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Negra cubana tenía que ser
Una mujer negra que no es más otra, es ella misma
bell hooks

Categoría: Libros y Literatura

02/03/2007 GMT 0

Una aproximación a la obra de la escritora cubana Ena Lucía Portela

negracubana @ 15:51

En los primeros acercamientos a la obra de Ena Lucía Portela me llamó la atención principalmente que la violencia era una preocupación constante que articulaba el conjunto de su obra –y cito de La sombra del caminante a la propia autora: “En nuestra época una historia sin violencia no es ya una historia. Es, en el mejor de los casos, una historia de segunda”–, me propuse entonces analizar cómo se manifestaba esta en sus novelas e indagar su funcionalidad pero al respecto no diré mucho, pues este es tema del próximo coloquio.

Cien botellas en una pared[1] refleja un contexto determinado: la Habana en crisis de los años 90, la Habana que ha presenciado el desmoronamiento de los valores anexos al gran proyecto social debido a la fuerte crisis económica. Mundo caótico entonces, los elementos que lo conforman se encuentran en estado crítico: el primero de ellos, evidentemente, el poder que se expresa mediante mecanismos de producción de conductas y modos de pensar. Si en una sociedad –como la descrita por Portela– donde, a causa de una profunda crisis aflora la violencia, esta determinará la forma de socialidad que establezcan los individuos, puesto que la interacción entre sujetos también será alcanzada por ella.
Cien botellas… trata fundamentalmente sobre la violencia doméstica, catalogada por un personaje como la peor de todas las formas en que aquella puede expresarse, puesto que la familia es la célula principal de la sociedad. Por ende, si la institución familiar resulta socavada por la crisis, es imposible entonces que existan relaciones orgánicas entre los distintos sectores sociales.

Ante este contexto de violencia y crisis, la autora propone una reorganización –distinta– de todos los valores, que se basará en un discurso genérico. Mientras la paternidad y la virilidad son denigradas por sustentar lo hegemónico, la homosexualidad y lo femenino son potenciados. Dicha proposición autoral no plantea una sacudida estructural de las relaciones de poder, tan sólo una subversión de estas y el paso de una hegemonía masculina a una hegemonía femenina. Pero, si la transformación propuesta no es revolucionaria –en el sentido gramsciano de cuestionamiento de la producción espiritual instaurada por la ideología hegemónica– al menos concibe la esperanza de que en un sistema matriarcal, las cosas serán diferentes para las mujeres, ancestrales víctimas de la violencia masculina y, a fin de cuentas, sexo/género de Portela.

Es en el triángulo conformado por los tres personajes principales de la obra donde se hace más latente este concurrir de poder y violencia que caracteriza toda relación esbozada en ella. Este triángulo se presenta desde el primer capítulo por uno de sus integrantes: Zeta, la narradora-protagonista de la historia y víctima de los desmanes de ambos, su pareja Moisés y su mejor amiga la escritora Linda Roth.

Moisés –lo presento primero pues la autora así lo hace–, si pensamos que no debe haber sido nada ingenua la selección porteliana de este nombre, es profeta bíblico y testigo de la palabra divina, pero niega en la obra muchos de los preceptos sobre los que funciona la Iglesia. Abandona a su familia y reniega de ella; comete actos de violencia contra cualquier ser humano; lejos de amar al prójimo es un misántropo irremediable y carece de espíritu gregario –sobre este último, básicamente, funciona la institución católica–. En resumen, si el profeta y enviado de Dios era una especie de padre justo, el Moisés de Cien botellas… es exactamente la negación de todos los valores de aquel.

Este personaje es (o fue antes de perder la cordura), efectivamente un representante no ya de la ley divina, sino de la humana, en tanto magistrado del Tribunal Supremo de la República. Lógicamente esto lo ubica dentro del poder, realzado por su sexo. Ello implica que, a pesar de estar completamente fuera de sus cabales, sería apoyado por los jueces si Zeta decidiera –como lo aconseja su amiga Linda para revertir la violencia de que es víctima– privarlo de su virilidad a manera de justicia. Según palabras de la protagonista: “…en nuestro país aún se aplicaba la pena de muerte, la mayoría de los jueces eran hombres y, probablemente, nuestra cariñosa faena no les haría ninguna gracia, sobre todo por tratarse de un antiguo colega” (23).

O sea, en una sociedad patriarcal –como es esta–, la masculinidad del personaje es defendida por sus iguales, aunque él execre de ellos. Si en la sociedad de clases, el poder ha de reproducirse y mantenerse dentro de la misma clase; en una sociedad donde el género condiciona la detentación de este, el poder masculino también deberá mantenerse dentro del género. Esta bien pudiera ser una de las ideas que llevan a la solución final de establecer una hegemonía femenina, preferentemente lésbica, para que así la subyugación masculina sea total.

La dominación que Moisés personifica, es propugnada por algunos elementos dignos de mención: su masculinidad en un mundo patriarcal es el primero, seguido por su alto cargo en el aparato jurídico del Estado. Como último aspecto cabe mencionar algo nuevo, la extensa cultura del personaje. En él se encuentran todas las referencias a la filosofía y a la cultura greco-latina, lo que, desde la óptica de la narradora, constituye otro aspecto de su superioridad. Subrayo esto pues luego hablaré de estereotipos de géneros y esta supuesta superioridad intelectual masculina es uno de ellos.

En el personaje de Zeta también es significativo el nombre. Al respecto dice: “Mi nombre es Zeta, lo que no deja de suscitar todo tipo de cuchufletas por parte de Linda con respecto a mi posición en el alfabeto, idéntica según ella a mi posición en la vida” (28). Y es que Zeta de alguna manera se siente inferior, no sólo a Moisés o a Linda, sino a cada ser con que se relaciona, lo cual se evidencia en la articulación de su discurso.

La automarginación o la marginación a que otros la someten y que ella tácitamente acepta, es un interesante aspecto en cuanto a su construcción, pues como Linda, Zeta es graduada de Filología en la Universidad de La Habana, lo que debería garantizar auto-confianza, al menos en el plano intelectual. Pero no ocurre así y llega a decir de sí misma: “… pienso en Moisés. No se trata de pensar en el sentido recto, lógico, riguroso de la palabra. Eso creo que nunca he sabido hacerlo. Qué pena, con lo importante que es” (26).

Sin embargo, Zeta es una mujer independiente económicamente. Siempre lo ha sido, pues la casi ausencia de una figura paterna autoritaria así lo determinó. Desde niña tuvo que cuidar de sí misma y todo lo que aprendió, comenzando con peinarse una vez al día hasta “los rudimentos de la mecánica automotriz, o sea, a desarmar y volver a armar un vehículo sin que sobre ni falte ninguna pieza” (40) fue aprendido por casualidad o por “ciencia empírica” (41). Y esto de que sea la mecánica la profesión de una mujer tan ordinaria, es otra de las pícaras transgresiones portelianas a los estereotipos genéricos. No obstante, en sus relaciones más cercanas crea una especie de dependencia artificial. Artificial, pues en la práctica afronta y resuelve sola sus problemas. Los personajes con quienes estrecha vínculos siempre son merecedores de su admiración. Al igual que hacia Moisés, los comentarios sobre su amiga Linda rezuman la admiración por esta y a la vez, reflejan un sentimiento de inferioridad: “…ella es la más sabia, la más perspicaz, la que se esfuerza por llevar la luz a mi vida tenebrosa” (23).

En resumen, el rasgo más significativo de Zeta, es la dimensión de inferioridad en que ella misma se coloca, la auto-discriminación en que se sume sin tener motivos reales para ello. En dicho sentido –a mi juicio– el personaje es resultado de un poder (patriarcal) que, siendo ubicuo, fija mecanismos para que su reproducción se ciña a la misma clase (o género) hegemónica.

La escritora judía Linda Roth es la mejor amiga de Zeta y tercera integrante de la tríada de poder en la novela. En su voz recaen muchos de los planteamientos de la ideología autoral, lo que legitima su discurso y propuestas a pesar de características suyas que pudieran ser consideradas como negativas desde el punto de vista más tradicional: su homosexualidad. Esto es motivado por la existencia en la obra de una subversión de los códigos en la caracterización de los personajes femeninos principales: Linda, que por ser judía y lesbiana debía ser el personaje más marginado, es potenciada por la autora como personaje positivo, mientras que todo en Zeta conduce a la marginación incluida su heterosexualidad.

Agrega Zeta sobre Linda: “mi amiga siempre ha sido la mata de la elocuencia, muy sofista, muy leguleya, muy capaz de demostrar que lo verde en realidad es rojo y viceversa, hay quien opina que debería dedicarse a la política” (83); “Fue implacable. Pródiga en recursos, más fría y dura que el témpano que descalabró al Titanic” (86). La Gofia, amiga y antigua pareja de Linda, cuya opinión es secundada por Zeta dice: “Verdad que la polaca arrebata a cualquiera, es una gran tipa, una mujer excepcional (…) Por algo le dicen el Ángel Exterminador” (159). Según esta representación, Linda tiene rasgos que suelen adjudicarse a personajes masculinos. Esto no está dado por su condición homosexual, sino que se debe a la mencionada subversión de los valores y a cierta voluntad de cuestionar el apego a fronteras de lo que implican una feminidad y masculinidad, ancestralmente consideradas antagónicas.

Recordemos también que el sentido común es un instrumento del poder, pues genera una conciencia alienada y una pasividad en el acatamiento del orden social. Yadelis, amiguita de Zeta, dice a propósito de Linda: “Ella se portó como un hombre, gordi, como un hombre –repetía estremecida por la admiración; decía «hombre» como quien dice «Dios» (…) Esa chiquita es durísima, tremenda pingúa” (71). Yadelis es un personaje marginal: jinetera, baja educación, negra, y su única aspiración en la vida es ser la mujer de... Por esto es natural que crea que el hombre es superior a la mujer y que una mujer que se porte con valentía no es una mujer valiente y corajuda, sino una mujer que “se porta como un hombre”, lo cual es consecuencia de interiorizar la ideología de un régimen hegemónico masculino y sus estructuras sociales de opresión y perpetuación.

Lourdes Fernández en su ensayo “¿Roles de género? ¿Feminidad vs. masculinidad?”, profiere una idea que sirve muy bien para explicar el sentido común en una sociedad de géneros:

Los pilares tradicionales de la masculinidad se encuentran muy asociados a la fortaleza tanto física como espiritual. La primera, además del buen desempeño y la excelencia, incluye la rudeza corporal y gestual, la violencia, la agresividad y la homofobia. La segunda, supone eficacia, competencia; así como el ejercicio del poder, la dirección y definición de reglas, la prepotencia, valentía e invulnerabilidad. La independencia, seguridad y decisión, son también expresión de fortaleza espiritual, unido a la racionalidad y autocontrol.[2]

El poder masculino, no sólo establece que el hombre es portador de estos valores espirituales, dejando a la mujer, en cualquier caso, relegada a un plano de inferioridad; sino que junto a su invulnerabilidad, le da una categoría de incuestionable en tanto “divino”. Justamente este es el contenido de la didascalia donde Zeta aclara que la palabra “hombre”, pronunciada por Yadelis, tenía un matiz de divino y sobrenatural. Esto es más significativo aún (en el sentido de significar), pues Dios es el máximo creador (desde un punto de vista religioso) y el Hombre, en tanto su representación terrena, encarna entonces la idea de la perfección.

Todo esto nos conduce a la forma en que Linda –símbolo de una hegemonía alternativa– encara al poder masculino establecido. Como decía al inicio, no hay un afán subversivo más allá de la mudanza del poder masculino a femenino y con los mismos instrumentos. Linda se limita a intentar tomar el poder ya determinado y no al replanteo de este. Si el resultado de esta subversión sólo será el trueque, de un género a otro, de los detentadores de poder, pero se mantendrá la hegemonía con iguales basamentos de violencia e imposiciones, no resulta extraño que la escritora asuma posiciones propias de aquellos que poseen el poder actual.

Aspecto interesante resulta el paralelismo entre Linda y Moisés, a quien la escritora “odiaba con la misma intensidad con que él los odiaba a «ellos»” (21). Ambos personajes constituyen las antípodas de un poder en medio del cual se ubica Zeta, quien soporta estoicamente sus desmanes y maltratos. Si Moisés es cruel con Zeta y le dedica toda clase de improperios, Linda no se queda atrás: “…piensa –dice Zeta– que soy una degenerada con media neurona cuando más y que valgo menos que una lombriz de caño sucio. Hasta se avergüenza de mí, pobrecita” (21). La propia Zeta se percata de la gran semejanza entre sus dos seres queridos que compartían ese instinto de responder con violencia a todo lo que les resultara adverso y “fregaban el piso” con ella, uno literalmente y la otra de manera metafórica.

Linda cree que la violencia ha de estar dirigida hacia los hombres como único medio de subvertir el orden patriarcal del mundo. Prefiere para la mujer el prototipo atlético para que así sea capaz de enfrentar físicamente a un hombre si quisiera, que es ahí donde está la gracia, según sus propias palabras. Considera la violencia una posibilidad a la que no hay que llegar necesariamente siempre que el otro reconozca que es una víctima en potencia. De cierta forma plantea que, de haber un consenso sobre quién está en capacidad de ejercer la violencia y, como en todo consenso, de respetarse esta virtualidad, puede prescindirse del ejercicio de esta. Moisés, en cambio, se dedica al ejercicio de la violencia sin considerar que el temor a esta puede ser un sustituto de su propia ejecución. Por ello y por otras razones ya esbozadas, despliega “todo su esplendor belicoso” (178). Como ya se dijo, la violencia en él es símbolo de la decadencia del poder que representa. Más que un misógino es un misántropo.

La diferencia fundamental entre ambos estriba en la potencialidad/ actualidad de la violencia y esto a su vez se asocia a los poderes por ellos significados. El poder que Moisés simboliza es anquilosado y necesita imponerse mediante la represión, pues el consenso, como el contexto, está en crisis. Linda, por su parte, es integrante de una resistencia que se opone al poder masculino: tanto el instituido como el que, a causa de la decadencia, se ha vuelto violento. Por ello la represión no se adecua tanto a sus pretensiones de instaurarse en la dominación como sí pudiera hacerlo la producción de consenso. El paralelo entre ambos es advertido por Zeta, quien cuenta de su amiga que “durante su última y tempestuosa visita había fregado el piso conmigo. Que si la imbécil, que si la víctima, que si la mujer de los países islámicos. Me había tratado muy mal, casi con el mismo desprecio que Moisés, como si yo fuera una cucaracha o algo así” (217).

Otro aspecto que realza el parecido de Linda y Moisés es la relación de pareja de esta con Alix (al menos el final de ella). Si durante toda la narración Linda se había limitado a ejercer la violencia simbólica, en el capítulo décimo –Disparos en el piso veinte–, lleva a cabo la materialización de la violencia física y se concreta así la analogía.

Su romance con Alix, después de dos años, estaba en pleno e irreversible deterioro, por lo que Linda en una discusión le dijo que se fuera de su apartamento, donde vivían juntas. Tras un forcejeo en el que Linda sacó un arma con la que fue herida, aprovechó la inmovilidad de Alix al ver la sangre “para rajarle un búcaro en la cabeza a su gran amor. ¡Crash! Alix cayó redonda al piso. Mi amiga no perdió tiempo preguntándose qué había hecho. Se bestializó. Había acumulado mucho rencor y estuvo dándole patadas y más patadas a la muchachita del pelo negro, patadas por el estómago, por el pecho, por la cara, hasta el cansancio (esta escena me resulta familiar, pero no se lo diré a Linda, qué va). Luego la arrastró cual saco de papas al ascensor, bajó con ella al garaje, la montó en el Mercedes y la echó a la calle, medio inconsciente y bañada en sangre, a un par de kilómetros de allí” (236).*

Lo interesante no se limita a que Linda, como Moisés, llegue a un nivel tal de enfurecimiento que golpee a su pareja sostenidamente, incluso a pesar de la imposibilidad de esta de defenderse. Lo realmente interesante es que Moisés, tras una de las golpizas en que dejó a Zeta muy lastimada, la llevó al hospital y esperó a que saliera; mientras que Linda, en la misma situación dejó a su ex-novia tirada en la calle, sin identificación, inconsciente y muy mal herida.

Analicemos ahora la maternidad, esencia –dicen– de lo femenino. A pesar de lo desalentadora que resulta la propuesta final de esta novela, el embarazo de la protagonista de alguna manera funciona como rayo de luz esperanzador. En El pájaro: pincel y tinta china, a Fabián, personaje protagónico cuya pareja queda embarazada, “aquello de reproducirse le parecía diabólico, más bien propio de las lombrices y las amebas, de negros, indios y chinos, del subdesarrollo más basto”.[3] Por eso, tras un accidental aborto a los ocho meses de gestación, Camila, la madre frustrada, se cuestiona si “hay en nuestro tiempo (…) un lugar mejor para los restos de un Zaratustra, un varoncito o algo así, que una cubeta llena de algo sanguinolento”.[4] En su segunda novela, La sombra del caminante, ni siquiera hay referencias a la maternidad. Esta, la más desesperanzada de todas las novelas de Portela, concluye con el suicidio del protagonista doble Gabriela/ Lorenzo, solución final a todas luces individualista. Considero pertinente agregar que el exergo de Roberto Friol: La pelota de colores es la pelota de la ira, que rueda rencorosa por la playa, como en la novela que analizamos, prefigura el tono de la obra que encabeza. Si las palabras de Anna Ajmátova traslucen esperanza (Algo pequeño ha decidido vivir), las de Friol sólo anuncian el acíbar que caracterizará la totalidad de la novela.

Este rechazo a la maternidad –lo tocante a la paternidad es distinto– está muy relacionado con el nuevo mundo en el que se quieren subvertir las relaciones genéricas de poder. En el mencionado ensayo de Lourdes Fernández se plantea:

La maternidad se convierte en la exigencia social que da sentido a la vida de la mujer, el eje de la subjetividad femenina, de su identidad genérica y personal (…) La conformación de estos arquetipos culturales y de patrones de comportamiento según los sexos, desde un punto de vista psicológico, producen en la pareja una relación de subordinación y dependencia de la mujer, ‘sexo débil’ hacia el hombre ‘sexo fuerte’.[5]

Si la maternidad constituye para la sociedad patriarcal la única fuente de sentido en la vida femenina, lógicamente, una subversión que no vaya a la raíz del sistema que impone esta ideología, lejos de sembrar el cuestionamiento de dicha idea, censurará la maternidad. Al no constituir este cambio una subversión de la “producción de Verdad” continuará la reproducción del proceso de transmisión de roles que, en el sistema de poder derrocado constituía “elemento esencial en la identidad genérica” y la única forma de cambiar esto será mediante la negación de los preceptos que lo sustentaban.

Por ello me parece tan interesante que el personaje protagónico de esta tercera novela conciba el ser madre como uno de sus sueños y objetivos en la vida, aun inmersa en un ambiente donde la reproducción es abominada. No quiere esto decir que la criatura por nacer sea considerada un Mesías ni nada semejante; pero, indiscutiblemente, todo aquello por nacer suele ser símbolo de algo mejor por venir. El embarazo es para Zeta, no ya otro mecanismo evasivo, sino aquello que la impulsa a dar un cambio en su vida y a salir del círculo de la violencia, aunque esto sea propiciado no por ella misma, sino por Alix mediante un acto de violencia: en la penumbra del cuarto, deja una ventana abierta a través de la cual se precipita, accidentalmente, Moisés y muere. He aquí lo que yo calificaba como propuesta desalentadora. Si bien Zeta no participa de esto, la violencia sólo termina con otro acto de violencia. La resistencia pasiva, los demás mecanismos de evasión y el advenimiento de una nueva vida, no son suficientes para contrarrestar o eliminar la represión. Por tanto, sólo con el asesinato del tirano, terminan sus actos asesinos.

Y hay en esta muerte dos detalles muy significativos: su perpetrador y la muerte en sí. Moisés, figura déspota y tiránica, no es empujado –al menos no directamente– por la ventana, sino que cae por su propio peso. Esto parece ser una advertencia metafórica de lo que acontecerá a todos aquellos que, más allá del consenso, basen su poderío en la represión. Al narrar cómo Moisés se precipitó al vacío por pura inercia, Zeta comenta: “Linda, que jamás se interesa por las ciencias, hizo algunos comentarios más bien cínicos sobre las implacables Leyes de Newton” (265).

Además, no es casual el hecho de que sea Alix quien, conscientemente, deje la ventana abierta para que Moisés, a tientas, se precipite por ella. Alix –lesbiana– forma parte de esa hegemonía alternativa que intenta desplazar a los hombres para establecer un poder netamente femenino. Entonces, de manera indirecta, la muerte de Moisés es provocada por una representante de ese grupo que considera a los hombres como “animales apestosos”. Que sea un asesinato está en correspondencia con la construcción de Linda –máxima representante del afán por instaurar el poder femenino– y con la oposición que esta intenta ejercer, desde su individualidad, ante los detentadores del poder establecido. Si, como ya habíamos visto, a Linda sólo le interesa derrocar la hegemonía masculina para implantar una femenina con iguales características, y ventajas sólo para las mujeres, no es incoherente que combata a un representante del poder represivo desde la misma violencia que él practica.

Moisés constituye en la obra símbolo de poder y Zeta el ente sobre el cual él ejerce su autoridad por lo que la relación entre ambos no puede sino ser de antagonismo. Si además Moisés “ha perdido la chaveta”, no tiene ya la capacidad de dilucidar cuál es la forma más acertada de ejercer la dominación, por lo que en este estado de crisis no establecerá sino relaciones tiránicas.

Linda personifica una posibilidad de respuesta al poder decadente. Si bien pretende derrocar la hegemonía masculina, solo se plantea una subversión de los valores que aquella impone –los que considera anquilosados– y su consecuente sustitución por nuevos valores que reconfiguren la sociedad. Su propuesta es instaurar un poder femenino, pero no de una manera revolucionaria, gramsciana, o sea, de cuestionamiento y desestabilización de la ideología dominante, sino mediante la aplicación de los mismos mecanismos masculinos que ella deplora. Es decir, la violencia y la discriminación de género como medio de detentación del poder.

Entre ambas posibilidades -la de Zeta es resistir pasivamente, sobrevivir- se impone la de Linda y esto de imponerse ya es significativo per se. El tirano que Moisés representa se precipita al abismo por su propio peso; pero este hecho ha sido determinado por la acción de Alix, seguidora de la ideología de Linda, quien lleva a cabo las acciones que posibilitan esta caída: la apertura del acceso al vacío. Esta propuesta no es nada esperanzadora, pues sugiere que la violencia solo acabará si se le impone otra forma de violencia. La resistencia y la pasividad no son lo suficientemente fuertes como para anteponérsele a la represión y acabar con ella sin usar sus propios mecanismos. No obstante, esta novela sugiere aunque de manera incierta, una salida que bien pudiera ser alentadora, pues algo pequeño ha decidido vivir y ese algo, aunque su madre no haya logrado ella misma alejarlo del clima de violencia en que fue concebido, nacerá alejado de este y de la tiranía patriarcal que la existencia de su padre supondría.

En resumen, el texto de Portela muestra una sociedad civil donde la hegemonía dominante está en pleno deterioro, por lo que hay un planteamiento, esbozado por un sector de esta sociedad, de subvertir la decadente lógica de verdad que protege la masculinidad y su poderío y en su lugar imponer otra lógica matriarcal. Quizás este nuevo sistema, en tanto usa los mismos mecanismos del que quiere subvertir, tampoco resulte operante a la sociedad civil y su desarrollo; pero al menos concibe la eliminación de ciertas formas de discriminación al otro, como por ejemplo la homofobia.

[1] Ena Lucía Portela: Cien botellas en una pared, La Habana, Ediciones UNION, 2003.

[2] Lourdes Fernández Ríos: “¿Roles de género? ¿Feminidad vs. masculinidad?”, En: Temas, No. 5, 1996, p. 19. (El subrayado es mío)

* El subrayado es mío.

[3] Ena Lucía Portela: El pájaro: pincel y tinta china, Ediciones Unión, La Habana, 1998, p. 38.

[4] Ídem. p, 53.

[5] Lourdes Fernández, Op. Cit, p. 19Sandra Valmaña Lastres
Tomado de La Jiribilla

26/02/2007 GMT 0

Finaliza el Coloquio Internacional del Programa de Estudios de la Mujer

negracubana @ 14:24

20070226192009-colmujer07.jpgEl año próximo estará dedicado al tema de la violencia y la antiviolencia

Del teatro, la televisión y la música a la literatura, de los viajes y la masonería a las guerras y la violencia doméstica, del siglo XVIII al XXI han sido diversos los temas y contextos abordados durante esta semana en la Casa de las Américas por estudiosos e investigadores de Cuba, Argentina, Canadá, Estados Unidos, México y Puerto Rico que participaron en el Coloquio Internacional Femenino / Masculino: teorías y representaciones de género en la cultura de mujeres latinoamericanas y caribeñas.

El evento, que convoca anualmente desde mediados de los años ´90 el Programa de Estudios de la Mujer de la Casa de las Américas, dirigido por la Dra. Luisa Campuzano, se propuso en esta decimocuarta edición suscitar un acercamiento crítico a aspectos sustanciales del tema, como construcciones de la feminidad y de la masculinidad, además de promover el análisis, en manifestaciones artísticas y literarias, de las representaciones de lo femenino y de lo masculino y de los espacios, roles y estereotipos correspondientes, en la cultura y la historia latinoamericanas y caribeñas.

En ese sentido, el espectro de ponencias y debates fue amplio: la mujer y el modernismo; roles e identidades de género en la literatura cubana actual; los estereotipos en productos mediáticos como las telenovelas, los cuentos de Walt Disney o el reggaetón; las crónicas de Dulce María Loynaz; las viajeras; la violencia doméstica y su reflejo en la prensa de Puerto Rico; percepciones de la homosexualidad en entornos universitarios; el cuerpo en la narrativa argentina de los ´70 y los ´90; la vida cotidiana de las mujeres en el Zacatecas (México) del siglo XVIII; la redefinición del género femenino en las guerras anticoloniales de Cuba o la casi segura existencia de mujeres masonas en la Isla en el siglo XIX…

Además de las sesiones académicas, el Coloquio incluyó en esta ocasión presentaciones de libros y revistas, un concierto del coro Sine Nomine, la visita a la muestra El Thriller, de la artista cubana Rocío García, expuesta en el Palacio de Bellas Artes; la proyección del documental Reyita (2006), basado en el libro Reyita, sencillamente, de Daysi Rubiera; una lectura de las escritoras argentinas Liliana Heer, Susana Szwarc y Ana Quiroga, y la asistencia a la puesta en escena de la obra Arte, de Yasmina Reza, por Teatro El Público, que dirige Carlos Díaz.

También, y luego de una ponencia que abundó sobre la identidad masculina y sus diversas construcciones en dependencia de los países, los contextos culturales y otros factores, se desarrolló un panel titulado La (s) masculinidad (es), moderado por el crítico de arte Helmo Hernández y en el que debatieron sobre la (s) masculinidad (es) los narradores Reynaldo González y Pedro de Jesús; el actor Alexis Díaz de Villegas y el fotógrafo René Peña, todos de Cuba.

El año próximo, la decimoquinta edición del Coloquio Internacional del Programa de Estudios de la Mujer de la Casa de las Américas estará dedicada al tema de la violencia y la antiviolencia.

03/01/2007 GMT 0

Georges Castera: Premio Carbet del Caribe 2006

negracubana @ 10:31

20070103153148-georgescasterarie.jpgNacido en Port-au-Prince, el poeta haitiano Georges Castera quien el pasado 27 de diciembre arribara a sus primeros setenta años de existencia, acaba de ser galardonado con el Premio Carbet del Caribe, en su XVII edición, celebrada en Pointe-à-Pitre, capital de la isla de la Guadalupe. El jurado, presidido desde 1990 por su fundador, el gran escritor martiniqueño Édouard Glissant, se pronunció asimismo en favor del reconocimiento de todos los valores que el conjunto de su obra ha forjado, de modo ininterrumpido, por más de cincuenta años; de igual modo, basó su veredicto, por unanimidad, en la excelencia formal de su cuaderno Le trou du souffleur (1) cuya hermosa edición está ilustrada con dibujos del propio Castera.

Editor, traductor y artista plástico, en el momento de recibir este importante premio —hombre de gran versatilidad cuyos poemas han sido musicalizado por compositores caribeños de gran relieve— ha incursionado también en el teatro y se desempeña en la actualidad como editor de Boutures, revista de arte y literatura que publica la editorial Memoria, de la capital donde radica desde 1986.

Hijo de uno de los más importantes poetas del siglo XX en su país, Castera es ampliamente conocido en los círculos literarios antillanos y continentales por la amplitud de sus temas: el amor, la amistad, la política. Su obra, iniciada desde 1956 —cuando partió de Haití por primera vez—, al igual que su persona, fue en busca de horizontes lejanos pues, ya desde entonces intuía el enclaustramiento y la opresión que marcara la trágica historia del pueblo haitiano.

Su voz siempre fue un faro irradiando luz a todas las literaturas de la región. Vida y obra se volvieron las dos caras de una misma moneda. Francia, España y luego Estados Unidos fueron los rincones del mundo que perfilaron su experiencia vital, su expresión y esa vocación de humanismo cosmopolita que lo ha convertido en un favorito de las más jóvenes generaciones de poetas haitianos. Treinta años luego de su retorno, hacen de Castera un autor en quien convergen los dones de la inspiración, el rigor formal y la entrega a las más nobles faenas patrióticas de su tiempo; un autor que regresó con los bolsillos repletos de escritos y poemas.

Sin embargo, como afirma el crítico Lyonel Trouillot, su poesía “no tolera la nostalgia” (2); no la enarbola como emblema ni como una única credencial de vida. La experiencia, vital o filosófica, del exilio no conforma el centro de sus preocupaciones. Por el contrario, arraigado en el amor a las tradiciones de su país natal y convencido de la necesidad de forjar una patria tan vasta como la humanidad que la viera erigirse como la primera nación independiente americana, Castera no sólo ha creado un cuerpo literario en lengua francesa sino en créole la lengua vernácula por excelencia de la sociedad en que nació.

Tanto en una lengua como en otra, este poeta denuncia toda manifestación de injusticia social, todo acto depredador, toda exclusión programada o espontánea. No por azar, en una entrevista concedida al diario France Antilles de Pointe-à-Pitre, Guadalupe, el Premio Carbet del Caribe afirma que ya no hay represión en su país y, de inmediato, resalta con sencillez el arte poética de su cuaderno premiado:

    “Mis poemas carecen tal vez de mensaje. Quise componer un cuaderno en donde el sexo, el cuerpo estuviera en un primer plano. Es importante porque creo que el cuerpo siempre ha sido hostigado, satanizado por las religiones monoteístas. Coloqué al cuerpo como prioridad. Vivo en Haití donde la idea de dios es omnipresente. Incluso en la religión vodú, hay referencias a Dios, como un Padre. El monoteísmo, para mí, se parece a una especie de dictadura”. (3) (Mi traducción)

Los lectores latinoamericanos esperan con entusiasmo la versión española de este poemario tan significativo para la historia presente de una literatura y un país que son pura leyenda en nuestro hemisferio y en todo el planeta.

La Habana, 28 de diciembre, 2006

Nancy Morejón



Notas

(1) Le trou du souffleur. (El soplo del mago) Préface de Jean Durosier Desrivières. Dessins de Georges Castera. Paris, ed. Caractères, 2006

(2) Lyonel Trouillot: “L’exception Castera: Concrétion et Modernité” prólogo a la antología de Georges Castera: L’encre est ma demeure. (La tinta es mi morada) Selección de L. Trouillot. Arlès (Francia), ed. Actes Sud, 2006, p. 7

(3) France Antilles (Guadalupe), 18 de diciembre, 2006, p. 4



Poemas de Georges Castera (de El soplo del mago, 2006)

LIMINAR

Me arrastra el énfasis
de la sal blanca y de la página
blanca
con frecuencia el mar me da los buenos días
sólo le respondo en alta
mar

ÉTICA

A cada pregunta que le haces a la vida
la buena respuesta es nuestro amor

TELEGRAMA

Árbol del pan
busca panaderías
fugaces STOP

se ruega dirigirse preferiblemente
en horas de fermentación STOP

chinche de los bosques
parodia sangre fresca STOP
busca una perfumería
allá donde el agua ha lanzado a sus muertos
STOP

en Haití STOP
es un fin de semana
como cualquier otro STOP

(Traducción de Nancy Morejón)

Tomado de La Ventana

15/12/2006 GMT 0

Su cuento «Fátima o el Parque de la Fraternidad» fue seleccionado entre más de 6000 obras

negracubana @ 13:47

"Más que en mí mismo, he pensado en lo que una distinción de este tipo puede contribuir a sumar nuevos reconocimientos a la literatura cubana, y a reafirmar el compromiso que asumimos con nuestra realidad desde la creación", expresó Miguel Barnet ayer pocos minutos después de que en París se le proclamara ganador del Premio Juan Rulfo, de Cuento, uno de los más codiciados galardones internacionales de la lengua española para narraciones inéditas.

En la edición 2006 del certamen, coauspiciado por el Instituto de México y el Cervantes de París, Radio France Internactional, la Maison de l’Amerique Latine, la asociación Unión Latina, el Colegio de España en la capital francesa y el mensuario Le Monde Diplomatique, el jurado seleccionó el cuento de Barnet, titulado Fátima o el Parque de la Fraternidad entre más de 6 000 envíos recibidos en esa categoría.

El español José Antonio López Hidalgo, con El punto se desborda, emergió triunfador en el acápite de novelas cortas.

Según el jurado, presidido por el crítico e hispanista francés Claude Fell, la narración breve de Barnet sobresalió por "el humor ácido, la mirada compasiva e implacable y la riqueza de detalles que desbordan la experiencia del narrador para evocar un mundo dominado por el desencanto, la fantasía y otras estrategias de adaptación a la dureza de la realidad".

En 1990, el escritor cubano Senel Paz se alzó con este mismo galardón con su relato El lobo, el bosque y el hombre nuevo.

Pedro de la Hoz

Tomado de Granma

12/12/2006 GMT 0

11º Concurso literario de narrativa para mujeres

negracubana @ 11:20

La Concejalía de Promoción de la Mujer del Ayuntamiento de Terrassa, convoca este 11º Concurso Literario de Narrativa para Mujeres. El objetivo es fomentar y promover la escritura y la literatura en general entre el colectivo de las mujeres.

Este 11º Concurso literario de narrativa para mujeres se regirá por las siguientes bases:

Este concurso está dirigido únicamente a mujeres.

Se puede utilizar la lengua catalana o castellana.

El concurso es de narrativa (tipo novela, cuento o relato corto). No se aceptará, por lo tanto, poesía, ensayo, ni ningún trabajo que no se adapte a estas bases.

Se presentará, únicamente, 1 trabajo por autora.

Se entregarán 5 copias de la obra, mecanografiadas a doble espacio y en una sola cara, en papel DIN A-4, cuerpo de letra 12 y con una extensión mínima de 4 hojas y máximo de 20 hojas, y correctamente encuadernadas.

Se hará constar claramente el nombre y los apellidos, la dirección, el teléfono y el NIF de la autora. Si se desea presentar la obra con seudónimo, se hará constar los datos personales en una plica cerrada, en el exterior de la cual se indicará claramente el seudónimo utilizado y el título de la obra.

Los originales se presentarán en el Servei de Promoció de la Dona -calle Nou de Sant Pere, 36, 08221 Terrassa-

El plazo de admisión de los originales será el 3 de enero del 2007 a las 19:00 horas.

Todas las obras presentadas tendrán que ser inéditas y no entrarán en la fase de concurso las obras premiadas en otros certámenes. Así mismo, la presentación de una obra implica que la autora no tiene comprometidos los derechos de edición y que la obra no se ha presentado a otro premio o certamen pendiente de adjudicación.

El jurado de este premio está presidido por la Regidora de Promoció de la Dona del Ajuntament de Terrassa, Fabiola Gil y formado por Montserrat Beltran, Carmen Borja, Josefa Contijoch, Júlia Galán y Àngels Puigbó. Sus decisiones serán inapelables y se reservará el derecho de interpretar estas bases en caso de duda.

La dotación de los premios de este concurso es la siguiente:

1er premio: 1.000 euros
2º premio: 700 euros
3er premio: 550 euros

El jurado puede decidir declarar desierto alguno de estos premios.

Los trabajos premiados serán publicados posteriormente por la Regidoria de Promoción de la Mujer.

El acto de proclamación de las ganadoras de los premios de este concurso se celebrará el próximo mes de marzo del 2006, en el lugar, día y hora que se anunciará oportunamente, dentro del programa de actos de la celebración del 8 de marzo, "DÍA DE LA MUJER TRABAJADORA".

La organización se compromete a mantener en el anonimato las obras no ganadoras, las cuales se podrán retirar en la Casa Galèria -calle Nou de Sant Pere, 36, 08221 Terrassa- en el plazo de dos meses desde la entrega de premios. Pasados estos dos meses, los originales serán destruidos y
convertidos en papel para reciclar.

La presentación de los originales presupone la aceptación íntegra de estas bases y de las condiciones generales, así como de los derechos y obligaciones que de ellas se derivan.

Cualquier aspecto no previsto será resuelto por la organización.

28/11/2006 GMT 0

Una semana con Pedro Lemebel

negracubana @ 10:14

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Concluye el paso de Pedro Lemebel por la Casa de las Américas

La presentación de la novela Tengo miedo torero, un homenaje de Pedro Lemebel a la líder de la izquierda chilena Gladys Marín y nuevos acercamientos teóricos a la obra del escritor y artista visual chileno, pusieron punto final a la Semana de Autor que la Casa de las Américas dedicó este año al creador de varios libros de crónicas que lo han convertido en una de las voces más vitales y polémicas en el panorama literario de su país y del continente.

Al presentar Tengo miedo torero —que marca el encuentro de los lectores cubanos con su obra—, Lemebel contó que esta, su primera y única novela hasta ahora, resultó de unas veinte páginas escritas en los ‘80 y guardadas por varios años, que recuperó y continuó como un ejercicio de creación y reafirmación del oficio de escribir, para demostrar al mundo literario que podía ir más allá de la crónica. Abundando sobre la versión para el teatro y las intenciones de una cinematográfica, confesó que la escribió pensando que podría ser llevada al cine.

“La novela es como un paréntesis en mi escritura”, dijo, agregando que simplemente salió y no sabe si pueda suceder otra vez, aunque está tratando de retomar el género. A la vez, insistió en su apuesta por la crónica al señalar que Tengo miedo torero puede ser vista, también, como una crónica extensa.

Lemebel, que dijo sentirse en Cuba como en familia y destacó la coincidencia de esta Semana de Autor con su cumpleaños, leyó un fragmento de la novela —el cumpleaños de Carlos—, teniendo como fondo la música original para la obra de teatro. En otro momento, rindió tributo a Gladys Marín, fallecida en marzo de 2005 y con quien mantuvo una estrecha relación que le llevó a apoyarla decididamente en su candidatura presidencial por la izquierda chilena a fines de la pasada década.

El homenaje incluyó también la proyección de fotos en que aparecía junto a la luchadora en distintas ocasiones, en calles, manifestaciones o actos públicos. A propósito, siguiendo la tradición de estos días de la Semana de Autor durante los cuales leyó sus crónicas al final de cada jornada, ofreció en esta ocasión el texto en que recuerda su visita al Teatro Municipal de Santiago junto a Gladys Marín para asistir a La Traviata, invitados por el sindicato de artistas.

Minutos antes, en un panel que reunió a Roberto Zurbano, director del Fondo Editorial de la Casa de las Américas, y a Luis Cárcamo Huechante, profesor de la Universidad de Harvard, se señaló la significación de la escritura de Lemebel como parte de la irrupción con fuerza de nuevos sujetos históricos y temas en el terreno político, teniendo en el centro de sus elaboraciones estéticas, políticas y sociales el desgarro de su condición homosexual.

“Lemebel no es el primero en América Latina que ha levantado su voz y ha problematizado en su obra la condición homosexual, pero sí es de los pioneros en convertir su cuerpo y su historia en sustancia de su trabajo”, indicó Zurbano, que subrayó la evidente marca política en sus proyecciones publicas, artísticas y literarias, su apego a la cultura popular y a la oralidad y su preocupación profunda por el grupo social que intenta reivindicar, el cual se extiende más allá de las categorías de diferencia sexual apuntando a otras formas de exclusión y discriminación.
Con sus crónicas, este “optimista crítico, revolucionario escéptico y otras veces maldito” es parte de los periodistas que en América Latina han aportado nueva sustancia al oficio, afirmó el director del Fondo Editorial Casa. Su obra, además, denuncia la homofobia, la re-marginalización y los modos de criminalización de la homosexualidad, sobre todo a partir de la epidemia del SIDA y con el crecimiento de un mercado sexual homo erótico que más bien apunta a otros fenómenos sociales en el seno de nuestras sociedades.

En la jornada anterior, el panel conformado por el crítico y escritor cubano Norge Espinosa, Jorge Ruffinelli (Universidad de Stanford) y Fernando Blanco (Universidad de Ohio), abordó temas claves de cara a la obra de Lemebel como la situación de los homosexuales en Chile durante las últimas décadas, sus expresiones en el terreno del arte y sus acciones para defender sus derechos; la dimensión subversiva y literaria de su escritura, y su importancia en el panorama chileno actual, así como su continuidad y puntos de contacto dentro de una tradición que incluye textos como El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, y El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Senel Paz.

Ruffinelli, tras ofrecer una panorámica del contexto nacional en que surgió y se desarrolló el colectivo artístico Yeguas del Apocalipsis, afirmó que sus acciones transgresoras dieron sentido de existencia al dúo formado por Lemebel y Francisco Casas, el cual, agregó, es hoy un hito histórico en un país aún en transición, cuyo esquema económico sigue siendo el producido en la dictadura y donde emerge una nueva ciudadanía.

Más adelante, el académico se refirió al significado de Lemebel tanto en el universo de las letras como en su más inmediata connotación crítica dentro de la sociedad chilena actual. “Lemebel ha sido vital en la variación de nuestra visión de Chile; es un performance que se expresa en su cuerpo, su voz y su escritura. Sus crónicas no sólo valen por su contenido, su actitud social, sexual y política, sino por su ritmo, su cadencia, el dominio del idioma que hay en ellas”.

“Si queremos conocer a Lemebel no es preciso acercarnos a la persona, basta leer sus crónicas”, consideró. “En todo lo que escribe, Lemebel es Lemebel. Escribe con sus tripas, su corazón, su cabeza, con todo. No es un mero ‘opinólogo’, y hay en él muchas voces. Por eso es una trampa leerlo sólo desde la perspectiva de los estudios sexuales o de los estudios gay, pues sería colocar su literatura en lo que él mismo llama el ghetto gay. Es necesario leerlo también desde la perspectiva de la literatura en sí misma, algo que no abunda hoy”, dijo Ruffinelli.

Tengo miedo torero, publicada en 2001, es ya un texto cardinal en la literatura chilena de los últimos años. Polifónica, de discursos múltiples y con punto de partida en la historia real del país, no queda en novela política y deviene historia de amor. Entre sus lecturas, resalta aquella de que el heroísmo no es exclusivo de la heterosexualidad, y que es posible la congruencia entre el mundo de la diferencia sexual y el de la revolución.

Al abordar la temática de la novela, Norge Espinosa la colocó junto a El beso de la mujer araña, de Manuel Puig, y El lobo, el bosque y el hombre nuevo, de Senel Paz, como textos protagonizados por hombres de diferentes voluntades eróticas que se encuentran y desencuentran, centrando historias intensamente afincadas en las realidades nacionales que les rodean: la Argentina de la dictadura, la Cuba de los años ’70 y el Chile bajo el régimen de Pinochet. “Molina, Diego y la Loca del Frente son en sí mismos personajes en revolución”, comentó.

Entre otras aristas, Fernando Blanco destacó la importancia del discurso de Lemebel para desentrañar las contradicciones del neoliberalismo implantado en Chile, la voz que ganan en su escritura los discriminados y excluidos, la importancia que concede el escritor a la cultural oral y la documentación histórica que implica su ejercicio al construir nuevas subjetividades con una mirada crítica de su entorno.

La Semana de Autor cumplió nuevamente su principal objetivo: acercar al público cubano escritores que sobresalen en el concierto literario continental. Durante estas jornadas, un numeroso auditorio tuvo la oportunidad de conocer y contextualizar la obra de Lemebel, apreciar su originalidad y su relación con el campo político y social chileno, acercarse a su creación desde las perspectivas de los estudios sexuales o literarios…

Esta vez, desde su literatura de los márgenes, con su extensa y diversa galería de personajes, su escritura y su ser irreverentes e insobornables; carismático y excéntrico, polémico y excesivo, pero sobre todo veraz y comprometido con su vida y con su arte, Pedro Lemebel dejó el buen sabor de sus verdades y sus crónicas, que seguramente desde ahora serán más buscadas por los cubanos tanto como serán bien recibidos otros de sus libros en la Isla.

Tomado de La Ventana

17/11/2006 GMT 0

Entrevista al escritor chileno Pedro Lemebel, invitado por la Casa de las Américas a la Semana de Autor, este mes

negracubana @ 13:13

20061117181334-lemebelfuma.jpgUsted puede estar o no de acuerdo con Pedro Lemebel pero nunca quedará indiferente ante su persona y su escritura. Transparente, como esas crónicas suyas que muestran las venas y el corazón bombeando, atrevido cuando de decir su verdad se trata, aparece en esta entrevista respondida con la parquedad que imponen los correos electrónicos pero con toda la altura que es capaz de alcanzar en su vehemente verbo.

Se impone que nos hable de sus orígenes como escritor. ¿Cómo llegó a la literatura?

—En realidad, lo de la literatura vino relacionado con el activismo gay. Durante la dictadura, en un acto de la izquierda, leí el manifiesto Hablo por mi diferencia. Parece que gustó y me lo pidieron para publicarlo en un semanario, me pagaron y me pidieron otra colaboración. Allí, cuando tuve el dinero en la mano, se activó mi amor por las letras. Tengo una relación de sobrevivencia con la literatura, más que de trascendencia ontológica.

Usted ha recibido importantes elogios de escritores y críticos, quienes opinan que es “un icono de la narrativa latinoamericana actual”. ¿Cómo se ve a sí mismo como creador? ¿En qué punto de la literatura chilena actual se encuentra?

—No son tantos los halagos, a veces es solo por exotismo. Desconfío de las palmadas en el hombro, me desarman la silicona. Eso de escritor de culto, es una güevada. Yo ando por las calles, viajo en colectivo, me confundo con los olores y sabores de mi pueblo. El resto, son detalles. En el álbum macho, familiar y tradicional del canon literario chileno quizás soy la tía solterona cronista. No lo he averiguado. No me interesa esa parentela vinagre.

Ha expresado alguna vez su rechazo a la ficción y su apego, demostrado en su obra, a la realidad. ¿Por qué? ¿Qué le llevó del cuento a la crónica, de la ficción a la realidad? ¿Cuánto tiene Tengo miedo torero de ambas?

—Antes escribía unos cuentos en un taller literario de señoras, me aburrí de ese tecito letrado. Me solté el pelo, me subí las faldas y apareció la cronista contingente (que venga el burro y te lo cuente). Lo de Tengo miedo... fue real en un setenta por ciento, por suerte, gracias a la Virgen de las locas, si no, no estaría mandando estas plumas venéreas vía Habana.

Usted habla de lo necesario de la soledad para un escritor pero la referencia a la búsqueda e importancia vital del amor es un punto clave en su obra. ¿No hay contradicción?

—No recuerdo haber hablado de la soledad del escritor como edén literario. Yo escribo con el ruido social, con la pachanga colectiva que llega y veo desde mi balcón, me asquea ese éxtasis inspirado frente al mar a lo Hemingway. Con respecto a la contradicción, es sano contradecirse, a veces te permite repensar. Uno se aburre de encontrar la misma vieja todas las mañanas en el espejo del baño.

Hace veinte años escribió Manifiesto (hablo por mi diferencia), evidente declaración de principios. ¿Mantiene los mismos de entonces?

—Absolutamente, o tal vez, casi, siempre hay ajustes, revisiones. Han pasado ríos y años en el ínter tanto. Negarlo sería mesiánico. Aunque la música sigue siendo el plañidero éxtasis de la Internacional.

Ante el creciente éxito editorial y mediático ¿cómo burlar el sesgo mercantil con el que quizá le quieran encubrir, convirtiéndolo más en un personaje y difuminando la voz, lo que dice el Lemebel “políticamente incorrecto”?

—¡Qué pregunta más cabrona, siempre me la hacen como si viniera de Miami! El tema es cómo seguir siendo alterador en un sistema tan cooptador. Bueno, tengo tretas, artimañas y mañas para entrar a palacio por la puerta de servicio, dejar los alacranes venenosos y salir como si nada.

Carlos Monsiváis ha escrito que la suya es una literatura "de la ira reinvidicatoria", y usted mismo ha dicho que en su escritura dominaba la rabia, que quería temperar mejor esas furias para construir un corpus con otro tipo de ofensiva. ¿Ha sentido alguna transformación en ese sentido? ¿Temperar esa rabia no sería menguar la fuerza que define su obra, la eficacia política de su escritura?

—Quizás decir temperar, es hacer un alto, un respiro en el batallante caracolear de mis escritos. La edad pesa, pero culo y corazón nunca le van a faltar a esta vieja.

Nueve años han pasado desde su primer y único viaje a La Habana. Entonces estuvo como artista plástico junto a Francisco Salas, su compañero de Las Yeguas del Apocalipsis; ahora regresa con su primera novela y es, a la vez, el primer encuentro del público cubano con su obra. ¿Cómo espera sea recibida Tengo miedo torero en Cuba?

—Tan bien como se recibe un texto amigo, sangrado en los avatares de la lucha contra la dictadura de Pinochet. Ojalá guste, emocione o disguste, que también es una forma de aprecio. Espero encontrarme con el mismo afecto que recibí en mi viaje anterior. Me emociona el reencuentro como si fuera un viejo amor, un primer novio, un paisaje humano que amé antes de conocerlo.

Deny Extremera y Mavy Padrón

Tomado de La Ventana

Libro a la Carta, con Nancy Morejón

negracubana @ 10:12

20061117151216-galeria.gifLa poetiza, ensayista y traductora Nancy Morejón, será la invitada de mañana, 16 de noviembre, al espacio Libro a la Carta, que se realiza cada mes en el Palacio del Segundo Cabo.

Nancy Morejón recibió en el 2001, el Premio Nacional de Literatura. Ha publicado, entre otros, los libros de poesía: Mutismos (Ed. El Puente, 1962); Amor, ciudad atribuida (Ed. El Puente, 1964); Octubre imprescindible (Ed. Unión, 1982); Piedra pulida (Ed. Letras Cubanas, 1986) y Premio de la Crítica 1986; Elogio y paisaje (Ed. Unión, 1997) y Premio de la Crítica 1997; La quinta de los molinos (Ed. Letras Cubanas, 2000) y Premio de la Crítica 2000; Black Woman and Other Poems (Bilingual edition) (Ed. Mango Publishing, London, 2001); entre otros.

Libro a la Carta estará conducido por el licenciado Fernando Rodríguez Sosa.

Tomado de Cubaliteraria

14/11/2006 GMT 0

SIDA: Confesiones a (de) un médico

negracubana @ 11:38

20061114163837-1.jpg
A pesar de que su nombre, en la portada del libro, está en minúsculas, Jorge Pérez quizas sea el doctor más re-conocido en torno a la problemática del VIH/SIDA en Cuba.

La presentación de SIDA: Confesiones a un médico nos reunió el pasado viernes en los jardines del Museo de Artes Decorativas. Cómo se detectó el primer caso de sida en Cuba?, cuántas niños y niñas han nacido de madres y/o padres seropositivos? entre otras preguntas, son respondidas desde la vivencia por "Jorgito" quien fue director del primer sanatario para personas infectadas con el virus.

La reunión también fue aprovechada para realizar el lanzamiento de la Editorial Lazo Adentro, cuya primera publicación es Confesiones a un médico... , la cual se encargará de difundir la labor realizada por el personal médico, el voluntariado y los especialistas en la campaña cubana de lucha contra el VIH/SIDA.

10/11/2006 GMT 0

Los otros hablan desde el espejo

negracubana @ 12:19

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Abel Sierra Madero, laureado en ensayo histórico-social, a sus 29 años de edad, fue el más joven ganador de la pasada edición de los premios Casa de las Américas 2006. Su texto Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana realiza, según el jurado del prestigioso galardón iberoamericano, un "análisis minucioso del ambiente homoerótico cubano que no le impide examinar diversas políticas de género sobre lo masculino y lo femenino normalizado, e introducir reflexiones que puedan iluminar otro tipo de políticas de identidad."

Con ese gancho de lo deseado-reprimido, su obra seduce por la atrevida y profunda puesta en desnudo de espacios que históricamente han sido mutilados o mal articulados en Cuba, y que emiten su alegato desde este espejo en el que su autor nos invita a mirar y encontrarnos todos.

Para el Licenciado en Historia en la Facultad de Filosofía, Historia y Sociología de la Universidad de La Habana, miembro de la UNEAC e investigador de la Fundación Fernando Ortiz; el Premio Casa, entre otras cosas, "es un estímulo no solo para mí, sino para Cuba, para mi generación que está imbuida en la desidia, en cruzar orillas, desanimada. Para los jóvenes decididos, pese a todas las carencias y dificultades, a hacer historia en esta Isla."

Antes, en el 2001, había recibido el premio Pinos Nuevos de Ciencias Sociales con el ensayo La nación sexuada. Relaciones de género y sexo en Cuba en la primera mitad del siglo XIX, y en la misma categoría, en el 2003, el Razón de Ser que otorga la Fundación Alejo Carpentier por Las relaciones de género y sexo durante las guerras de independencia en Cuba; entre otros estudios (La policía del sexo. La homofobia en Cuba en el siglo XIX; Sexualidades disidentes en el siglo XIX), que marcan una época de exploración continua y resultados novedosos sobre la diversidad sexual en la Isla.

Abel, ¿por qué has encaminado gran parte de tu labor investigativa al estudio de la diversidad sexual como fenómeno social?

―Desde mis primeros acercamientos a la Historia pude percibir, dentro de la vastísima producción historiográfica cubana, la presencia de círculos temáticos que habían tenido en el tiempo una determinada coherencia u organicidad en torno a fenómenos como los procesos de formación de la nacionalidad cubana, la plantación esclavista, el azúcar, las Guerras de Independencia, los movimientos sociales, el post-coloniaje estadounidense, entre otros; pero me percaté de que existían, digamos, algunas zonas de silencio.

Uno de esos vacíos era y sigue siendo el tema de la sexualidad, al que he dedicado los últimos años. Las fuentes históricas y la metódica que utilizo en la escritura de mis ensayos, no las inventé yo, por supuesto. Son las mismas sobre las que ha trabajado la historiografía cubana, sólo que las he leído desde otra perspectiva.

La sistematización de esas fuentes, la consulta de documentos de archivo, me hizo dialogar con muchos personajes que me enseñaron a pensar la nacionalidad cubana desde otro enfoque. Me revelaron que esa abstracción imaginaria y a la vez tangible que llamamos "nación", se ha articulado y sustentado en contraste, desconocimiento, negación o diferencia respecto de otros ―ya no foráneos y colonizadores, sino autóctonos―, los otros sexuales; lo que trato conscientemente de subvertir. En ese sentido he tenido no sólo un compromiso con la Historia, sino con la realidad social contemporánea.

Del otro lado del espejo… viene a saldar deudas teóricas de trabajo y con documentos que se quedaron fuera de mi anterior libro La nación sexuada. Es una especie de superposición entre pasado y presente, para analizar cómo se confabulan ambos en el tiempo. Está escrito en códigos simples, pensado para diferentes tipos de lectores, sin distinciones de oficios, cultura o generación.

¿Cómo está construido el libro?

―El texto tiene dos partes: "Los silencios de la Historia" y "El presente histórico". Está concebido en dos dimensiones espacio-temporales, dentro de la inmediatez histórica que se ha llamado Historia Inmediata. Tiene una primera parte donde se analizan procesos de larga duración; y va desde finales del siglo XVIII hasta la contemporaneidad.

Trata de hacer una reconstrucción de los discursos que han ido conformando la nación y sus otros sexuales. Cómo esa nación se ha reafirmado y articulado mediante la exclusión y discriminación de esa otredad para crear un heterosexismo, una heterosexualidad nacional con todos sus mitos, sus estructuras jurídicas, laborales, domésticas, sociales y culturales.

¿Por qué Del otro lado del espejo?

―Es invitando al lector a la reflexión, a ubicarse en la piel del otro, a atravesar ese azogue cultural para observar y pensar la realidad social desde otra perspectiva, con una mirada más desenfadada, menos prejuiciada, no tolerante, sino de verdadera aceptación de la diversidad sexual.

Entre otras cosas, ¿qué propones con este libro?

―Ir contra el silencio, contra nuestra auto-negación. Está realizado con la ilusión de que nuestros hijos crezcan imaginando un mundo con géneros diversos, no previsibles, sin etiquetas, como el color de la piel o las preferencias sexuales.

¿Qué experiencias tuviste en la conformación de lo que sería Del otro lado del espejo?

―A mí el proceso de investigación me resulta más interesante que la propia obra acabada. La gente que conocí fue determinante en la factura de este texto, los que me regalaron trozos de sus vidas y permitieron que me insertara en sus dinámicas, en su intimidad y cotidianidad, en sus redes de relación, me enseñaron muchísimas cosas, una de ellas, la más importante, a luchar contra mis propios prejuicios.

El epílogo tiene algo así como una oda a los personajes que me han ayudado en su conformación, que en realidad no es mío. Yo soy un exorcista.

A partir de los análisis epocales que realizas en tu texto, ¿cuáles etapas consideras fueron las que mayormente marcaron la diferencia? ¿Cómo es su estado actual y que tal se asoma el futuro?

―Evidentemente en todas las épocas históricas los procesos de regulación socio-sexual no han sido iguales respecto de la construcción de esos otros sexuales.

El siglo XIX, por lo que me cuentan los personajes que descifro en legajos de archivos y artículos de prensa, tiene que haber sido muy difícil en ese sentido. Las historias son muy conmovedoras. Este marcó el inicio de los discursos de la medicina, que se estableció como un nuevo ministerio; asimismo la psiquiatría, las ciencias penales, entre otras disciplinas que construyeron esa otredad sexual atravesada por el estigma de la enfermedad, la locura y la delincuencia.

Ahora, ¿cambios...? No los percibo tangiblemente. Ha sido un problema histórico-cíclico el tema de la otredad sexual no sólo en Cuba, sino en Occidente. ¿Cómo veo el futuro? No me animo a ser categórico sobre esa cuestión. Hay gente en Cuba que está haciendo cosas para que haya una apertura, una especie de descongelación de determinados tópicos; eso es muy importante. Sin embargo, el debate y las negociaciones culturales todavía están permeadas de esa carga médico-patológica que sigue acentuando la condición enfermiza y devaluada de estas personas.

Hablemos de la "homofobia" o discriminación hacia los otros sexuales como concepto.

―En el campo cultural, existe un orden genérico-sexual en el que se han construido en el tiempo criterios acerca de la "normalidad" y la "anormalidad". Al mismo tiempo se crea una maquinaria de saber-poder que opera como representación hegemónica, delimitando y organizando la existencia sexual de los sujetos. La forma más obvia o más visible de su ejercicio es la censura, la vigilancia y la sanción normalizadora. Este proceso se sedimenta en la ideología heterosexista, que promueve la superioridad de la heterosexualidad y su derecho a ser impuesta, mediante relaciones de poder. Esto se conoce ciertamente como homofobia.

Muchos teóricos de la sexualidad la han conceptualizado como aquellas acciones culturales que buscan nominar y suprimir a los sujetos que se escapan del modelo heterosexual, a la supresión de esa diferencia y al esclarecimiento de roles de género-sexo, también como una especie de miedo.

Ese es realmente un término muy difundido. Sin embargo, la noción de heteronormatividad esbozada por Michael Warner, me parece mucho más abarcadora que el concepto de homofobia. La heteronormatividad da cuenta de cómo se construye institucionalmente la "normalidad" analogada a la heterosexualidad en una relación constitutiva. Así, más que el temor a lo homosexual, a lo raro, a lo ambiguo, lo que predomina es la obsesión social de contener tales expresiones, distanciarlas y confinarlas a la otredad.

¿Qué impacto crees tendrá tu libro en nuestra sociedad? Lo que llamaríamos el reflejo del espejo.

―No me animo a especular o a vaticinar nada al respecto. Prefiero continuar expectante hasta que él recorra el camino que la misma vida le trace.

Sí tengo la ilusión de que influya en las Ciencias Sociales en Cuba, muchas veces de espaldas a la realidad que nos circunda; saturadas de abstracciones, eufemismos, términos y conceptos, cómplices del poder y las etiquetas. Si puede contribuir a que la academia se responsabilice más con las realidades y los temas que estudia, entonces habrá valido la pena.

Adonis Sánchez Cervera

Tomado de Esquife

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