Sobre la necesidad de recuperar las prácticas de autocuidado del cabello rizo trasmitidas por las madre y abuelas negras
Cuando era niña —hace unos 30 años atrás— cada domingo había una actividad rutinaria en mi vida y la de mis hermanas; mi madre, una mujer negra costurera, se dedicaba, por varias horas a acondicionarnos “la pasa” para que al día siguiente, lunes, llegáramos a la escuela “presentables”.
Se trataba entonces de deshacer trenzas y aplicar masajes caseros, hechos fundamentalmente a base de plantas. Después, el lavado del cabello, con el consabido enjuague, cuyo componente también era una planta. El desenredado se realizaba con la ayuda de un producto oleaginoso natural, y luego el trenzado, el que debía durar al menos tres días en nuestras cabezas. Esta especie de ritual sucedió cada uno de los domingos de mi infancia y adolescencia y hoy, a la altura de los años, noto que su trascendencia va más allá de lo que para mi madre era el cuidado del cabello de una niña negra.
Para las afrodescendientes, el tratamiento y peinado del cabello es una de las actividades que, en cierta medida, va unido a la historia familiar. Según bell hooks Los escritos de las mujeres negras confirman la importancia cardinal del cabello en el abuso psicológico de que son objeto las mujeres negras. Virtualmente todas las novelas y obras autobiográficas de escritoras negras contienen algún tratamiento de la cuestión de la discriminación contra las mujeres negras a causa de la textura del cabello.
Ahora, en pleno siglo XIX, las prácticas son otras. Quizás todo es mucho más rápido. Mi hija por ejemplo, deshace sus trenzas, pues, a pesar de sus 17 años, aún las conserva. Toma su pomo de champú, el pote de acondicionador, y en quince minutos ya tiene el cabello limpio. Sin embargo, no hay en esa rutina nada que invite a la cómplice intimidad entre un grupo de mujeres negras obsesionadas por el cuidado de una parte de su cuerpo, quizás aquella que es mirada por la sociedad occidental con mayor recelo y que se intenta desesperadamente controlar. Pero lo más importante es que dichos productos químicos, tan presentes en nuestras vidas, no logran suplir, al menos para las mujeres negras, aquellos otros enjuagues y bálsamos hechos por las manos sabias, que conocían y conocen, qué hierbas o raíces usar cuando el cabello se cae con facilidad, o cuando está reseco, las cuales para colmo pueden ser sembradas en el jardín o patio familiar.
En la sociedad cubana, muy en relación con la imposición de patrones blancos de belleza —universales por demás—, se ha soslayado la tradición de las “viejas negras” en el cuidado del pelo rizo. El dinamismo de la vida contemporánea ha conllevado a perder de vista lo que de singulares tienen dichas estrategias de autocuidado no solo para la belleza y la salud, sino también para la identidad racial y la autoestima de las personas negras. Lo anterior toma un matiz particular si reconocemos que en nuestras tiendas no existen productos, más o menos naturales, destinados al pelo rizo. El desrizado se presenta como la única manera de estar bella dentro de los cánones establecidos, lo que desacredita al cabello frecuentemente llamado “pasa” y refuerza, en consecuencia, la creencia de que el pelo lacio es un componente imprescindible de la belleza femenina.
La feminidad negra ha sido representada a partir de la mujer blanca. En este sentido bell hooks alerta: “La realidad es que el cabello alisado está vinculado históricamente y actualmente a un sistema de dominación racial que les inculca a las personas negras, y especialmente a las mujeres negras, que no somos aceptables como somos, que no somos hermosos.”
Por otra parte, los tratamientos para desrizar el cabello son harto discutibles en el orden simbólico. Ellos no solo evidencian procesos hegemónicos de belleza, sino también llevan la carga pesada del coloniaje a partir de la observancia de las dinámicas que alrededor del desrizado del cabello se dan socialmente. Para la generalidad de las personas de esta isla, sean negras o no, una mujer negra es más bella si lleva su cabello desrizado y puede dejar de serlo si decide dejarlo crecer sin tratamiento alguno. De hecho, las imágenes utilizadas en los medios publicitarios violentan la autoestima y la autoimagen de estas mujeres, según los resultados del estudio realizado por la investigadora cubana Norma R. Guillard Limonta.
Hace unos meses un grupo de jóvenes negras intentamos trasmitirnos parte de esta sabiduría de nuestras madres y abuelas, y de esta manera hacerlas accesibles a las personas más jóvenes. Noté entonces que sería interesante poder recopilar dichas formas tradicionales de autocuidado del cabello que han pasado de generación a generación por décadas, pero que últimamente han estado invisibilizadas por múltiples razones. En este sentido, no solo se recuperarían dichas prácticas sino que, eventualmente, otros aspectos relacionados con las dinámicas familiares que rodean al acto del autocuidado en sí mismo, pudieran emerger permitiendo entonces el conocimiento de otras zonas de nuestra tradición oral.
Es de destacar también el hecho de poder retomar el papel de las mujeres negras en su histórico rol de cuidado de la familia, y su participación en los procesos identitarios específicos de sus descendientes, en este caso ligados a la negritud. El retorno al conocimiento de las prácticas, transmitidas por estas mujeres de boca en boca, e intentar dejar constancia en un documento escrito, permitirá que dichas tradicionales orales queden formalmente registradas y puedan ser recuperadas.
Es una necesidad sentida orientar el cuidado del cabello a cualquier persona que no desee consumir productos químicos, los cuales eventualmente deterioran la salud y conllevan en, muchas ocasiones, a la sobreexplotación del medioambiente. Presuponemos que es mucho más fácil y económico preparar una crema para masaje con la raíz de una planta que disponer de un producto en forma de spray, cuyo componente principal sea un derivado del petróleo.