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Negra cubana tenía que ser
Una mujer negra que no es más otra, es ella misma
bell hooks

Categoría: Racialidad y temas afines

23/09/2008 GMT 0

El fantasma de la masacre racista de 1912

negracubana @ 14:52
Por Alejandro Fernández Calderón

A los eggúns de Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz

El doce de Julio de 1912 fue muerto por la guerrilla del capitán José Aranda, en el cafetal Nueva Escocia, término de El Caney en Oriente el general de independencia Pedro Ivonet. Dos semanas atrás, el 26 de Junio en Bella Biajaca, término de Alto Songo había sido ultimado por las fuerzas del teniente Lutgardo de la Torre, el líder mestizo Evaristo Estenoz y Coromina. De esta manera, se cerraba un pasaje dramático de la recién estrenada república.

Con la muerte de los líderes del Partido Independiente de Color finalizaba la vía de la lucha contra la discriminación racial mediante la movilización política autónoma. Esta alternativa surgió cuatro años antes, por el no cumplimiento de las expectativas alcanzadas en las guerras de independencia de la población negra. La república iniciada en 1902, había posibilitado el ascenso de figuras de color en la política. Sin embargo lo anterior no garantizó el efectivo cumplimiento del artículo de igualdad constitucional. El partido de color fue una respuesta de un sector vinculado al mambisado. Su accionar fue cuestionado por líderes negros y mestizos terminando en un alzamiento por legalizar su organización, eliminada del juego político por la Enmienda Morua de 1910. Su protesta condujo al derramamiento de sangre de miles de personas no blancas.

Después de 1912, este hecho político-racial tuvo consecuencias directas sobre la población de color. El investigador Alejandro de la Fuente apunta el desarrollo de un racismo agresivo y violent; pero también se pudo palpar el síndrome del miedo al negro dentro de una sociedad de códigos racistas compartida por amplios sectores, provocó la hipótesis de la necesaria desaparición del negro. Ese mismo año el escritor blanco Gustavo Enrique Mustelier León publicaba el texto La extinción del negro en el que abordaba científicamente los postulados de esta tesis.

Los años que cierran la década de 1910 revelan condicionamientos resultantes de las consecuencias de la masacre. La llamada Guerra de razas, abrió las puertas al temor de instaurar un posible peligro negro exacerbado, manipulado en la venganza de los sobrevivientes que se pronunciasen contra la igualdad establecida. Las fronteras de este escenario indican hasta donde su cumplimiento efectivo fue permisible. Si bien correspondió al grupo interesado efectivilizar la igualdad jurídica, su aplicación se ajustó siempre que los sujetos portadores de la misma no trasgredieran el límite estipulado.

Por otra parte, la significante de cruzar la línea del color, fue una interpretación que correspondió generalmente a los grupos de poder. Como pacto de un consenso reforzado después de ese año, otros sectores se apropiaron de esta delimitación. Se liberó un racismo de estado que aplicó activamente la dominación. En la práctica la discriminación se reforzó con el empleo de la violencia que fungió como mecanismo de control de los linderos de la igualdad.

Este racismo, ejercitado libremente por instantes, se mostró en diferentes escenarios de la sociedad del momento. La literatura, los espacios públicos, la religión, la familia fueron variables donde operó. La posibilidad para los sujetos portadores de los códigos racistas de operar de una manera intensa contra los transgresores de la igualdad, devino en situaciones de alteración del orden público, en aras de la preservación del orden social.

La violencia se tornó forma de expresión del modelo racista. Los hechos acaecidos en los espacios públicos de 1915 y 1916 en Camaguey y Cienfuegos, respectivamente, expresan como los límites de la igualdad son manejados de una manera activa para el cumplimiento de la norma existente. La violencia cumple la función de escarmentar a los transgresores del paseo público mediante la acción física. La intolerancia de algunos blancos a que negros y mestizos transiten fuera de las zonas diseñadas para ellos dentro del parque revela el indicador del lugar que se les asigna en la sociedad. La actitud hostil se desenvuelve dentro de condiciones estructurales (inequidad, intolerancia, impunidad) que permiten comprender su ejercicio y concreción. Los individuos violadores de la igualdad debían ser atajados de manera rápida y efectiva. La tendencia al linchamiento, el enfrentamiento físico, son evidencias de la legitimidad en que las formas de control se desenvolvieron. La intensidad que se vive posterior a la masacre de las fuerzas estenocistas posibilita recrudecer la fortaleza del racismo. Al liberarse los débiles resortes de la igualdad racial, se pasa a un momento de exacerbada represión que no finaliza con la muerte de Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz. Durante los años siguientes las élites negras y mestizas debieron revaluar, bajo una fuerte tensión social, las formas de enfrentamiento al racismo.

Los órganos de prensa jugaron un papel destacado dentro de la dominación y el consenso en todo momento. Los lectores que consumieron las historias y leyendas ficcionadas de los negros desnudos y salvajes que deseaban dividir a la república civilizada, quedaron presos del temor de volver a editar un hecho de igual connotación. El efecto periodístico consiguió desplazar cualquier duda de que cuerpos extraños debían eliminarse del interior de la nación.

En el interior social se planteó la expulsión de aquellos sujetos degenerados (brujos, delincuentes, enfermos, haitianos, jamaicanos) que no facilitaban su desarrollo. La teoría de las razas, quedaba reforzada en un sentido histórico biológico que convertía al cuerpo social en enemiga de sí misma. El nosotros social construido por el grupo dominante, logra coaptar a los actores sociales después de la matanza de ese año. Se debe eliminar a el otros nocivo que dividía a la nación cubana. Se hace necesario la erradicación total de la raza no apta para el entorno civilizatorio. El Estado se convertía en protector de los intereses de la integridad de la raza pura que sobrevive. El saneamiento biológico del cuerpo social se convirtió en tarea de inmediatez. La obra Guerra de razas, un folleto de inmediata publicación al final de los hechos dedicado al Mayor General José de Jesús Monteagudo, quien dirigió la represión, vincula a una población negra denostada, y reivindica a la población blanca constituida como la más apta, fuerte y preparada para conducir a Cuba hacia al progreso. Esta hipótesis tuvo un fuerte respaldo en los círculos productores de información que legitimaban la inferioridad de la raza negra.

También manipulaciones políticas se mostraron en estos años con intenciones electorales. El proceso posterior de liberación de los complotados refleja las incidencias que se movieron en períodos eleccionarios para captar el voto negro. El proceso de la amnistía a los complotados aprobada en marzo de 1915, muestra los vaivenes políticos.

La prensa de la época difundió en esta etapa diferentes rumores de conspiraciones donde se involucraban a ex-miembros de los independientes de color. Noticias sensacionalistas manejaron el fantasma de Estenoz e Ivonet con el objetivo de manipular el voto negro para conveniencias políticas. Para finales del año 1915 le prensa divulgó que sediciosos no blancos quería revivir la edición de 1912, tema de credibilidad social facilitada por la creencia de que los negros y mestizos estaban preparando una nueva guerra de razas. La Masacre del Partido Independiente de Color, entre mayo y julio de 1912, despertó una histeria racista en los años que sobrevinieron. Se evidencia la fragilidad de la supuesta igualdad racial.

No obstante como proceso de doble rasero, hay una arista apenas explotada que merece atención. Si una observación salta a la vista, influido por los rasgos clasistas, es que la mayoría negra y mestiza pobre fue la parte más afectada del escarmiento. Perder al hijo, al padre, al esposo, y continuar la vida dentro de esa marea de tensión es entrar en intentar reconstruir las voces de los sin historia.

Se hace necesario imaginar como fueron las actitudes de los sectores populares afectados por este proceso, sin instrucción, e igualmente ungidos de olvidar y sepultar ese hecho. Sobre ellos gravitó principalmente la mayoría de las tesis racistas que luego se desarrollaron. Impelidos de formas efectivas de eliminar la discriminación, el sujeto común utilizó a mano estrategias provenientes de sus habilidades, aprendidas dentro de un medio social específico y adverso para enfrentar la realidad.

Desde este punto de vista las secuelas de la violencia racial del año 1912 son diversas. El trastrocamiento de la vida de las personas, familias y comunidades; la acumulación de la incomprensión de las consecuencias del acontecimiento, la presencia temporal de lastre que supera al acontecimiento en si; y la violación del derecho de la igualdad de manera efectiva son algunas de ellas. Esta afectación selectiva desde la raza, y colectiva como nación retardó el proceso de relación interracial. Las efectos psicosociales arraigan el deterioro de vida de los individuos y el grupo afectado, bloqueándose sus habilidades y capacidades culturales, sociales y emotivas. También en lo político se destruye la institucionalidad del ejercicio de la ciudadanía personal y colectiva. El dolor real de los sobrevivientes y su reivindicación es una tarea compleja y que esta por hacer. Entra a considerarse la ausencia de una reparación para los hombres y mujeres que luego de ser atemorizados, recibieron el escarnio social.

El no restablecimiento de las condiciones, derechos, oportunidades y la calidad de vida perdida por el efecto de la violencia política tiene un peso esencial. La tipología reparatoria (simbólica, jurídica y pecuniaria) ausente explica la necesidad de enterrar lo que en un momento fue considerado un bochorno para la nación cubana. Las víctimas nunca fueron resarcidas y continuaron siendo segregadas. Hacia su reivindicación como grupo racial van dirigidas estas ultimas palabras. La verdad histórica de ese instante debe obligatoriamente rendir tributo a aquellos, que luego del miedo imperante debieron seguir viviendo, tras la masacre de 1912.

Las fotos que aparecen en este artículo fueron tomadas el 7 de agosto del 2008, durante la celebración del centenario de la fundación del PIC.

Tomado de Cubaliteraria

02/09/2008 GMT 0

Me gusta dejar constancia de las cosas que veo

negracubana @ 19:16
Por: Maykel Paneque

Nadie podría predecir que la poeta y dramaturga Georgina Herrera  Cárdenas (Jovellanos, 1936), estaba realmente asustada al compartir  el pasado viernes con poetas y amantes de la literatura su experiencia de vida y oficio en la tertulia “La Espiral” en su sede del Centro Literario Leonor Pérez.

Al preguntársele cómo había llegado a la poesía, la autora de Grande es el tiempo afirmó ser una pregunta que debía contestarla con un halago. “Si existe la parasicología parece que me tocó la gracia divina porque en mi casa no había ni asomo de esa experiencia”, comentó. “Oigo a mis amistades de todo lo que leían, de los libros que había en sus casas, de las amistades que recibían, y yo vivía en un estado de pobreza que decía que mi padre tenía embullo por ser más pobre que nadie”.

Refirió que muy pequeña, cuando “la corneta era de la palo”, escribía ‘versitos’ a los que les ponía nombre y tenía mucho cuidado en esconderlos porque “para mí era como un delito”, confesó. A los 14 años, mientras cursaba la Superior, escribió un poema en conmemoración al asesinato de los Estudiantes de Medicina. “Recuerdo a la directora de la escuela, esas señoras especiales, muy severas, que todo el mundo respetaba mucho, me llamó y se encerró conmigo en su oficina y me dijo: ‘Mira, no te va a pasar nada, pero dime a quién plagias’. Y yo me quedé mirándola sin saber de qué me estaba hablando”.

Georgina evocó emocionada «Verde rama», el primer poema que publicara en el periódico Excelsior con 16 años. “Lo envié manuscrito, y la que se armó en el pueblo fue tremendo. ‘Mira, un poema de la hija de Lolo’, decían”.

Cuando decidió venir a vivir para La Habana, intentaron disuadirla parte de su familia, “pero yo no quería comerme a La Habana, quería compartir con ella, que me protegiera”, declaró.

Al comenzar el recital explicó que cualquier poema leído era como si estuviera desnuda, “cuanto he escrito es mi vida, no sé escribir poesía ni para hacerme la graciosa ni por encargo”.

“Un poema que me gusta mucho porque soy negra es «Primera vez ante el espejo». Era lógico que tuviera que escribir sobre la cuestión racial porque estoy muy feliz de ser lo que soy”, admitió Herrera y recordó el origen del poema en casa de Rogelio Martínez Furé mientras revisaban unas fotos de esculturas excavadas en Nigeria hacía más de mil años.

“Puedo memorizar como si fuera hoy. Decíamos: esta se parece a fulana, esta a mengana, y de pronto le dije a Rogelio, esta se parece a mí. Me miró intrigado y me preguntó: estás segura, y yo le dije: sí. Nada, me vi retratada ahí, eran los rasgos nuestros, era como verme por primera vez en un espejo”.

La Dama de Nigeria

Georgina rememoró los años 50 cuando el Caballero de París era un indigente y sacó a relucir que había también una mujer negra indigente que le decían La Marquesa, “pero el Caballero trascendió y de La Marquesa no se acuerda nadie”, asegura Herrera.

“Como al Caballero le pusieron de París, yo la nombré a ella La Dama de Nigeria y el poema tiene una dedicatoria que dice: «A La Marquesa, esa personita oscura que al parecer, de no recordarla, nadie sabe que existió, porque oscuro fue también su tiempo en esta ciudad en la que puso un toque de su encanto y su magia”.

Constancia al ver

“Una vez vi a un muchachito, casi un adolescente, con un puñadito de tierra en las manos que se lo iba a lanzar a un zunzún que estaba posado en una mata de esas que le dicen «zapaticos». Lo primero que hice fue llenarme de ira, pero luego me dije: no vas a resolver nada con ella, tienes que buscar la manera de que este niño abandone el puñadito de tierra porque va a matar al zunzún. Y entonces él se puso a hacer otra cosa, no sé si fue la fuerza del pensamiento, y dejó al zunzún tranquilo y entonces escribí el poema «Mata al zunzún»

Negritud y herencia

Durante el diálogo que sostuvo con el público la autora del poemario Gritos, integrado por textos sobre la racialidad en sus diferentes vertientes, aceptó que al principio pensaba que “era algo mío, conmigo, pero según fui tratando a otras personas comprendí que no”.

“Creo en la memoria genética”, continuó Georgina, “yo soy una negra legítima, todo lo que sea injusticia me duele, lo que tenga que ver con la mujer, con la gente pobre, todo lo que sea injusto. Pero si hay algo injusto, porque no fue buscado sino impuesto, es la esclavitud, el traernos para acá”, advirtió.

“Por eso insisto en que la memoria genética existe, por ahí me viene en la sangre esa rebeldía, esas ganas de decir cómo en realidad fueron las cosas, porque a veces se edulcora, se le da un tono rosa y un poco de miel, y en verdad fue muy duro”, insistió. “Yo me crié entre negros y negras, y escuché muchas historias de todo lo que pasó esa nuestra raza traída a la fuerza, y me fui llenando de todo ese caudal, fue penetrando en mí, sensibilizándome cada vez más”.

“Y llegó el momento en que alguien tenía que contar en mi familia, en mi pueblo, lo que era de todos”, señaló. “Tanto es así que cuando fui invitada a Nueva York a compartir historias de mujeres negras, escuché muchas  historias fabulosas lo mismo para el teatro, que para el cuento, que picaresca, de toda esa famosa literatura oral”.

“Entonces cuando me tocó a mí, en aquel salón inmenso, donde había negras del mundo entero, yo estaba allí asustadísima, no medio asustada, y me preguntaron, estaban ávidas de saber sobre lo que directamente les estaba contando, y entonces todo esto que hacia con muchas ganas lo convertí en mi guerra santa como cimarrona”.

“Me he buscado problemas tremendos, es verdad”, convino Georgina, “pero en definitiva tengo en la vida mucho más de lo que pudieran quitarme, así que me siento una mujer feliz y realizada. No soy ambiciosa y por eso no tengo miedo a plantear las cosas. A veces me dan la razón, a veces me dicen tienes que esperar, a veces me dicen No porque el enemigo no se puede enterar y respondo: pero el enemigo es quien provoca eso, el enemigo a veces está adentro, es una lucha diaria, y hay gentes que en este momento todavía está descubriendo que existe esa herencia”.

Georgina Herrera, quien ha publicado además GH, Granos de sol y luna, Gustadas sensaciones, Gentes y cosas y el testimonio Golpeando la memoria, en coautoría con la historiadora e investigadora Daisy Rubiera Castillo, adelantó que la editorial Unión publicará un nuevo poemario Gatos y liebres, precedido por un prólogo suyo.

También trabaja en la obra de teatro Saturno en la casa siete. “Es la vida de una mujer mayor sola, que espera el amor que no llega. Me gusta mucho porque es parte de mi vida. Una vez me leyeron la carta astral y me dijeron que Saturno no se iría de mi vida hasta que yo no tuviera  70 años”, especificó la dramaturga.

Tomado de Cubaliteraria

29/08/2008 GMT 0

La entrevista sin vacunas

negracubana @ 17:55

Aquí está todo lo que dije. Agradezco a Jesús Dueñas haberme dado la posibilidad de publicarla en Negracubana.

1. ¿En qué momento nació su vocación por el periodismo digital… y si el ejercicio de esa nueva profesión mermó, en alguna medida, el amor a la Psicología y a la enseñanza de la martiana ciencia del espíritu?

Cuando llegué al periodismo digital no fue por él en si mismo sino por mi deseo de colaborar con la causa feminista. Comencé colaborando en Les Penélopes un sitio periodístico francés con perspectiva de género, que en aquel momento, hace 4 años atrás, tenía varias secciones en español. Allí empecé haciendo breves y llegué a escribir una reseña sobre Habana-Babilonia, el libro que sobre el comercio sexual escribiese Amir Valle.

Más adelante, fundaría mi propia “publicación” digital, mi bloga la que, como yo, es negra y feminista. Escribir, diseñar y producir Negra cubana tenía que ser se convirtió entonces en nuevo estímulo; creo que a partir de aquí es que surgió mi interés por el periodismo, o más bien por aventurarme a escribir en un medio mucho más formal como puede ser el portal Cubaliteraria, publicación electrónica cubana, la única dedicada por entero al libro y la literatura y sitio oficial del Instituto Cubano del Libro. Mi directora actual, Diana Fernández, confió en mi capacidad de aprendizaje, de manera de que en febrero de este año me estrené en el equipo de prensa de mi editorial, durante la XVII Feria del libro de La Habana; anteriormente trabajaba como editora, ahora mismo alterno los dos oficios.

Mi entrada a esta labor ni siquiera coincidió temporalmente con mi salida de la psicología, porque tengo que aclarar que ahora mismo me vinculo solo por dos vías con la profesión que estudié: profesora de la Universalización de la enseñanza superior, la reconocida municipalización, y miembro de la Junta Directiva de la Sociedad Cubana de Psicología donde llevo la página web de nuestra asociación (una bloga también).

Regresando a mi entrada al mundo del periodismo digital y a la salida de la psicología como profesión, podría ser contradictorio, pero mi decisión fue totalmente consciente y como decía anteriormente nada tuvo que ver con la labor que desempeño ahora y menos con razones intrínsecas a mi anterior trabajo como psicóloga. Durante cinco años fui neurocientífica, de manera de que la psicología que realizaba también estaba en los límites de la profesión pues requería de conocimientos de otros saberes como pueden ser la neurofisiología, la estadística y la psicofisiología.

De manera que mi amor por la “ciencia del espíritu” nunca ha estado relacionado con el estereotipo que tenemos sobre esta profesión, más bien viene por la posibilidad de que, independientemente del lugar que me encuentre, pueda asirme a los principios básicos de ella y a los valores éticos que me crease durante su estudio y los 6 o 7 años que trabaje como psicóloga. De igual modo, la posibilidad de orientar a las nuevas generaciones de profesionales de la psicología me sitúa en un papel privilegiado y hoy es lo que de algun modo opera más en relación a mi identidad como psicóloga, pues sin llegar a “psicologizar” mi labor echo garra a múltiples conocimientos de ella para de incidir en mi alumnado.

2. Desde los puntos de vista profesional, humano y espiritual, ¿qué ganó y qué perdió con el “salto” de psicóloga a periodista?

Permítanme otra aclaración, en estos momentos me es difícil reconocerme como periodista, al menos dentro de su definición conservadora, la que aún es válida y se enfrenta cada día al “periodismo ciudadano”, que es lo que yo vengo haciendo sobre todo en mi bitácora. Este periodismo ciudadano, estimulado entre otras cuestiones por la necesidad de intentar soluciones alternativas ante los fuertes monopolios de la comunicación, concibe que los hechos y eventos pueden ser eficientemente reportados, escritos, revelados por quienes participan en ellos; este principio es lo que hace que personas sin formación académica como comunicadores y/o periodistas se inicien en esta labor casi de manera intuitiva, pero que llevan adelante sobre todo por la voluntad de tratar temas soslayados frecuentemente de la prensa tradicional. Este ha sido mi caso, por tanto a pesar de que formalmente trabaje para un medio de comunicación, mi identidad todavía no fragüe. De este modo, prefiero recurrir al término “bloguera” en lugar de “periodista”, a lo sumo “comunicadora”, porque en cierto sentido también me descompromete con la formalidad esperada para un profesional del periodismo.

Sobre las ganancias y pérdidas a partir del salto; yo aún no los he concientizado como tal; entre otras cuestiones porque me es difícil deshacerme de ciertas habilidades y actitudes propiciadas por la psicología. Además, simbólicamente continuo trabajando con la psique humana solo que desde otro posicionamiento.

No obstante, la labor que ahora realizo me ha puesto de frente a la posibilidad de ser menos “científica”, elemento este que me encanta. Recuerdo que dentro de la formación como psicóloga una de los requerimientos (y aspiraciones) es la mencionada “objetividad” de la información, del dato obtenido. Por suerte, dentro de las diversas teorías de la comunicación se reconoce la condición subjetiva y la intencionalidad extrema de los mensajes de manera de que si, efectivamente, me place mucho la posibilidad de ser más flexible, de interesarme por aquello que aunque no tenga validez estadística, por ser un evento humano, valga la pena ser relatado, descrito o contado.

3. De los géneros periodísticos en los que ha incursionado hasta ahora, ¿cuáles son los que más atraen su atención e interés y por qué?

La crónica, pues me permite abordar temas de actualidad, mi bitácora está llena de artículos de este tipo. Sin embargo, para mi trabajo formal hago más bien notas sobre las diferentes actividades que se planifican y que tienen como objetivo central la promoción del libro y la literatura. Así que Negra cubana tenía que ser, me permite recurrir una y otra vez a este género, de hecho hay una temática que me encanta en particular y es devolver en forma de crónica lo que sucede en los eventos académicos o talleres en los que participo, a las que siempre anexos mis consideraciones, sentimientos y valoraciones.

4. De acuerdo con su criterio, ¿es posible estructurar la labor periodística con base en las leyes, categorías y principios sobre los cuales se sustenta la Psicología como ciencia que estudia la vida psíquica y espiritual del ser humano?

Si, claro, desde los principios éticos hasta las formas de obtener la información tienen en su base conocimientos psicológicos, de hecho en la carrera de psicología se estudian varias asignaturas que tributan al quehacer periodístico.

Cuando hablo de la ética, es en clara alusión a nuestra responsabilidad sobre la información que será consumida por el publico, la que, sin dejar de ser intencionada y subjetiva (como explique más arriba), tiene que partir del respeto de las personas receptoras y considerar que cada una de ellas vivenciará de manera particular, es decir de manera mediatizada, la información proporcionada. Estos mismos valores me hacen celosa de guardar la confidencialidad de los datos suministrados, velar por ofrecer una imagen digna de los seres humanos y en última instancia contribuir al conocimiento o a la reflexión sobre ciertas realidades, que quizás no sean numéricamente importante, pero si humanamente posibles.

En virtud de lo anterior, hay algo que intento no hacer: tomar fotos en la calle a la gente que pasa sin previo consentimiento. Para mi es muy importante pues hago fotorreportajes (olvidé mencionarlo en la pregunta anterior) para mi bitácora y en ocasiones pierdo reveladoras instantáneas porque cuando lo pensé ya pasó el evento que quería registrar, o porque si me acerco a mi sujeto de fotografía la conducta que me interesa se extinguirá; por lo tanto, si lograse tomar la fotografía esta sería un simulacro de y no es eso lo que me interesa. Mi conflicto en esta área es análogo a: ¿cómo se ve una flor más bella: en la planta que le dio vida o en las manos de alguien? Sin embargo, me encanta sacar fotos, es algo que siempre amé, pero ahora que tengo mi bloga y que trabajo como periodista para Cubaliteraria, me divierto aún más, porque la gente disfruta las imágenes que logro.

5. Si pudieras escoger a tus maestros de periodismo, ¿cuáles seleccionarías como paradigmas éticos y por qué?

Francamente no se si maestr@s pero si hay periodistas que prefiero y en quienes confió sobremanera, sobre todo por las temáticas que trabajan, las cuales concentran parte de los debates más álgidos de la sociedad cubana actual. Por otra parte, varias feministas comunicadoras, han dejado huella en mi, cubanas y extranjeras. Para ellas todo mi respeto, en especial para Mirta Rodríguez Calderón, Lidia Cacho e Isabel Moya, cada una ha trabajado con la mayor ética y responsabilidad posible. Simplemente, yo me declaro en deuda con estas mujeres.

6. ¿Algún consejo o recomendación a los jóvenes que se inician en una u otra profesión?

Mas bien una sugerencia, estudiar mucho, que como dice una de las personas más inteligentes que he conocido (el Dr. Mitchell Valdés Sosa) “cada día que aprendo algo nuevo me doy cuenta de todo lo que no se”.

Entrevista a Negracubana en Mujeres

negracubana @ 12:58

Gente,

Mi colega Jesus Dueñas me entrevistó hace poco para Mujeres, la única revista cubana dedicada a nosotras. No es todo lo que dije, le pusieron demasiados [...] para mi gusto; veré si la entrevista íntegra puedo publicarla en Negracubana para lo cual necesito la anuencia del autor.

Por ahora les dejo con Entre la ciencia el periodismo digital

09/08/2008 GMT 0

El centenario de la fundación del Partido de los Independientes de Color. Fotorreportaje

negracubana @ 16:43

Ver más fotos

05/08/2008 GMT 0

El significado de un Centenario

negracubana @ 20:32

Por: Fernando Martínez Heredia

El día 7 de agosto hará un siglo que un grupo de cubanos fundó una nueva organización política, el Partido Independiente de Color (PIC), en la calle Amargura 63, en La Habana. Eran activistas negros y mulatos opuestos al racismo que persistía en el país después del fin de la esclavitud (1886) y de la gran gesta nacional del 95 que dio origen a la nación y al Estado republicano. Los negros y mulatos seguían sufriendo la situación social muy desventajosa en que los dejaron la esclavitud y el colonialismo, más la dura marca del racismo.

Los antiguos combatientes mambises y una población humilde que había ganado su ciudadanía no podían conformarse con esa situación.

El objetivo del PIC era organizar la lucha por sus derechos específicos, utilizando las vías legales de expresión, pública y electorales. Sus dirigentes principales fueron el veterano Evaristo Estenoz, el coronel Pedro Ivonet, un héroe mambí de la Invasión y de la campaña de Pinar del Río; Gregorio Surín, Eugenio Lacoste y otros. El PIC, que contó con miles de seguidores a lo largo del país, formuló demandas sociales favorables a toda la población humilde y trabajadora de Cuba y mantuvo ideas nacionalistas frente al imperialismo norteamericano.

El poder burgués neocolonial atacó sin tregua al PIC desde su nacimiento, porque lo amenazaba en el terreno de su hegemonía política bipartidista, liberal-conservadora. Acusados cínicamente de racistas, en 1910 se les declaró ilegales mediante la Enmienda Morúa a la Ley Electoral, y se mantuvo presos durante seis meses a dirigentes y activistas. Hostigados e impedidos de utilizar la vía electoral, optaron por lanzarse a una protesta armada el 20 de mayo de 1912, décimo aniversario de la instauración de la república. El gobierno de José Miguel Gómez movilizó miles de soldados contra ellos, mientras una sucia campaña de prensa los satanizaba. Durante junio y julio fueron asesinados Estenoz, Ivonet y por lo menos tres mil cubanos no blancos, la mayoría en la provincia de Oriente, principal teatro del alzamiento. Una ola de represiones, persecuciones y una intensificación del racismo se extendieron por todo el país. La república oficial celebró el gran crimen y lo sometió de inmediato a un olvido al que se fueron sumando —por la dura necesidad de sobrevivir y labrarse algún ascenso social— la mayoría de los discriminados y dominados en aquella sociedad.

En diciembre pasado el Partido Comunista de Cuba convocó a varias docenas de ciudadanos y constituyó la Comisión para Conmemorar el Centenario del Partido Independiente de Color en el país durante todo este año 2008. En poco más de siete meses se ha realizado una apreciable labor, debida al interés, la actividad y las iniciativas de un grupo de instituciones y numerosas personas, que no enumeraré por evitar el riesgo de los olvidos y porque no hemos terminado este esfuerzo: en realidad estamos ganando fuerzas para que continúe todo el tiempo que sea necesario. Las publicaciones y las filmaciones son productos que quedan al servicio de muchos que no conocemos, que multiplicarán su valor. Pero quiero destacar la gran importancia que tiene un hecho que se ha repetido en todos los eventos y reuniones que se han convocado en estos meses, y que tiene su raíz en las labores de los diez años precedentes. Un público muy numeroso —a veces un gentío— se ha reunido a escuchar, a pedir la palabra y participar, con verdadero fervor más que con atención. Esto es muy loable y alentador; pero también señala carencias, frustraciones y realidades negativas que persisten en nuestro país.

¿Cuál es el sentido último de estas labores de conmemoración? Ante todo, la recuperación de una memoria histórica de las luchas que ha emprendido y mantiene el pueblo cubano. En este caso, la reparación histórica de acabar con el olvido de aquellos hechos de 1908-1912 y la socialización de la comprensión de las realidades y los papeles que ha tenido el racismo en la historia de Cuba ya serán grandes ganancias, que se multiplicarían y harían permanentes si entre todos logramos que se incluyan esos temas en los contenidos de la historia nacional que se enseña en nuestro sistema educacional y en nuestros medios de divulgación, información y formación de opinión pública. Pero un segundo sentido de la conmemoración, ligado íntimamente al primero, es promover y darle aliento y armas a la lucha contra el racismo en la Cuba actual, elusivo pero pertinaz y que registra cierto crecimiento.

Como una modesta contribución al debate de ideas tan necesario para que avancemos frente a este problema de la sociedad cubana, cuya solución es factible y solo depende de nosotros, completo este texto con la intervención acerca del racismo que preparé para el magnífico 7º Congreso de la UNEAC del pasado abril, que no leí allí por el cúmulo de intervenciones valiosas que se suscitaron. Sirva también como homenaje a los que hace un siglo no consideraron que ya se había peleado y obtenido bastante, y siguieron peleando por toda la justicia.

En la lucha contra el racismo existen profundas diferencias entre la posición oficial de la Revolución y las ideas que manejamos nosotros, por una parte, y lo que sucede en la práctica social, por la otra. Tiene gran importancia la dimensión histórica del racismo, como uno de los elementos que participó en la construcción de Cuba como realidad específica, es decir, en el nacimiento y primeros desarrollos de la cultura nacional, y el proceso histórico de las transformaciones, las derrotas y las permanencias del racismo en la cultura cubana hasta hoy. En la actualidad es vital que no nos conformemos con formar parte de una elite consumidora de las mejores ideas, satisfecha con el nivel “superior” que posee, sino que actuemos como institución en la lucha contra el racismo, con la mayor energía y eficacia posibles.

¿Por qué los debates del VI Congreso de la UNEAC, y los innumerables eventos, divulgaciones y conocimientos adquiridos sobre este tema en los últimos años no se generalizan, y no llegan a convertirse en sentido común? ¿Por qué no resulta posible llevarlos a la escala de la sociedad? ¿Por qué no pueden llegar a ser la guía de las instituciones y de las prácticas de nuestro estado para escolarizar e instruir a la población, para divulgar, para entretener educando? Cansa repetir que nuestro inmenso sistema educacional no es un lugar de formación antirracista, y nuestro sistema de medios de comunicación, totalmente estatal, tampoco lo es.

En esta prolongada etapa de firmezas y transiciones al mismo tiempo, en el marco de la lucha por mantener la soberanía nacional y la transición socialista, la justicia social y la viabilidad económica, las diversidades sociales siguen ganando peso, mientras se mantiene la unidad política. ¿Cómo lograr que unas y otra no se contradigan, sino que se complementen y se refuercen? Si miramos la específica cuestión de las razas y el racismo desde esa perspectiva más general, pueden entenderse mejor sus problemas y los caminos de su superación. El racismo hoy, con todo y sus antiguas raíces, está ligado a los efectos que ha tenido la crisis reciente sobre los grupos menos favorecidos de nuestra sociedad; pero también a las necesidades ideológicas de los que aspiran a un regreso mediato al capitalismo, porque el racismo es una naturalización de la desigualdad entre las personas, algo que no se admitiría en Cuba actual si se plantea respecto al orden social. La lucha por la profundización del socialismo en Cuba está obligada a ser antirracista.

Tomado de La Jiribilla

Aclaración de Negracubana: El artículo anterior es posible que contenga términos sexistas, sin embargo por su importancia, en tanto contribuye directamente a rememorar eventos históricos profundamente relacionados con la lucha cubana contra el racismo, he decidido publicarlo en mi bloga. Lamento las molestias que pudiese ocasionar.

02/08/2008 GMT 0

4to Simposio de Hip Hop cubano

negracubana @ 16:59

Amparo no es la madre de sus hij@s

negracubana @ 12:48
Amparo era una joven mujer provinciana. Casada una primera vez, de cuya unión naciera Armando, no sabemos porque decidió dejar aquel matrimonio, -sería el primero pero no último- que marcaría parte de los acontecimientos de la vida de esta mujer, en especial los relacionados con la maternidad.

Mulata de pura cepa, padre chico-cubano y madre criolla, Amparo era de las muchachas más llamativas de San Juan. De piel color canela, y cabello largo (de un crespo dócil que le daba para hacerse peinados rebuscados) tan negro como sus ojos, achinados también. Nariz ancha y boca carnosa que le daban cierta singularidad a su figura esbelta y torneada.

Su mestizaje, procedía de varias generaciones anteriores. Su progenitor, Eustacio (quien, por cierto, participó en la Guerra del 95 bajo el mando del General Antonio Maceo), era hijo de Ramón y Ramona, chino él, africana ella, quienes al pertenecer a un mismo esclavista tomaron, luego de la obtención de su libertad, el nombre y el apellido de su amo (Forteza), suceso implicaría la pérdida infinita de los apellidos originarios de la familia.

Cristina, su madre, era tan mestiza como sus hijas (Amparo, Lucía y Celeste). Su padre, dueño de plantaciones tabacaleras en el oeste del país, se casaría por segundas nupcias con una esclava, una negra africana que, además de parirle, le ayudó a criar a sus hijos (blancos) productos de su primer matrimonio. Dada la próspera situación económica de la familia, la niña Cristina se crió y estudió en el convento de la ciudad cabecera.

Retornando a Amparo, además de Armando tendría otros cuatro hijos. El mayor de ellos, Juan José, fue fruto del paso por la ciudad de Juan Álvarez, un negro habanero que luego de varios meses la abandonaría para siempre sin siquiera reconocer la paternidad del hijo. Juan José, el niño, viviría soñando hasta la edad de 17 años el encuentro con el padre, lo cual se convertiría en su principal razón, junto a querer ver el mar, para viajar a una Habana que solo le prometía incertidumbre.

Papaíto, hombre aparentemente blanco –porque también tenía de carabalí-, se enamoró de la joven Amparo a pesar de los dos hijos y del estado civil casada que sobre ella pesaba. Vivina, Delfín, y Juan Antonio fueron productos de un amor que no se deshizo con la muerte de Mamaíta primero y de Papaíto después. Él se encargaría de criar l@s hij@s de las uniones anteriores de su mujer y los suyos propios, todos en la misma condición, sin distinguir razas, sexos o padre biológico, de hecho Papaíto murió con el deseo de reconocer legalmente a Juan José como hijo suyo, al que, como descendiente abandonado que era, no le fue dado el apellido de su padre; sin embargo el chico supo esperar pacientemente hasta arribar a la mayoría de edad para adjudicarse el Álvarez que legitimaría su identidad personal. Sin embargo, este obstáculo no fue el último que tuvieron que sortear Papaíto y Mamaíta, posteriormente emergería uno que comprometió de por vida el reconocimiento legal de la maternidad de Amparo.

Con dos hijos ya, y al tener a sus tres últimos, la joven se vio impedida de reconocerles pues permanecía casada con el padre del mayor. No sabemos con exactitud si las leyes de la época contemplaban una variante para que pudiese registrar a sus hijos e hija, quizás fue la moral provinciana la que los llevó a decidir que Papaíto les inscribiría con sus dos apellidos –Izquierdo Gener- para, entre otras cosas, no tener que dar explicaciones de porque los chicos y la chica no llevarían el apellido legalmente esperado, una forma de protegerles también de la ilegitimidad que sobre ellos ya pesaba. Consecuentemente, Mamaíta renunció al reconocimiento de sus descendientes, lo cual se traduce en que a pesar de haberle tenido nueve meses en su vientre, de haberle criado, amado y padecido, hoy ella no aparece registrada como su madre en los documentos pertinentes, Juan Antonio, Delfín y Vivina tienen en sus carnet de identidad una rayita en el espacio destinado al nombre y apellidos de la madre.


Especular quizás no sea conveniente, pero como su nieta tengo el derecho de pensar que el “altruismo” de mi Mamaíta, la (nos) traicionaría de por vida, porque es difícilmente comprensible que una mujer haya sido expropiada de la única evidencia certera de su existencia, sus hijos e hijas. Bien lo sabe mi tío Juan Antonio quien de chico, aun cuando sabía lo que decía su documento de identidad, al preguntársele su nombre no dudaba en decir a viva voz Juan Antonio Izquierdo Forteza. A mí que soy su sobrina-hija (mis hermanas, mi hermano y yo le debemos nuestra vida) me queda el dolor de que él, Delfín y Vivina, no son reconocidos legalmente como mis tíos y tía paterna; de manera de que si no me encargo de trasmitir esta historia oralmente –y ahora en mi bloga- mis hijas y las hijas de mis hijas no podrán conocer, a pesar del examen de los documentos de la época, los familiares que les antecedieron.

A ellas, las hijas de mis hijas les dejo acá parte de nuestra propia historia.

21/07/2008 GMT 0

El actor Miguel Benavides

negracubana @ 17:45
Ha muerto el pasado 16 de julio —como el poeta Nicolás Guillén— el actor Miguel Benavides, quien representó a Cuba como una fuente viva y diversa del Tercer Mundo

por Nancy Morejón

Siempre decimos que el teatro es fugaz, efímero, a pesar de que su cuerpo existe gracias a un texto escrito por un autor o varios. Es una gran verdad. Un actor no es más que una de sus cuerdas, uno de sus alientos vitales cuya esencia es aún más efímera, más fugaz, más inasible. La vida es también un poco eso mismo; de ahí la grandeza suprema del arte de las tablas. Por estos días, tan sólo ayer, incineramos el cuerpo del actor Miguel Benavides, justo a los tres meses de haber perdido la poesía, la política y la cultura caribeñas a ese grande que fue Aimé Césaire.

La carrera artística de Benavides —médico de profesión— comenzó temprano cuando abandonó su práctica docente, durante los años sesenta, por las tablas, habiendo alcanzado su cumbre cuando encarnaba el personaje del héroe Patricio Lumumba en la pieza teatral Una temporada en el Congo (1973) que dirigiera en La Habana el director Roberto Blanco.

Benavides estaba hecho de bruscos contrastes y muchos de sus personajes estaban construidos a partir de esa característica personal. En una película como Patakín, dirigida por Manuel Octavio Gómez, asumió el protagónico de una comedia musical cuyas sendas de identidad se centraban en un personaje inspirado en la picaresca rumbera de La Habana. Esta obra lo reveló como un excelente comediante cuya fantasía biográfica había nacido de la tradición de nuestros bufos.

Muchos críticos de la época, entre ellos Rine Leal, concedían al talento de Benavides un peculiar sitio en el panorama de la cinematografía nacional. En ese sentido, es importante recordar cómo ha gravitado su peso, por ejemplo,

En la filmografía de un realizador como Sergio Giral; de Rancheador a Maluala hay un espléndido arco en cuyo cenit se dibuja el talento de este creador cuya imagen descuella con gran entrega y oficio no sólo allí sino en infinidad de seriales televisivos de Cuba. Y Cuba siempre formó parte de sus intereses. Fue inolvidable su lectura del ensayo Claves por Rita Montaner, del entonces joven poeta Miguel Barnet, una tarde de 1971, en la cafetería de la Unión de Escritores y Artistas, hoy reconocida como el célebre Hurón Azul.

Curiosamente, durante el último período de su carrera, su trabajo estuvo integrado al elenco de la Compañía Teatral Rita Montaner que ha permanecido vigente durante más de cuarenta años. Benavides buscaba lo cubano en cualquiera de sus manifestaciones. Y como muchos otros teatristas de la época encontró, recreándola, una fuente de inspiración en el lenguaje artístico que naciera en el transcurso de los años treinta. Su condición de actor lo hizo representar el repertorio cubano concebida Cuba como una fuente viva del Tercer Mundo en donde latía esa diversidad india, negra, en fin, mestiza, que impone su sello de identidad a Nuestra América.

Muerto un 16 de julio —como el poeta Nicolás Guillén, cantor de Manzanillo, inolvidable escenario del asesinato de Jesús Menéndez—, el actor Miguel Benavides, hijo de una familia de patriotas de la ciudad de Manzanillo, diseñó su futuro regresando a su tierra natal en donde se esparcieron sus cenizas luego de recibir el cariño y el homenaje no sólo de sus coterráneos sino de todo un público diseminado por toda la Isla, admirador de su obra.

En la bahía que dibujara Benny Moré en el imaginario popular de los cubanos, boga Miguel Benavides, hermoso actor, empujada su barca por los grandes seres que supo encarnar en su mágica y fugaz vida de actor.

18/07/2008 GMT 0

Una conversación inusitada

negracubana @ 14:28
A Marla, la autora de este artículo, la conocí en un postgrado sobre Género y Medios de comunicación. Ella coordina varios talleres interesantes en el Centro Martin Luther King (Jr), y acumula una vasta experiencia en Educación Popular. Les comparto entonces su primera publicación en Cubaliteraria.

Una conversación inusitada

Por Marla Muñoz

Zeta, protagonista de Cien botellas en una pared, ha entablado conmigo un diálogo que quiero compartir. Gira en torno a una manera de observar el racismo en el que reconozco, al menos, una parte de mi visión del asunto.

Entre otras cosas, ella dice: “Podrá parecer raro, pero no. Conozco gente así, que ven a los negros como si fueran bultos (con los chinos pasa lo mismo), siluetas de carbón, imprecisas oscuridades…”.

 

Yo también creo que es así. Me parece que esa es una de las formas más despiadadas de ese prejuicio, que tiene que ver con la percepción de que “todos los negros son iguales”, lo que, naturalmente, incluye el físico. Dudo que haya quien se atreva a decir que eso no tiene lugar. No importa que la apreciación la rescate una novela, género que coloca al libro del que Zeta es narradora en la esfera de la ficción, y que “ficción”, estrictamente hablando, sea antónimo de “realidad”. No importa.

El racismo contra los negros tiene aquí, como en otros sitios, supongo, muchas maneras de expresarse. Más allá de esa tremenda que Zeta anuncia (o más bien denuncia), en mi opinión la peor es la que lo asocia a la broma, al chiste, porque es la forma más común, la que se recibe y transmite con más deleite, atenida a una supuesta, benevolente y única relación con el carácter nacional, con el choteo criollo, lo que, supuestamente, disminuye su nivel de indecencia. Parece que viene, como todas, además, de hace muchísimos años. En mi memoria al menos, de la época que ciertamente me antecedió (decididamente no soy tan antigua) del vernáculo dúo teatral del gallego y el negrito. Y terca y generosamente se extiende, más allá de la calle y el barrio, que son sus lugares por excelencia, hasta los humoristas de hoy, ya sea en el teatro Mella o en la discoteca El cocodrilo. Con la televisión no se atreve abiertamente, como tampoco se atreven otras cosas, anden o no por caminos necesarios, que no es eso lo que interesa ahora.

En contra de esa primera apreciación Zeta probablemente recuperaría, a través de un personaje que no sea uno de sus amigos, esta frase: “Compadre, si yo tengo montones de amigos negros…”. Pero con seguridad, junto a mí señalaría que esa declaración, que viene de personas blancas y resuena con cierto tonillo justificativo, aunque a primera vista pudiera parecer que da cuenta de un posicionamiento antirracista, es decir, socialmente justo, incluyente, como se dice ahora, no es de tal índole. Si no, ¿por qué un grupo de gente blanca se vale de ella con alguna frecuencia? ¿Por qué nadie dice nunca: “Compadre, si yo tengo montones de amigos blancos”? Entonces, ¿será que la declaración primera encierra una sospecha?, ¿será así? Otra vez creo que sí. Y es Zeta la que anota ahora que “(…) resulta bastante desagradable cuando algún blanco exhibe (sus prejuicios) delante de uno, con tremenda naturalidad, como dando por descontado que uno piensa exactamente lo mismo: que los negros son la peor basura que existe sobre la faz de la Tierra”.

La declaración aludida, que repica generalmente ante una eventual protesta –de lo que la “gordita socarrona” bien pudiera recelar-, sostiene una manera, que me parece muy rara, de hacerse ver no racista. Por ahí va su trotar, disfrazado de inocencia.

La frase, nos guste o no, presenta otra de las maneras en que el racismo se eleva en nuestro entorno social, a pesar de la cantidad de negros y negras que hay en Cuba; no obstante que, como afirmamos, “aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí”; más allá de que nunca fue como en los Estados Unidos, por ejemplo; a pesar de que en esta isla nadie se llama a sí mismo afrocubano, sino simplemente cubano; pese a los presupuestos antirracistas que la política nacional ha pronunciado honestamente en oportunidades varias del triunfo revolucionario acá.

Efectivamente, en un trabajo publicado en La Gaceta de Cuba, Alejandro de La Fuente recuerda que: “A sólo tres meses del triunfo revolucionario, Fidel (…) declaró que “El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los más complejos y difíciles de los que la revolución tiene que abordar…”

Consta en mi memoria, que no soy investigadora social ni nada por el estilo, que de ahí en adelante la voluntad política en ese sentido, como en otras cosas, sería clara y decidida. “El movimiento revolucionario que tomó el poder (…) -sigue diciendo De la Fuente- se identificó rápidamente con la visión popular del llamado problema racial cubano. (...) varios actores sociales y políticos interpretaron el triunfo revolucionario como una oportunidad –quizás la oportunidad- para acabar con el racismo de una vez por todas”. Así creo que fue.

A partir de ahí, o más bien por ahí, el racismo sería “oficialmente” erradicado. No hay duda alguna que la Revolución lo despreció tan honradamente como a muchos otros males sociales heredados. Pero junto a eso, como problema, sería también olvidado en la agenda de debate público. Por lo menos así me parece a mí. Claro que ya no hubo más sociedades de blancos, de negros y de mulatos, cada una por su lado. Cierto que ya los negros y negras no tuvieron que pasearse por sus zonas en los parques de los pueblos. Verdad es que por allá por los años ochenta, en derroche de úkases y orientaciones, se abrieron paso políticas que privilegiaban la contratación y promoción laboral a favor de mujeres, negros y jóvenes, hecho que ahora creo que se llama “acción afirmativa”, bajo el cual, digo de paso, se ponía en discreta evidencia que, como país, todavía nos las veíamos con exclusiones diversas.

Pero la cosa no pasó de ahí, o más bien se detuvo ahí: las orientaciones, las promociones forzadas sustituían el examen –que entre otras cosas tiene que ver con la historia- alrededor de preguntas como estas: ¿por qué mucha gente sigue siendo racista?, ¿por qué también mucha gente quiere seguir “adelantando”?, ¿por qué ante un hecho delictivo perpetrado por un hombre negro se dice: “Tenía que ser”?, ¿por qué a veces hay que aclarar que “es negrito, pero decente”?, ¿por qué María, que es una amiga mía, negra, le dice “mi negrito” a su hijo y yo no le digo “mi blanquito” al mío?

Entonces, ante la ausencia de respuestas a esas y otras preguntas, me parece que esa manera de que el país se valió para arremeter contra el asunto fue carencial. Me parece que no se percató con la hondura necesaria de que se trataba de meterle el pecho a un asunto de cientos de años de vida y, por lo tanto, de profundo enraizamiento nada más y nada menos que en la cabeza de la gente, lugar de donde, como se sabe, es complicado tanto extraer cosas viejas, dadas por sentadas, como inculcar otras que “nos mueven el piso”, lugar de sostén de las certezas aparentes, entre otras.

No recuerdo que hubiera debates intencionados hacia las esencias de esos temas raciales. No los había, al menos, en los ambientes donde yo me movía. No recuerdo que se educara especialmente sobre el particular. En su lugar, eso sí, por aquellos años bastaba que hubiera una indicación, un ligero olorcito a cosa-fea-que-no-se-hace para que la gente se limitara a la hora de poner al descubierto su racismo. Entre revolucionarios, que éramos mayoría, no era bien visto ser racista. Mucho menos hacerlo saber. Eso sí lo sabía perfectamente todo el mundo.

¿Qué hizo entonces la gente con su viejo racismo? Pues lo mismo que con su religiosidad: esconderlo. De la misma manera en que, en casos dados, al llenar una planilla para ingresar al partido se colocaba una crucecita al lado del NO, en la pregunta: “¿Cree en Dios?”. “Total, que más da, si lo que se lleva por dentro sólo uno mismo lo sabe. No hay planilla que lo descubra.” Esa parecía ser la lógica de ese comportamiento.

Porque para un grupo de gente, de gente buena incluso, esas eran mentiras blancas , no dañinas. En el caso de la religiosidad la cosa para muchos y muchas aparentemente iba por aquí: “Yo creo en Dios, y quiero ser militante del partido, porque me reconozco en su programa, porque comparto sus ideas y propósitos, porque serlo es alcanzar el más alto nivel de legitimación de mi posición política. Entonces, ¿qué más da que niegue a Dios en una planillita si eso está dentro de mí, no se ve, no daña a nadie y Dios mismo me lo va a perdonar?”.

Con el racismo la cosa era un tanto diferente, pero también se movía por los escondites. Cierto es que nunca la planilla de marras preguntó si se era o no racista. Pero la gente sabía, ya lo dije, que serlo no era bien visto. Una complicación más se añadía aquí: al ser censurada la religiosidad, también se censuraba la práctica de las religiones llamadas afrocubanas, que a mí me gusta más decirles cubanas de origen africano, las de los negros.

Pero como en todo lo que tiene como asilo al alma, ahí también era fácil mantener la artimaña: “No lo declaro, o más bien me declaro no racista, pero ¡que me voy yo a empatar con ese tipo que es un negro!, ¿será fresco?”. “Si mi hija se casa con un negro, me muero”. Quiere decir que el asunto se resolvía en casa. No había que socializarlo y san se acabó. ¡Total, qué más da!

Así creo que era. También Zeta, mi cómplice en estas notas, se concilia con mi apreciación, a pesar de que su mirada es mucho más joven que la mía. Ella dice que “Mucha gente lo niega, pero en este país hay un racismo (…). Antes, cuando yo era chiquita, se disimulaba un poco. Ya ni eso.”

Ciertamente, antes de los noventa, período el último en que transcurre la historia que ella narra, era así: el racismo se disimulaba más. Yo diría que, en general, se ocultaba deliberadamente lo más posible. Como la religiosidad, estaba privatizado.

El problema es que lo que es de la zona de la subjetividad se privatiza ahí mismo. Por lo tanto, habitualmente sigue en ese lugar, aunque no se vea con los ojos, y cuando le dan un chancecito, vuelve a echarse a andar. Quiere decir que para sacarlo de ahí hay que trasladarlo de lugar y “darle coco”, como bien pudiera decir Zeta. No hay otro modo de exterminarlo.

El contradictorio período especial, entre otras cosas, como se sabe, se ha encargado de desatar desprivatizaciones, muchas de ellas resguardadas en la profunda intimidad personal.
La gente empezó a llenar las iglesias, muchos y muchas se hicieron y se hacen santo. Por ahí fue la cosa en cuanto a la religiosidad. El suceso no fue insólito. Todas las crisis económicas y sociales elevan la religiosidad. Así como algunos pueblos a lo largo de la historia se han convertido a otra religión porque sus dioses anteriores no les respondían, también cuando la sociedad no puede responder a las angustias personales, se vuelve a los dioses, a los santos y al copón bendito. No hay originalidad alguna en lo que pasó con la religiosidad en la Cuba de los noventa, lo que, además, a mí no me parece dañino.

El racismo también se desprivatizó. La apertura que sucedió en algunos terrenos a los pocos años de iniciada la crisis no podía tener resortes que garantizaran que unas cosas entraran y salieran y otras no. La libertad que da jugársela para sobrevivir, que fue lo que nos pasó, desanudó prácticas, sentidos –malos y buenos—que teníamos dentro, y las echó a rodar públicamente otra vez. Ejemplos hay. No es raro que sea así.

Pero lo que no es bueno es que pervivan comportamientos que nada tienen que ver con la idea de sociedad de futuro a la que, yo creo que sinceramente, muchos cubanos y cubanas hemos puesto un empeño tremendo, casi sin recesos para tomar aliento. El chiste racista retoma espacios de lujo en teatros y discotecas cubanas. Negros y negras no los protestan, más bien los ríen y hasta los dicen. El Salón Rosado de La Tropical, como se vio en Suite Habana, es solamente negro, como si al resto de habaneros y habaneras no les gustara bailar.
Sí, hay más parejas interraciales. También hay más blancos y blancas que se hacen santo. Menos mal. Pero más de una persona me ha dicho que Santiago de Cuba –ciudad que visité hace poco luego de más de cuarenta años, y que me pareció que el período revolucionario ha puesto preciosa—está horrible porque “cada vez hay más negros”. ¿Qué quieren?, ¿que haya suecos?

Pero cuidado. Si desprivatizar el racismo nos dio la dolorosa medida de su permanencia, peor aún es privatizarlo. Cualquier privatización en estos campos sociales -de la que las prohibiciones son antecedentes-, lo único que da son posposiciones incómodas y eventualmente peligrosas. Y el tiempo, diga lo que diga Einstein, que no sé bien lo que dijo, no es infinito. Por lo menos no lo es para nosotros y nosotras en esta hermosa isla, una de cuyas cosas más bonitas es, precisamente, su mezclada racialidad.


Una aclaración:

En la contraportada de Cien botellas en una pared se dice: “Tomando como escenario La Habana de los años noventa la protagonista se desplaza por el mundillo artístico y marginal…”. Yo añado: no sé si tan artístico ni tan marginal. No sé si mundo o mundillo. Sí creo que ocurre en ambientes reales. Eso sí. No soy crítica literaria ni ocho cuartos, pero la novela me parece muy divertida y aguda, que una cosa no quita la otra.

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