Amparo no es la madre de sus hij@s
Mulata de pura cepa, padre chico-cubano y madre criolla, Amparo era de las muchachas más llamativas de San Juan. De piel color canela, y cabello largo (de un crespo dócil que le daba para hacerse peinados rebuscados) tan negro como sus ojos, achinados también. Nariz ancha y boca carnosa que le daban cierta singularidad a su figura esbelta y torneada.
Su mestizaje, procedía de varias generaciones anteriores. Su progenitor, Eustacio (quien, por cierto, participó en la Guerra del 95 bajo el mando del General Antonio Maceo), era hijo de Ramón y Ramona, chino él, africana ella, quienes al pertenecer a un mismo esclavista tomaron, luego de la obtención de su libertad, el nombre y el apellido de su amo (Forteza), suceso implicaría la pérdida infinita de los apellidos originarios de la familia.
Cristina, su madre, era tan mestiza como sus hijas (Amparo, Lucía y Celeste). Su padre, dueño de plantaciones tabacaleras en el oeste del país, se casaría por segundas nupcias con una esclava, una negra africana que, además de parirle, le ayudó a criar a sus hijos (blancos) productos de su primer matrimonio. Dada la próspera situación económica de la familia, la niña Cristina se crió y estudió en el convento de la ciudad cabecera.
Retornando a Amparo, además de Armando tendría otros cuatro hijos. El mayor de ellos, Juan José, fue fruto del paso por la ciudad de Juan Álvarez, un negro habanero que luego de varios meses la abandonaría para siempre sin siquiera reconocer la paternidad del hijo. Juan José, el niño, viviría soñando hasta la edad de 17 años el encuentro con el padre, lo cual se convertiría en su principal razón, junto a querer ver el mar, para viajar a una Habana que solo le prometía incertidumbre.
Papaíto, hombre aparentemente blanco –porque también tenía de carabalí-, se
enamoró de la joven Amparo a pesar de los dos hijos y del estado civil casada que sobre ella pesaba. Vivina, Delfín, y Juan Antonio fueron productos de un amor que no se deshizo con la muerte de Mamaíta primero y de Papaíto después. Él se encargaría de criar l@s hij@s de las uniones anteriores de su mujer y los suyos propios, todos en la misma condición, sin distinguir razas, sexos o padre biológico, de hecho Papaíto murió con el deseo de reconocer legalmente a Juan José como hijo suyo, al que, como descendiente abandonado que era, no le fue dado el apellido de su padre; sin embargo el chico supo esperar pacientemente hasta arribar a la mayoría de edad para adjudicarse el Álvarez que legitimaría su identidad personal. Sin embargo, este obstáculo no fue el último que tuvieron que sortear Papaíto y Mamaíta, posteriormente emergería uno que comprometió de por vida el reconocimiento legal de la maternidad de Amparo.
Con dos hijos ya, y al tener a sus tres últimos, la joven se vio impedida de reconocerles pues permanecía casada con el padre del mayor. No sabemos con exactitud si las leyes de la época contemplaban una variante para que pudiese registrar a sus hijos e hija, quizás fue la moral provinciana la que los llevó a decidir que Papaíto les inscribiría con sus dos apellidos –Izquierdo Gener- para, entre otras cosas, no tener que dar explicaciones de porque los chicos y la chica no llevarían el apellido legalmente esperado, una forma de protegerles también de la ilegitimidad que sobre ellos ya pesaba. Consecuentemente, Mamaíta renunció al reconocimiento de sus descendientes, lo cual se traduce en que a pesar de haberle tenido nueve meses en su vientre, de haberle criado, amado y padecido, hoy ella no aparece registrada como su madre en los documentos pertinentes, Juan Antonio, Delfín y Vivina tienen en sus carnet de identidad una rayita en el espacio destinado al nombre y apellidos de la madre.

Especular quizás no sea conveniente, pero como su nieta tengo el derecho de pensar que el “altruismo” de mi Mamaíta, la (nos) traicionaría de por vida, porque es difícilmente comprensible que una mujer haya sido expropiada de la única evidencia certera de su existencia, sus hijos e hijas. Bien lo sabe mi tío Juan Antonio quien de chico, aun cuando sabía lo que decía su documento de identidad, al preguntársele su nombre no dudaba en decir a viva voz Juan Antonio Izquierdo Forteza. A mí que soy su sobrina-hija (mis hermanas, mi hermano y yo le debemos nuestra vida) me queda el dolor de que él, Delfín y Vivina, no son reconocidos legalmente como mis tíos y tía paterna; de manera de que si no me encargo de trasmitir esta historia oralmente –y ahora en mi bloga- mis hijas y las hijas de mis hijas no podrán conocer, a pesar del examen de los documentos de la época, los familiares que les antecedieron.
A ellas, las hijas de mis hijas les dejo acá parte de nuestra propia historia.

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Ayer, como parte de una nueva labor que estoy realizando, asistí a una presentación de varios grupos de reggeaton en la centrohabanera Casa de la Música. Allá estuvieron Eminencia Clásica, Primera Base y La Fres_K. Como ahora soy parte de la comisión de evaluacion de las agrupaciones que pertenecen al catálogo de la Agencia Cubana del Rap, fui convocada para realizar tal tarea, esta vez para evaluar agrupaciones reggeatoneras.

