexo, el género, la presentación de género, la práctica sexual, el erotismo y la sexualidad.

Cuando terminé de leer este precioso y preciso libro que está entre sus manos, no pude sino destapar una cerveza. Prendí la TV y me dediqué al zapping. Accidentes, piquetes, aumentos, reclamos, elecciones. Una, dos, tres, cuatro películas hollywoodense, una nacional, fútbol, rugby, levantamiento de pesas femenino, básquet, Peter Pan, Jetix, y la lista continua. De pronto, los primeros acordes de una canción conocida me detuvieron en un canal musical. Era la
repetición de una ceremonia de entrega de premios de la MTV. Britney Spears y Cristina Aguilera aparecían vestidas de novias, blancas, radiantes y con minifaldas cantando Like a virgen. La música se detiene, la iluminación cambia y por una escalera desciende Madonna ataviada como un novio, con levita, galera y botas con un taco aguja de 15 cm. Baile para acá, baile para allá. Y el novio Madonna, besa en la boca a sus dos novias. Oh!. Escándalo. Icono.

Marketing. Performance, Espectáculo. Dividendos. Después entraba Missy Elliot, también vestida de novio, con un frac Adidas y unas zapatillas blancas. Más baile y aplausos finales.

En otras oportunidades había visto este mismo clip sin prestarle demasiada atención, pero después de la lectura del texto de Andrea Lacombe, ya no me era posible entenderlo como antes.

Quizá esta performance artística era algo más que un fogonazo lésbico que encendía la imaginación masculina y hererosexista. Quizá, el video-clip podía entenderse como la puesta en escena de unas masculinidades alternativas que, como las realizadas por las lesbianas del Flôr do André, no están dispuestas a borrar determinadas marcas de la feminidad. Quizá, pra homem ja están ell@s.

Por Gustavo Blázquez. Tomado de CLAM

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Comentarios

Un Comentario »

  1. Esta amplia variedad de vivir las masculinidades no es nuevo y para ello hay que echarle una revisada a textos escritos por cienìficos (as) sociales de orientaciòn feminista.

    pedro vazquez | 12-03-2008 - 05:10:53 GMT 0 #

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