A principio de diciembre fui convocada a participar en la Tertulia de Juana (cuyo nombre procede de Juana Borrero), espacio de debate y reflexión que a propósito del género organizó mi amiga Yulexis.
Un grupo de mujeres negras, entre las que se encontraban Daisy Rubiera, historiadora; Norma Guillard, psicóloga; Georgina Herrera, poeta; se encargarían de presentar, desde sus experiencias, la convergencia de la racialidad y el género. No se trataba de hablar de cómo las mujeres negras son discriminadas, lo cual es más que cierto, sino los puntos de contacto entre ambas aproximaciones teóricas. El propósito era tratar de evidenciar cómo el género tiene expresiones diferentes, en un mundo patriarcal hegemónicamente blanco, para las personas de una y otros expresiones fenotípicas.
Desde el punto de vista organizativo no pudo quedar mejor esta primera Tertulia. Yule y el equipo del Centro Félix Varela nos propusieron un espacio armonioso donde tuvo lugar la reflexión: la Iglesia bautista William Carey.
Allá estuvimos unas 50 personas, muchas de ellas vinculadas al taller que sobre género viene ofreciendo el Centro Varela desde hace más de un año. Otras parecían ser nuevas o desconocidas, pero en realidad eran verdaderas conocedoras del tema desde sus quehaceres profesionales, como aquel profesor de historia de una universidad habanera de quien no recuerdo el nombre, Yudiset la poeta, joven cuyas líricas impactan, o Magalys la investigadora especializada en historias de mujeres cubanas del siglo XVI.
Muchas fueron las ideas allá expresadas, defendidas, debatidas, refutadas y cuestionadas, algunas de ellas:
- Los conceptos de racismo, prejuicios raciales y discriminación racial.
- La pobre representación de la población negra en los medios de comunicación.
- El blanqueamiento de nuestra historia nacional.
- El poco reconocimiento de la participación de las personas negras en las guerras de independencia.
- La existencia de prejuicios raciales sutiles y otros que no lo son tanto.
- La aseveración de que en Cuba el racismo no existe.
- El racismo institucional y sus consecuencias.
- El currículo, específicamente en la asignatura historia, que no habla del África.
- El sentido europeizante de la cultura cubana.
- La población carcelaria cubana que en su mayoría es negra.
- La relación entre la racialidad y la pobreza.
- Y el acceso universal de los cubanos y cubanas a la educación superior de manera que la persona negra que no estudia es «porque no quiere».
- La ventajas que supone la blancura.
No les voy a mentir. Quienes me conocen deben prever que por momentos me «ardió la sangre» y por otra estuve (sorprendentemente) tranquila. Participar en un número considerable de espacios donde ambas temáticas son tratadas, ha resultado mucho más que un entrenamiento, me ha enseñado a escuchar, a deshacer atrincheramientos y a propiciar la conciliación.
No obstante, hay cosas que me trascienden y que llevan intervenciones enérgicas como la que tuve aquel día antes de marcharme (pues tenía una reunión importante). Reconozco que aun no soy muy buena negociadora, creo que de haber nacido hace dos siglos atrás hubiese sido una negra cimarrona.
De cualquier manera, me convencí que todavía queda mucho por hacer, a pesar de que a veces desfallezca en el intento.