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Negra cubana tenía que ser
Una mujer negra que no es más otra, es ella misma
bell hooks

Categoría: Libros y Literatura

20/09/2008 GMT 0

“La memoria no es lo que pasó, son sus huellas”

negracubana @ 11:41
A propósito de Oblivion, de la uruguaya Edda Fabbri, Premio Casa de las Américas 2007 en Literatura Testimonial.


por
Daisy Rubiera Castillo

A casi cuatro décadas de que el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros de Uruguay nos mantuvo expectantes ante los sucesos que se desarrollaron en aquel país, Edda Fabbri nos sorprende con Oblivion, testimonio que con extraordinarias dotes narrativas y un lenguaje poético reconstruye el mundo interior de la vida de un grupo de presas políticas en una cárcel de mujeres de Punta de Rieles. Por su fuerza, humanidad y originalidad esa obra fue premiada, por el jurado correspondiente, en el Concurso Literario Casa de Las Américas 2007.

En Oblivion se vinculan recuerdos importantes de un pasado como causa determinante de su existencia en un presente. Narración que alude a las brechas entre las clases sociales, la marginalidad, la discriminación en complicidad o silencio de la Historia. Relato en el que está presente todo lo trágico y dramático que hay en la experiencia humana. Se distingue por la participación directa de la testimoniante en los hechos narrados y hasta, en sus aspectos menos generalizables, se revela como una síntesis de una historia social.

La esencia de Oblivion se organiza en temas para darle significado histórico y a la vez literario a la memoria, sin perder los códigos gestuales, rítmicos y melódicos que promueva una lectura comunicativa, para lograr que esa memoria reivindique su poder en el ámbito de los microdiscursos al hacer confluir historia y opciones subjetivas que faciliten a lectoras y lectores el conocimiento de esa alteridad.

En las propias percepciones de Edda Fabbri se perciben las dolorosas huellas que le dejó el tortuoso proceso vivido en el presidio; como plantea en una de las partes del libro: “La memoria no es lo que pasó, son sus huellas. Y me digo: ¿Quién puede interpelar a su memoria? ¿Quién va a preguntarles a su piel y a sus huesos lo que saben?” Pero no por ello el relato de la Fabbri es vago, lánguido o dulzón, por el contrario, es un discurso que, en ocasiones, constituye una denuncia a lo que consideraba injusto.

Oblivion gana una batalla al silencio. Hace pública una voz que no es una sola, son muchas voces que llevan varias décadas silenciada y que al atraparlas, a través de la suya, el sujeto hablante pone de manifiesto el poder que reside en lo cotidiano al interior de la prisión de mujeres durante la dictadura militar. Batalla no exenta de los conflictos y contradicciones propias de la subjetividad de la testimoniante ubicada a sí misma y a su propia experiencia en el centro del relato, cuya legitimación no radica, de hecho, solo en el contenido, sino en la forma del relato mismo.

En un momento de la narración Edda Fabrri plantea: “Sería fácil decir que escribo contra el olvido, pero yo no lo creo. Hay derecho al olvido, también. Hay un derecho a desconfiar de los recuerdos. No sé si uno escribe para olvidar o para recordar.” En tal sentido Oblivion se nutre de los recuerdos, de la forma en que su autora recuerda y también en la que olvida el período a que hace referencia, ubicando el tiempo en sus recuerdos y sus recuerdos en el tiempo, dotándolo además, de agudeza y vitalidad, de belleza y de poesía.

Para narrar esta historia hacía falta una persona que conociera la prisión por dentro y que fuera revolucionaria de convicción, entonces, todo lo que hubo de transformación y de resistencia al cambio se convirtió en un canto épico. Historia que la autora cuenta y en la que se ve envuelta en un momento histórico que la arrastra inexorablemente a situaciones que transformarán su vida. Cambio radical e irreversible en el entorno especial, específico y complejo de su encarcelamiento. La autora piensa, recuerda, lleva al papel anécdotas que tanto ella como las otras mujeres que menciona y que, por los mismos motivos, comparten el destino de haber sido, mujeres combatientes, mujeres revolucionarias.

En ese testimonio la mirada femenina, su olfato, sus sentimientos, se enfrentan y analizan el pasado, el presente, en un acto de recuperación de la memoria que no podía esperar más. La autora sintió el latido de su corazón y el de sus compañeras de encarcelamiento; hurgó en la sangre detenida por los abusos y las angustias, para hacerla fluir como un relato lleno de realidad, de ahí que en cada capitulillo haya dedicación y entrega, pero también, frustraciones, miedo, audacia, terquedad y esperanza.

En Oblivion no se oculta ni se justifica nada, a cada una de las mujeres a que se hace referencia se le concede el papel que le correspondió, el derecho a ser, estar, a vivir, sorprendiéndonos con rasgos muy poéticos que no nos impiden la reflexión profunda dada a la humanidad y conocimientos de la autora.

Divido en dos partes: la primera, es una reflexión, a partir del momento en que es encarcelada en 1971. En tal sentido los diferentes capitulillos que la conforman están relacionados con los actos cotidianos y extremos de su vida y la de sus compañeras de presidio, entre los que hay que destacar el titulado "El río".

En 1971, debido a la necesidad del MNL de rescatar de las cárceles la experiencia acumulada en los y las militantes que se encontraban en prisión, a través de un túnel realizado desde fuera, en la noche del 29 y 30 de julio de 1971 Edda, junto a 37 mujeres más se fugaron. De esa fuga, de la nueva etapa de encarcelación en 1972, la salida debido a la amnistía promulgada en 1985, la inserción de nuevo a la sociedad se conforman los capitulillos de la segunda parte que concluye con la misma frase con que la Fabbri comenzó su relato. La lectura de este libro nos da la impresión de encontrarnos ante una pintura mural de lo que puede ser la prisión para personas del temple y la convicción revolucionaria de mujeres como la autora de esta obra.

Para terminar, un dato curioso: Edda Fabbri es una de las tres mujeres ganadoras del Premio Casa de las Américas en Testimonio desde que ese género fue incluido en el Concurso en 1970 hasta el 2007.

Tomado de La Jiribilla

La poesía es una fe

negracubana @ 11:36
Libro a la carta


La mesa de este jueves estuvo muy bien servida. Virgilio López Lemus decidió ofrecer a quienes asistimos algunas de sus mejores creaciones, a partir de la invitación que le hiciera el anfitrión regular del encuentro Libro a la Carta, el crítico Fernando Rodríguez Sosa.

Por supuesto, no se trató de acto ordinario de comer, sino de aquel que hace bien al espíritu: escuchar poesía y otros textos, así como dialogar con uno de los investigadores literarios más importantes del país.

López Lemus, quien declara haber comenzado a escribir a los siete años para cumplimentar una actividad escolar, se confiesa también amante de la lectura desde muy pequeño, por eso valora sobremanera la literatura para la infancia, y la magia que debe tener implícita esta para que alimente la imaginación de los niños y niñas, aunque luego descubran que la princesa y el príncipe no eran tales.

Un dato importante: el primer libro de poesía que tuvo en sus manos fue El arquero divino, de Amado Nervo, texto que tal vez iniciaría su motivación por la poesía y quizás también su insistencia por mutar al cuerpo de otros poetas como Tagore o Whitman.

Pero sigamos con el menú, luego de explicarnos cómo fue que llegó a escribir poesía, Virgilio nos leyó un texto poético sabiamente recogiVirgilio López Lemusdo en Un golpe de aldaba, del cual reconoce como único mérito el hecho de que fuese leído por Lezama. Más adelante nos compartiría parte de su poesía elegíaca, en claro diálogo con la muerte y el sentimiento de pérdida. Dos de los textos recogidos en un pequeño cuaderno editado en España nos dejaron, a pesar de la soledad y la expiración, un buen sabor: poesía bella y refinada.

Casi al final, el traductor, ensayista, editor y crítico, daría su concepción sobre la poesía y el ser poeta, para lo cual hizo mención de algo que le dijera Dulce María Loynaz en una ocasión, sobre la viveza del texto poético como entidad que puede ser sentida por muchos pero trasmitida solamente por pocas personas: las elegidas.

También hubo un momento para hablar del Virgilio investigador maduro y consciente (a pesar de que sus preguntas todavía coinciden con las que se hacía cuando tenía siete años), aunque, como él mismo precisase, no le gusta separar la poesía que escribe de la investigación literaria, dado que su objeto de estudio es la poesía misma; de lo cual sus dieciseis ensayos, veinte compilaciones y ocho antologías dan cuenta de ello.

Entre estas y otras cuestiones nos pasó la tarde de Libro a la Carta de este jueves 18 de septiembre. Un placer haber degustado tan excelente menú.

Lea Quincena virtual, la columna de Virgilio López Lemus en Cubaliteraria

En ocasión del aniversario ochenta de la publicación de Así habló el Tío, de Jean Price Mars (Haití, 1876-1969)

negracubana @ 11:32
Jean Price MarsCon el interés de difundir esta obra y de propiciar su lectura entre jóvenes estudiantes universitarios de pre-grado y de post-grado, en Cuba y en otros países, el Aula de Estudios haitianos de la Cátedra de Estudios del Caribe de la Universidad de la Habana y el Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas convocan al concurso “La palabra del Tío”, que se interesará por el valor de la oralidad, el folklore, el rescate de mitos y tradiciones locales.

El concurso se regirá por las siguientes Bases:

1. Podrán participar todos l@s universitari@s de origen caribeño que realicen estudios de pre-grado o de post-grado en cualquier universidad del mundo.

2. Cada concursante podrá enviar un solo texto, inspirado en las tradiciones populares orales, el folklore y/o los mitos y leyendas locales. El texto debe ser original e inédito, con una extensión máxima de 5 cuartillas, mecanografiado, a espacio y medio, en letra Arial 12.

3. Los textos deberán estar escritos en español, francés o creole.

4. El plazo de recepción de los trabajos será hasta el 10 de noviembre 2008.

5. Los trabajos deberán ser enviados por vía postal o por correo electrónico a la siguiente dirección: carmita@rect.uh.cu.

6. Si la vía utilizada es el correo electrónico, los trabajos deberán ser enviados con dos adjuntos (attachements): uno que se denomine datos, donde se identifique el autor y sus datos (nombre y apellidos, dirección postal y electrónica, institución, etc.) y otro con la denominación de texto

Si la vía es postal, deberá ser enviado un sobre al siguiente remitente: cuyo contenido sea el texto a concursar.

    Profesora Carmen Castillo Herrera,
    Vicerrectoría de Relaciones Internacionales,
    Edificio del Rectorado,
    San Lázaro y L, Vedado,
    CP 10400.

Ese sobre debe contener dos sobres:

    a) un sobre cerrado que se denomine TEXTO y contener el trabajo a concursar

    b) un sobre cerrado que se denomine DATOS y que posea los datos del autor

7. El jurado estará integrado por prestigiosos especialistas en la temática caribeña. Contará también con una representación estudiantil.

8. Los resultados del concurso serán dados a conocer en el marco de la Conferencia Internacional 50 años de Revolución cubana y su impacto en el Caribe, convocada por la Cátedra de estudios del Caribe de la Universidad de la Habana del 3 al 6 de diciembre 2008.

9. Se entregará un premio y dos menciones.

10. Los premios consistirán en la publicación de los trabajos ganadores en la revista Anales del Caribe y en la entrega de publicaciones sobre temáticas caribeñas.

13/09/2008 GMT 0

La Isla en peso. Virgilio Piñera

negracubana @ 13:28
En estos días de tanta agua y viento, cuando he deseado mucho poder echarme mi Isla al hombro, les comparto algo que pudo haber sido escrito ayer.


La maldita circunstancia del agua por todas partes

me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo.
Pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.
Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.
He dado las últimas instrucciones.
El perfume de la piña puede detener a un pájaro.
Los once mulatos se disputaban el fruto,
los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.
He dado las últimas instrucciones.
Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,

cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.
Es en este país donde no hay animales salvajes.
Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,
pienso en el desconocido son del areíto
desaparecido para toda la eternidad,
ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro
el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.
Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.
Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.
El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:
plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.

La nueva solemnidad de esta isla.

¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quien puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.
Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos
más lustrosos que un espejo en el relente,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.
Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.
¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrificios de gallos?
¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?
¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?
La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.
Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,

y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno
después de la doctrina cristiana.
Todavía puede esta gente salvarse del cielo,
pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente
los falos de los hombres.
La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.
Nadie piensa en implorar, en dar gracias, en agradecer, en testimoniar.
La santidad se desinfla en una carcajada.
Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,
afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,
desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,
desconocemos los espejos estratégicos,
no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.
Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,

es la virginidad que comienza a perderse.
Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,
y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.
Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,
turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,

clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.
El trópico salta y su chorro invade mi cabeza
pegada duramente contra la costra de la noche.
La piedad original de las auríferas arenas
ahoga sonoramente las yeguas españolas,
la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.

Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en la franjas del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:

el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,
con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,
titánicamente paso por encima de su música,
y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:

el aguacero pega en el lomo de los caballos,
la siesta atada a la cola de un caballo,
el cañaveral devorando a los caballos,
los caballos perdiéndose sigilosamente
en la tenebrosa emanación del tabaco,
el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla
como la carreta de la muerte,
el último ademán de los siboneyes,
y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.


De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca

de uno de los narradores,
y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.
La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:
en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón
tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,

las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor,
las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules
-toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas-,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegado para apretar las tetas de mi madre.

El horroroso paseo circular,

el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,
el envenado movimiento del talón que rehúye el abanico del erizo,
los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,
dan la vuelta a la isla,
los manglares y la fétida arena
aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!
La vida del embudo y encima la nata de la rabia.

Nadie puede salir:

el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.
Nadie puede salir:
una uva caleta en la frente de la criolla
que se abanica lánguida en una mecedora,
y "nadie puede salir" termina espantosamente en el choque de las claves.

Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,

cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor,
cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,
cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,
cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua del mar,
pero como el caballo del barón de Munchausen
la arroja patéticamente por su cuarto trasero,
cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar
los bordes de la isla más bella del mundo,
cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

Pero la bestia es perezosa como un bello macho

y terca como una hembra primitiva.
Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,
los cuatro momentos en que se la puede contemplar
-con la cabeza metida entre sus patas- escrutando el horizonte con ojo atroz,
los cuatro momentos en que se abre el cáncer:
madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda

hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.
En este momento, como una sábana o como un pabellón de tregua,
podría desplegarse un agradable misterio,
pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,
y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,

un carnaval que empieza con el canto del gallo,
la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,
cada palma derramándose insolente en un verde juego de aguas,
perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de Yara
empuja los caballos contra el fango.
Es la hora terrible.
Como un bólido la espantosa gallina cae,
y todo el mundo toma su café.

¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?

Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres
mientras la leche cae desesperadamente.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,
la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,
los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo
hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.
¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?

Confusamente un pueblo escapa de su propia piel

adormeciéndose con la claridad,
la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal
en los bellos ojos de hombres y mujeres,
en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes
por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife

y muerde su propia limitación,
la piel se pone a gritar como una loca, como una puerca cebada,
la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,
con yaguas traídas distraídamente por el viento,
la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,
absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco
y con restos de leyendas tenebrosas,
y cuando la piel no es sino una bola oscura,
la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!

Pero la claridad avanzada, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.

Los secretos más inconfesables son dichos:

la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.

Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,
y, echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,
ni levantar una mano para acariciar un seno;
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante
y de la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno

cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.

De pronto el mediodía se pone en marcha,
se pone en marcha dentro de sí mismo,
el mediodía estático se mueve, se balancea,
el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,
sus costuras amenazan reventar,
el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,
el mediodía orinando hacia arriba,
orinando en sentido inverso a la gran orinada
de Gargantúa en las torres de Notre Dame,
y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe
lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfila.

A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,
su color plateado del envés es el primer espejo.
La bestia lo mira con su ojo atroz.

En este trance la pupila se dilata, se extiende

hasta aprehender la hoja.
Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo
y los hombres tirados contra su pecho.
Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,

sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,
entran ingrávidos en el amor,
de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el angelus:

abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva

frente a los arcos floridos del amor:
Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.
El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:
Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.

La tierra produciendo por los siglos de los siglos:

Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.
El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:
Arbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.

Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:

Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:

Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.

Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.

En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:
Todas las aletas de todas las narices azotan el aire
buscando una flor invisible;
la noche se pone a moler millares de pétalos,
la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,
los cuerpos se encuentran en el olor,
se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;
el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,
el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,
el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,
se posa en el pie de los bailadores,
el corro de los presentes devora cantidades de olor,
abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,

la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,
la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;
una noche esterilizada, una noche sin almas en pena,
sin memoria, sin historia, una noche antillana;
una noche interrumpida por el europeo,
el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,
a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,
una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.

No importa que sea una procesión, una conga,
una comparsa, un desfile.
La noche invade con su olor y todos quieren copular.
El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,
sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!
No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!
No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,
sólo sentimos su realidad física
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas.
Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

(1943)

Agua de la bahía
La primera de las imágenes es una cortesía de Rafito y Gerda

02/09/2008 GMT 0

Me gusta dejar constancia de las cosas que veo

negracubana @ 19:16
Por: Maykel Paneque

Nadie podría predecir que la poeta y dramaturga Georgina Herrera  Cárdenas (Jovellanos, 1936), estaba realmente asustada al compartir  el pasado viernes con poetas y amantes de la literatura su experiencia de vida y oficio en la tertulia “La Espiral” en su sede del Centro Literario Leonor Pérez.

Al preguntársele cómo había llegado a la poesía, la autora de Grande es el tiempo afirmó ser una pregunta que debía contestarla con un halago. “Si existe la parasicología parece que me tocó la gracia divina porque en mi casa no había ni asomo de esa experiencia”, comentó. “Oigo a mis amistades de todo lo que leían, de los libros que había en sus casas, de las amistades que recibían, y yo vivía en un estado de pobreza que decía que mi padre tenía embullo por ser más pobre que nadie”.

Refirió que muy pequeña, cuando “la corneta era de la palo”, escribía ‘versitos’ a los que les ponía nombre y tenía mucho cuidado en esconderlos porque “para mí era como un delito”, confesó. A los 14 años, mientras cursaba la Superior, escribió un poema en conmemoración al asesinato de los Estudiantes de Medicina. “Recuerdo a la directora de la escuela, esas señoras especiales, muy severas, que todo el mundo respetaba mucho, me llamó y se encerró conmigo en su oficina y me dijo: ‘Mira, no te va a pasar nada, pero dime a quién plagias’. Y yo me quedé mirándola sin saber de qué me estaba hablando”.

Georgina evocó emocionada «Verde rama», el primer poema que publicara en el periódico Excelsior con 16 años. “Lo envié manuscrito, y la que se armó en el pueblo fue tremendo. ‘Mira, un poema de la hija de Lolo’, decían”.

Cuando decidió venir a vivir para La Habana, intentaron disuadirla parte de su familia, “pero yo no quería comerme a La Habana, quería compartir con ella, que me protegiera”, declaró.

Al comenzar el recital explicó que cualquier poema leído era como si estuviera desnuda, “cuanto he escrito es mi vida, no sé escribir poesía ni para hacerme la graciosa ni por encargo”.

“Un poema que me gusta mucho porque soy negra es «Primera vez ante el espejo». Era lógico que tuviera que escribir sobre la cuestión racial porque estoy muy feliz de ser lo que soy”, admitió Herrera y recordó el origen del poema en casa de Rogelio Martínez Furé mientras revisaban unas fotos de esculturas excavadas en Nigeria hacía más de mil años.

“Puedo memorizar como si fuera hoy. Decíamos: esta se parece a fulana, esta a mengana, y de pronto le dije a Rogelio, esta se parece a mí. Me miró intrigado y me preguntó: estás segura, y yo le dije: sí. Nada, me vi retratada ahí, eran los rasgos nuestros, era como verme por primera vez en un espejo”.

La Dama de Nigeria

Georgina rememoró los años 50 cuando el Caballero de París era un indigente y sacó a relucir que había también una mujer negra indigente que le decían La Marquesa, “pero el Caballero trascendió y de La Marquesa no se acuerda nadie”, asegura Herrera.

“Como al Caballero le pusieron de París, yo la nombré a ella La Dama de Nigeria y el poema tiene una dedicatoria que dice: «A La Marquesa, esa personita oscura que al parecer, de no recordarla, nadie sabe que existió, porque oscuro fue también su tiempo en esta ciudad en la que puso un toque de su encanto y su magia”.

Constancia al ver

“Una vez vi a un muchachito, casi un adolescente, con un puñadito de tierra en las manos que se lo iba a lanzar a un zunzún que estaba posado en una mata de esas que le dicen «zapaticos». Lo primero que hice fue llenarme de ira, pero luego me dije: no vas a resolver nada con ella, tienes que buscar la manera de que este niño abandone el puñadito de tierra porque va a matar al zunzún. Y entonces él se puso a hacer otra cosa, no sé si fue la fuerza del pensamiento, y dejó al zunzún tranquilo y entonces escribí el poema «Mata al zunzún»

Negritud y herencia

Durante el diálogo que sostuvo con el público la autora del poemario Gritos, integrado por textos sobre la racialidad en sus diferentes vertientes, aceptó que al principio pensaba que “era algo mío, conmigo, pero según fui tratando a otras personas comprendí que no”.

“Creo en la memoria genética”, continuó Georgina, “yo soy una negra legítima, todo lo que sea injusticia me duele, lo que tenga que ver con la mujer, con la gente pobre, todo lo que sea injusto. Pero si hay algo injusto, porque no fue buscado sino impuesto, es la esclavitud, el traernos para acá”, advirtió.

“Por eso insisto en que la memoria genética existe, por ahí me viene en la sangre esa rebeldía, esas ganas de decir cómo en realidad fueron las cosas, porque a veces se edulcora, se le da un tono rosa y un poco de miel, y en verdad fue muy duro”, insistió. “Yo me crié entre negros y negras, y escuché muchas historias de todo lo que pasó esa nuestra raza traída a la fuerza, y me fui llenando de todo ese caudal, fue penetrando en mí, sensibilizándome cada vez más”.

“Y llegó el momento en que alguien tenía que contar en mi familia, en mi pueblo, lo que era de todos”, señaló. “Tanto es así que cuando fui invitada a Nueva York a compartir historias de mujeres negras, escuché muchas  historias fabulosas lo mismo para el teatro, que para el cuento, que picaresca, de toda esa famosa literatura oral”.

“Entonces cuando me tocó a mí, en aquel salón inmenso, donde había negras del mundo entero, yo estaba allí asustadísima, no medio asustada, y me preguntaron, estaban ávidas de saber sobre lo que directamente les estaba contando, y entonces todo esto que hacia con muchas ganas lo convertí en mi guerra santa como cimarrona”.

“Me he buscado problemas tremendos, es verdad”, convino Georgina, “pero en definitiva tengo en la vida mucho más de lo que pudieran quitarme, así que me siento una mujer feliz y realizada. No soy ambiciosa y por eso no tengo miedo a plantear las cosas. A veces me dan la razón, a veces me dicen tienes que esperar, a veces me dicen No porque el enemigo no se puede enterar y respondo: pero el enemigo es quien provoca eso, el enemigo a veces está adentro, es una lucha diaria, y hay gentes que en este momento todavía está descubriendo que existe esa herencia”.

Georgina Herrera, quien ha publicado además GH, Granos de sol y luna, Gustadas sensaciones, Gentes y cosas y el testimonio Golpeando la memoria, en coautoría con la historiadora e investigadora Daisy Rubiera Castillo, adelantó que la editorial Unión publicará un nuevo poemario Gatos y liebres, precedido por un prólogo suyo.

También trabaja en la obra de teatro Saturno en la casa siete. “Es la vida de una mujer mayor sola, que espera el amor que no llega. Me gusta mucho porque es parte de mi vida. Una vez me leyeron la carta astral y me dijeron que Saturno no se iría de mi vida hasta que yo no tuviera  70 años”, especificó la dramaturga.

Tomado de Cubaliteraria

29/08/2008 GMT 0

Lecturas de verano: Carbones silvestres

negracubana @ 12:10

Carbones silvestres, versos de Nancy Morejón, una de las voces más relevantes de la poesía cubana actual, publicado por la Editorial Letras Cubanas

Versos que viajan en el tiempo transitan por este libro, y sus rostros, parajes y espacios duermen en la memoria para nombrarlos en su justo instante de recordación. Nancy Morejón, una de las voces más relevantes de la poesía cubana actual, ha merecido importantes reconocimientos dentro y fuera de nuestro continente.

18/07/2008 GMT 0

Una conversación inusitada

negracubana @ 14:28
A Marla, la autora de este artículo, la conocí en un postgrado sobre Género y Medios de comunicación. Ella coordina varios talleres interesantes en el Centro Martin Luther King (Jr), y acumula una vasta experiencia en Educación Popular. Les comparto entonces su primera publicación en Cubaliteraria.

Una conversación inusitada

Por Marla Muñoz

Zeta, protagonista de Cien botellas en una pared, ha entablado conmigo un diálogo que quiero compartir. Gira en torno a una manera de observar el racismo en el que reconozco, al menos, una parte de mi visión del asunto.

Entre otras cosas, ella dice: “Podrá parecer raro, pero no. Conozco gente así, que ven a los negros como si fueran bultos (con los chinos pasa lo mismo), siluetas de carbón, imprecisas oscuridades…”.

 

Yo también creo que es así. Me parece que esa es una de las formas más despiadadas de ese prejuicio, que tiene que ver con la percepción de que “todos los negros son iguales”, lo que, naturalmente, incluye el físico. Dudo que haya quien se atreva a decir que eso no tiene lugar. No importa que la apreciación la rescate una novela, género que coloca al libro del que Zeta es narradora en la esfera de la ficción, y que “ficción”, estrictamente hablando, sea antónimo de “realidad”. No importa.

El racismo contra los negros tiene aquí, como en otros sitios, supongo, muchas maneras de expresarse. Más allá de esa tremenda que Zeta anuncia (o más bien denuncia), en mi opinión la peor es la que lo asocia a la broma, al chiste, porque es la forma más común, la que se recibe y transmite con más deleite, atenida a una supuesta, benevolente y única relación con el carácter nacional, con el choteo criollo, lo que, supuestamente, disminuye su nivel de indecencia. Parece que viene, como todas, además, de hace muchísimos años. En mi memoria al menos, de la época que ciertamente me antecedió (decididamente no soy tan antigua) del vernáculo dúo teatral del gallego y el negrito. Y terca y generosamente se extiende, más allá de la calle y el barrio, que son sus lugares por excelencia, hasta los humoristas de hoy, ya sea en el teatro Mella o en la discoteca El cocodrilo. Con la televisión no se atreve abiertamente, como tampoco se atreven otras cosas, anden o no por caminos necesarios, que no es eso lo que interesa ahora.

En contra de esa primera apreciación Zeta probablemente recuperaría, a través de un personaje que no sea uno de sus amigos, esta frase: “Compadre, si yo tengo montones de amigos negros…”. Pero con seguridad, junto a mí señalaría que esa declaración, que viene de personas blancas y resuena con cierto tonillo justificativo, aunque a primera vista pudiera parecer que da cuenta de un posicionamiento antirracista, es decir, socialmente justo, incluyente, como se dice ahora, no es de tal índole. Si no, ¿por qué un grupo de gente blanca se vale de ella con alguna frecuencia? ¿Por qué nadie dice nunca: “Compadre, si yo tengo montones de amigos blancos”? Entonces, ¿será que la declaración primera encierra una sospecha?, ¿será así? Otra vez creo que sí. Y es Zeta la que anota ahora que “(…) resulta bastante desagradable cuando algún blanco exhibe (sus prejuicios) delante de uno, con tremenda naturalidad, como dando por descontado que uno piensa exactamente lo mismo: que los negros son la peor basura que existe sobre la faz de la Tierra”.

La declaración aludida, que repica generalmente ante una eventual protesta –de lo que la “gordita socarrona” bien pudiera recelar-, sostiene una manera, que me parece muy rara, de hacerse ver no racista. Por ahí va su trotar, disfrazado de inocencia.

La frase, nos guste o no, presenta otra de las maneras en que el racismo se eleva en nuestro entorno social, a pesar de la cantidad de negros y negras que hay en Cuba; no obstante que, como afirmamos, “aquí el que no tiene de congo tiene de carabalí”; más allá de que nunca fue como en los Estados Unidos, por ejemplo; a pesar de que en esta isla nadie se llama a sí mismo afrocubano, sino simplemente cubano; pese a los presupuestos antirracistas que la política nacional ha pronunciado honestamente en oportunidades varias del triunfo revolucionario acá.

Efectivamente, en un trabajo publicado en La Gaceta de Cuba, Alejandro de La Fuente recuerda que: “A sólo tres meses del triunfo revolucionario, Fidel (…) declaró que “El problema de la discriminación racial es, desgraciadamente, uno de los más complejos y difíciles de los que la revolución tiene que abordar…”

Consta en mi memoria, que no soy investigadora social ni nada por el estilo, que de ahí en adelante la voluntad política en ese sentido, como en otras cosas, sería clara y decidida. “El movimiento revolucionario que tomó el poder (…) -sigue diciendo De la Fuente- se identificó rápidamente con la visión popular del llamado problema racial cubano. (...) varios actores sociales y políticos interpretaron el triunfo revolucionario como una oportunidad –quizás la oportunidad- para acabar con el racismo de una vez por todas”. Así creo que fue.

A partir de ahí, o más bien por ahí, el racismo sería “oficialmente” erradicado. No hay duda alguna que la Revolución lo despreció tan honradamente como a muchos otros males sociales heredados. Pero junto a eso, como problema, sería también olvidado en la agenda de debate público. Por lo menos así me parece a mí. Claro que ya no hubo más sociedades de blancos, de negros y de mulatos, cada una por su lado. Cierto que ya los negros y negras no tuvieron que pasearse por sus zonas en los parques de los pueblos. Verdad es que por allá por los años ochenta, en derroche de úkases y orientaciones, se abrieron paso políticas que privilegiaban la contratación y promoción laboral a favor de mujeres, negros y jóvenes, hecho que ahora creo que se llama “acción afirmativa”, bajo el cual, digo de paso, se ponía en discreta evidencia que, como país, todavía nos las veíamos con exclusiones diversas.

Pero la cosa no pasó de ahí, o más bien se detuvo ahí: las orientaciones, las promociones forzadas sustituían el examen –que entre otras cosas tiene que ver con la historia- alrededor de preguntas como estas: ¿por qué mucha gente sigue siendo racista?, ¿por qué también mucha gente quiere seguir “adelantando”?, ¿por qué ante un hecho delictivo perpetrado por un hombre negro se dice: “Tenía que ser”?, ¿por qué a veces hay que aclarar que “es negrito, pero decente”?, ¿por qué María, que es una amiga mía, negra, le dice “mi negrito” a su hijo y yo no le digo “mi blanquito” al mío?

Entonces, ante la ausencia de respuestas a esas y otras preguntas, me parece que esa manera de que el país se valió para arremeter contra el asunto fue carencial. Me parece que no se percató con la hondura necesaria de que se trataba de meterle el pecho a un asunto de cientos de años de vida y, por lo tanto, de profundo enraizamiento nada más y nada menos que en la cabeza de la gente, lugar de donde, como se sabe, es complicado tanto extraer cosas viejas, dadas por sentadas, como inculcar otras que “nos mueven el piso”, lugar de sostén de las certezas aparentes, entre otras.

No recuerdo que hubiera debates intencionados hacia las esencias de esos temas raciales. No los había, al menos, en los ambientes donde yo me movía. No recuerdo que se educara especialmente sobre el particular. En su lugar, eso sí, por aquellos años bastaba que hubiera una indicación, un ligero olorcito a cosa-fea-que-no-se-hace para que la gente se limitara a la hora de poner al descubierto su racismo. Entre revolucionarios, que éramos mayoría, no era bien visto ser racista. Mucho menos hacerlo saber. Eso sí lo sabía perfectamente todo el mundo.

¿Qué hizo entonces la gente con su viejo racismo? Pues lo mismo que con su religiosidad: esconderlo. De la misma manera en que, en casos dados, al llenar una planilla para ingresar al partido se colocaba una crucecita al lado del NO, en la pregunta: “¿Cree en Dios?”. “Total, que más da, si lo que se lleva por dentro sólo uno mismo lo sabe. No hay planilla que lo descubra.” Esa parecía ser la lógica de ese comportamiento.

Porque para un grupo de gente, de gente buena incluso, esas eran mentiras blancas , no dañinas. En el caso de la religiosidad la cosa para muchos y muchas aparentemente iba por aquí: “Yo creo en Dios, y quiero ser militante del partido, porque me reconozco en su programa, porque comparto sus ideas y propósitos, porque serlo es alcanzar el más alto nivel de legitimación de mi posición política. Entonces, ¿qué más da que niegue a Dios en una planillita si eso está dentro de mí, no se ve, no daña a nadie y Dios mismo me lo va a perdonar?”.

Con el racismo la cosa era un tanto diferente, pero también se movía por los escondites. Cierto es que nunca la planilla de marras preguntó si se era o no racista. Pero la gente sabía, ya lo dije, que serlo no era bien visto. Una complicación más se añadía aquí: al ser censurada la religiosidad, también se censuraba la práctica de las religiones llamadas afrocubanas, que a mí me gusta más decirles cubanas de origen africano, las de los negros.

Pero como en todo lo que tiene como asilo al alma, ahí también era fácil mantener la artimaña: “No lo declaro, o más bien me declaro no racista, pero ¡que me voy yo a empatar con ese tipo que es un negro!, ¿será fresco?”. “Si mi hija se casa con un negro, me muero”. Quiere decir que el asunto se resolvía en casa. No había que socializarlo y san se acabó. ¡Total, qué más da!

Así creo que era. También Zeta, mi cómplice en estas notas, se concilia con mi apreciación, a pesar de que su mirada es mucho más joven que la mía. Ella dice que “Mucha gente lo niega, pero en este país hay un racismo (…). Antes, cuando yo era chiquita, se disimulaba un poco. Ya ni eso.”

Ciertamente, antes de los noventa, período el último en que transcurre la historia que ella narra, era así: el racismo se disimulaba más. Yo diría que, en general, se ocultaba deliberadamente lo más posible. Como la religiosidad, estaba privatizado.

El problema es que lo que es de la zona de la subjetividad se privatiza ahí mismo. Por lo tanto, habitualmente sigue en ese lugar, aunque no se vea con los ojos, y cuando le dan un chancecito, vuelve a echarse a andar. Quiere decir que para sacarlo de ahí hay que trasladarlo de lugar y “darle coco”, como bien pudiera decir Zeta. No hay otro modo de exterminarlo.

El contradictorio período especial, entre otras cosas, como se sabe, se ha encargado de desatar desprivatizaciones, muchas de ellas resguardadas en la profunda intimidad personal.
La gente empezó a llenar las iglesias, muchos y muchas se hicieron y se hacen santo. Por ahí fue la cosa en cuanto a la religiosidad. El suceso no fue insólito. Todas las crisis económicas y sociales elevan la religiosidad. Así como algunos pueblos a lo largo de la historia se han convertido a otra religión porque sus dioses anteriores no les respondían, también cuando la sociedad no puede responder a las angustias personales, se vuelve a los dioses, a los santos y al copón bendito. No hay originalidad alguna en lo que pasó con la religiosidad en la Cuba de los noventa, lo que, además, a mí no me parece dañino.

El racismo también se desprivatizó. La apertura que sucedió en algunos terrenos a los pocos años de iniciada la crisis no podía tener resortes que garantizaran que unas cosas entraran y salieran y otras no. La libertad que da jugársela para sobrevivir, que fue lo que nos pasó, desanudó prácticas, sentidos –malos y buenos—que teníamos dentro, y las echó a rodar públicamente otra vez. Ejemplos hay. No es raro que sea así.

Pero lo que no es bueno es que pervivan comportamientos que nada tienen que ver con la idea de sociedad de futuro a la que, yo creo que sinceramente, muchos cubanos y cubanas hemos puesto un empeño tremendo, casi sin recesos para tomar aliento. El chiste racista retoma espacios de lujo en teatros y discotecas cubanas. Negros y negras no los protestan, más bien los ríen y hasta los dicen. El Salón Rosado de La Tropical, como se vio en Suite Habana, es solamente negro, como si al resto de habaneros y habaneras no les gustara bailar.
Sí, hay más parejas interraciales. También hay más blancos y blancas que se hacen santo. Menos mal. Pero más de una persona me ha dicho que Santiago de Cuba –ciudad que visité hace poco luego de más de cuarenta años, y que me pareció que el período revolucionario ha puesto preciosa—está horrible porque “cada vez hay más negros”. ¿Qué quieren?, ¿que haya suecos?

Pero cuidado. Si desprivatizar el racismo nos dio la dolorosa medida de su permanencia, peor aún es privatizarlo. Cualquier privatización en estos campos sociales -de la que las prohibiciones son antecedentes-, lo único que da son posposiciones incómodas y eventualmente peligrosas. Y el tiempo, diga lo que diga Einstein, que no sé bien lo que dijo, no es infinito. Por lo menos no lo es para nosotros y nosotras en esta hermosa isla, una de cuyas cosas más bonitas es, precisamente, su mezclada racialidad.


Una aclaración:

En la contraportada de Cien botellas en una pared se dice: “Tomando como escenario La Habana de los años noventa la protagonista se desplaza por el mundillo artístico y marginal…”. Yo añado: no sé si tan artístico ni tan marginal. No sé si mundo o mundillo. Sí creo que ocurre en ambientes reales. Eso sí. No soy crítica literaria ni ocho cuartos, pero la novela me parece muy divertida y aguda, que una cosa no quita la otra.

28/06/2008 GMT 0

Proyectos de creación cultural en la prevención social de la epidemia del VIH y el SIDA en Cuba

negracubana @ 18:15
Ante la rápida expansión del VIH y el sida desde mediados de los años 80, ha sido imprescindible integrar los esfuerzos de diversos actores sociales que, internacional, nacional y territorialmente, trabajan en la prevención, como vía necesaria para contrarrestar los efectos de la epidemia. El carácter interdisciplinario de este trabajo ha mostrado su validez para influir sobre los diversos segmentos de la población, atendiendo a sus potencialidades de riesgo y, especialmente, valorando los rasgos de identidad cultural, social y económica que los distinguen, de tal modo que puedan concebirse las estrategias adecuadas para realizar el trabajo educativo y preventivo que cada contexto, circunstancia y población demandan.
La esencia de los presupuestos anteriores ha guiado a creadores, expertos culturales, trabajadores de salud y otros especialistas que laboran en este campo de amplias posibilidades de acción. Desde mayo de 1998, con el nacimiento del proyecto conjunto UNESCO / ONUsida, Un enfoque cultural de la prevención y la atención del VIH y sida, esas concepciones se hicieron presentes en la gestión cotidiana de los especialistas y los creadores, como soportes de la reflexión y los actos destinados a comprender, potenciar y activar la presencia de los factores culturales en la lucha contra la pandemia. Parte indiscutible de esta lucha lo constituye la educación preventiva y la búsqueda de estímulos para modificar los comportamientos de riesgo de las poblaciones, así como la percepción negativa de la enfermedad y la estigmatización hacia las personas que viven con VIH/sida y sus familiares.

Para dar pasos en la instrumentación práctica del enfoque cultural en la prevención y la atención del VIH/sida, en 1999 se realizó en Cuba un estudio sobre el tema, coordinado por el Centro Nacional de Prevención de las ITS VIH/sida, conjuntamente con la UNESCO y ONUsida. Especial significación tuvo la celebración en La Habana, en julio de 2006, del Taller Nacional de Evaluación y Monitoreo, en el que los creadores y expertos, una vez más, consideraron favorablemente el papel determinante que desempeña la cultura, y su implicación en las acciones de las poblaciones en la lucha contra el VIH/sida, sobre la base de sus propias referencias culturales. El evento aprobó también la publicación de la guía metodológica VIH/sida: una respuesta desde la cultura y promovió la elaboración de un inventario nacional que registrara las iniciativas de proyectos socioculturales afines a los objetivos avalados por el enfoque cultural.

El inventario fue realizado por la profesora de la Escuela Nacional de Salud Pública: Nereida Rojo Pérez, Doctora en Ciencias de la Salud y socióloga de formación. El trabajo contiene los aspectos conceptuales de los proyectos de creación cultural y la información de los proyectos nacionales y provinciales, así como de las personas de contacto para los proyectos por provincia. En cada proyecto se presenta: la localidad donde se desarrolla, la población meta, la manifestación artística, las instituciones participantes y las características de la propuesta, entre otros datos de interés. La publicación se realizó en formato CD el Centro Nacional de Prevención nde las ITS VIH/sida y la Oficina Regional de Cultura para América Latina y el Caribe de la UNESCO, en mayo 2008 y se encuentra disponible en su sitio web en idioma inglés.

Tomado de Infomed

 

24/06/2008 GMT 0

Mujer Nueva de Nicolás Guillén

negracubana @ 18:45

21/06/2008 GMT 0

Transexuales, travestis y transformistas, promotoras de salud. Fotorreportaje

negracubana @ 13:48
El jueves pasado se graduaron varias chicas transexuales, travestis y transformistas del taller de formación de promotoras de salud (ITS, VIH y SIDA) que realiza el CENESEX. Acá les va el fotorreportaje.

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