Mentalmente para mi, terminó la Feria. Desde ayer estoy en ese proceso. Por eso me dispuse bien temprano, cámara en mano, a sacar las últimas instántaneas de estas jornadas. Ayer me adelanté y llevé a casa los libros que había comprado: tres de Maria del Carmen Barcia, entre ellos Los negros ilustres; dos de Tomasito de identidad afrocubana, uno para mi amiga Silvina; las tres revistas La Gaceta que lograron sobrevivir a las que regalé, la Amnios, su primer número, que no es mia, sino el envío de un poeta a otro; los cuentos africanos de Laidi, en una edición de lujo, que a pesar de mi amistad con ella me niego a autografiar, pues no me gustan los libros autografiados.
También me llevaré, cuando baje hoy la loma de la Cabaña, la emoción por los amig@s encontrad@s, la visita que me hizo David, el bloguero francés que vive en la Isla, la de Suntyan, editora de Movimiento y mi primo Armandito. Asimismo, la grata noticia que la familia Abdallah ya tiene otro miembro, Iré, que nació antes del baby shower, y la incertidumbre que me despierta la publicación de un entrevista, realizada por mi, en una de las revistas culturales más importantes del país.
Casi me estoy despidiendo, también de esta conexión a internet que me ha permitido actualizar la bitácora todos los días; y el origami que me hizo Harold, que casualmente (aunque dice Luna que las casualidades no existen) simboliza la paz que ahora vivo. Extrañaré la Feria, como mismo los libros rusos que en ella nunca encontré.